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Opinión

  • | 2018/04/15 09:20

    En sus narices

    Aquí en Colombia la coca pasa literalmente frente a las narices de todas las autoridades y nadie la ve. Nadie denuncia, ni juzga, a los traquetos que están apropiados de los corredores del Pacífico, ni a los dueños de las cocinas en el Catatumbo o en el Guaviare, ni a los hampones del Clan del Golfo, de los Úsuga o del ELN. Nadie captura al Guacho, ni a sus secuaces. Ni teniéndolos frente a sus narices.

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La suma de hechos violentos de esta semana hace inevitable la angustia de sentir que, sin que hayan llegado los enemigos de la paz al poder, ya la esperanza de reconciliación nacional se está haciendo trizas. La masacre de 8 policías en la vereda El Tomate de Turbo, Urabá Antioqueño, me trajo a la memoria de inmediato la masacre de La Rochela, ocurrida en 1989 en Simacota, Santander, cuando fueron emboscados y asesinados 12 funcionarios judiciales por una alianza de paramilitares, narcotraficantes y ejército. Los 12 funcionarios de la justicia muertos en el 89 iban tras las pistas de la desaparición de 19 comerciantes, los 8 policías muertos en 2018 escoltaban a una comisión del programa de restitución de tierras. Allá se llamaban paramilitares, acá se llaman bandas criminales. Pero da igual, detrás de ambos bombea la misma gasolina, el narcotráfico.

Esta es la nueva guerra que se vive en Colombia y que parece que no quisiéramos reconocer. Es la misma guerra del Guacho, ese criminal que campea por las selvas de Tumaco y que secuestró y asesinó a Javier, Paul y Efraín, el equipo periodístico del diario El Comercio de Quito que buscaba información acerca del corredor de la coca en la frontera de Ecuador con Colombia. De esta nueva guerra, que tenemos frente a las narices, nadie habla, no se pregunta por ella a los candidatos ni en los debates presidenciales.

La misma cocaína que tiene a Jesús Santrich ad portas de ser extraditado. Estoy de acuerdo con que, de comprobarse su culpabilidad en el delito de traquetear después de firmado el acuerdo de paz, le caiga encima la ley; esto es, que debe ser juzgado por la justicia ordinaria y no por la JEP. Obvio. Una cosa es narcotraficar con chapa y en la clandestinidad y, otra, hacerlo con los reflectores encima.

¿Pero para qué Santrich se arriesgó a tanto? 10 toneladas son 10 millones de dosis de cocaína pura que una vez en el lugar de destino se rinde hasta convertirse, cada gramo, mínimo en 5 dosis. ¿Cuánto dinero son 50 millones de gramos de cocaína puestos en las calles de Estados Unidos? Entre más cerca se sitúa el producto de la nariz del consumidor, la cadena de multiplicación de la ganancia crece, eso lo sabemos desde las épocas de Escobar y los Rodríguez, la misma historia que se trastea ahora a los carteles mejicanos, y a sus intermediarios y lugartenientes en territorios colombianos. Santrich es un eslabón en esa cadena, el que es capaz de conducir la cocaína desde lo profundo de las selvas hasta ponerla en manos del cartel de Sinaloa.

En un audio que circula por ahí, el capturado Santrich habla del “proceso de paz fallido”. ¿Qué le pasa a este tipo? ¿Lo cogieron traqueteando, y se va a llevar de manotazo la esperanza de paz de un país, la posibilidad de una nueva vida sin guerra para miles de farianos que entregaron los fusiles y buscan camino para otra vida? Razón no le falta a Timochenko cuando le recomienda que “suspenda la huelga de hambre y se dedique a la defensa de las acusaciones que le han hecho”. Como quien dice: no se venga a hacer la víctima, sin probar que las acusaciones son, como asegura, falsas.

Pero las 10 toneladas de cocaína pura del negocio de Santrich y compañía no son ni mucho menos el único cargamento de droga que busca salidas, ni ellos son los únicos que está traqueteando en este país. Ya no se llaman carteles, pero eso es lo de menos; hay unas bandas criminales escoltando la salida de muchas toneladas de cocaína. Estamos en una nueva guerra de narcos que no está en el edificio Mónaco del Poblado sino en los territorios apartados, en la Colombia profunda donde es tan difícil cambiar las dinámicas de sobrevivencia de la gente.

Ojalá la Fiscalía fuera tan clara, decidida y capaz de judicializar a tanto narcotraficante suelto, como hizo con este hombre de la “línea dura” de la Farc. Ojalá también la Fiscalía mostrara siquiera la mitad de esa eficacia en capturar a quienes financiaron ilegalmente sus campañas con los dineros de Odebrecht hace 4 años, o a los que se robaron Reficar, o a los hampones de los carteles de la salud.

¡Ah! pero claro, lo olvidaba: aquí en Colombia la coca pasa literalmente frente a las narices de todas las autoridades y nadie la ve. Nadie denuncia, ni juzga, a los traquetos que están apropiados de los corredores del Pacífico, ni a los dueños de las cocinas en el Catatumbo o en el Guaviare, ni a los hampones del Clan del Golfo, de los Úsuga o del ELN. Nadie captura al Guacho, ni a sus secuaces. Ni teniéndolos frente a sus narices.

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