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Opinión

  • | 2008/10/18 00:00

    El negro gringo (o el gringo negro)

    Así crea que lo de Irak es una locura, y no comparta la agresión preventiva, Obama tiene que probar que cree en el excepcionalismo mesiánico de Estados Unidos

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Sé bien que no se debe decir ni "gringo" ni "negro": son dos palabras políticamente incorrectas. La una revela antiamericanismo visceral, y la otra, racismo. Pero la realidad es más terca que la corrección política, y el hecho real es que Barack Obama, próximo presidente de los Estados Unidos, es un gringo, y es un negro. O, si se prefiere así, es un negro, y es un gringo.

(Advertencia: el orden de los factores altera el producto).

No es por ser negro que Obama va a llegar a la Presidencia (aunque un poco sí); ni a pesar de ser negro (aunque otro poco también). Sino porque de los candidatos gringos es sin duda el mejor. Eliminados sus rivales demócratas, ya sólo le queda enfrente hasta el día de elecciones el republicano John McCain (más dos o tres ínfimamente minoritarios: el infatigable y fatigoso Ralph Nader, una mujer verde, un loco libertario). Y McCain es un fantoche: un muñecote rígido que suena a máquina oxidada y es peor cuando se ríe, y cuyo principal mérito, según lo expuso por televisión su candidata a la vicepresidencia, es que "sabe cómo se gana una guerra porque estuvo en una". Sí: pasó toda la guerra de Vietnam prisionero de los que al final la ganaron. Pero tampoco es sólo porque McCain sea pésimo, ni porque lleve a cuestas las culpas de los pésimos gobiernos de su copartidario George W. Bush, que han hundido la economía, el poderío, la moral, el prestigio y la autoestima de los Estados Unidos, que va a ganar las elecciones el candidato demócrata Barack Obama. Va a ganar también por la promesa de esperanza de sus programas de gobierno, menos egoístas o menos miopes que los de su contendor republicano: en lo interno, cobertura de salud para todos y aumento de impuestos para los demasiado protegidos ricos; en lo externo, menos guerras perdidas y una menos irresponsable política energética. Y, sobre todo, va a ganar por sus propias virtudes y sus propios talentos: la elocuencia, la sinceridad, la naturalidad, la preparación intelectual y la coherencia política. Y la capacidad de recaudar fondos: el dinero es el nervio de las elecciones democráticas.

Barack Obama es asombroso. Hacía mucho que no se oía a un candidato presidencial norteamericano hablar tan bien como él: tal vez desde Robert Kennedy. Hacía mucho que ninguno se veía tan sincero: tal vez desde Jimmy Carter. Que ninguno parecía tan poco impostado, tan poco ficticio: tal vez desde Dwight Eisenhower. Que ninguno brillaba con tanta inteligencia: tal vez desde Adlai Stevenson. Que ninguno guardaba tanta consecuencia entre su carrera profesional y sus promesas electorales: tal vez desde Woodrow Wilson. Que ninguno presentaba programas de gobierno tan bien estructurados: tal vez desde Franklin Roosevelt. Que ninguno tenía ese don gratuito, arrollador, indefinible, que se llama carisma: tal vez desde Ronald Reagan o desde John Kennedy. Y en cuanto a lo de recaudar contribuciones de campaña, Obama parece una pirámide.

(Todo lo cual suena impresionante, ahora que lo releo. Demasiado, tal vez).

Y además -o pero, según se mire-, Barack Obama es negro. Además: es un negro que llega a ser candidato a la Presidencia de los Estados Unidos por un partido de dimensión nacional: es el verbo hecho carne del "sueño americano". Y pero: es un candidato negro, y ya se lo echan en cara: negro igualado, negro terrorista, negro metido a blanco: que lo maten. Se llama Obama, que suena a Osama (como Ben Laden). Y su middle name -pues todos los gringos, y Obama es gringo, tienen un nombre intermedio antes del apellido- es Hussein: Barack Hussein Obama, como el dictador iraquí Saddam Hussein al que ahorcaron, más por ser iraquí que por ser dictador. Y no es ni siquiera un negro manso, un "negro de la casa", como llamó memorablemente Harry Belafonte a los secretarios de Estado Colin Powell y Condoleezza Rice: sino un negro ladrador (dentro de ciertos límites de prudencia y compostura). Vale la pena leer su espléndido discurso sobre la raza en los Estados Unidos, dicho a mediados de su campaña. En resumen: tiene los más y los menos, las ventajas y los lastres, de ser un negro en una sociedad racista que está dejando de serlo a pasos rapidísimos: pues hay que pensar que cuando Obama nació era casi imposible para un negro norteamericano ser algo distinto de boxeador o trompetista. El hoy casi seguro presidente tiene la edad de la histórica "Marcha de Washington" de 1963 por los derechos civiles de los negros.

Pero -o además, según se mire- , Barack Obama es gringo. Político gringo. O sea, con las características de un político profesional, de un senador, de un presidente gringo: hipócritamente religioso, militarmente patriotero, inevitablemente imperialista. Así su madre haya sido agnóstica, Obama tiene que mostrar que es cristiano practicante (de una de las miríadas de iglesias protestantes negras de los Estados Unidos: la Trinity United Church of Christ). Así su padre haya sido africano, y su infancia haya pasado en Indonesia, tiene que ponerse (y ya se lo puso) el alfiler de solapa con la bandera de las barras y las estrellas para hacer ostentación de patriotismo. Y así crea que la guerra de Irak es una locura, y no comparta la "doctrina Bush" de la agresión preventiva, tiene que probar que cree en el "excepcionalismo" mesiánico de los Estados Unidos, llamados por la Providencia a intervenir en todo el mundo para salvarlo. Los imperios son imperialistas. Y Barack Obama es -está a punto de ser- emperador del imperio actualmente imperante.

¿Mejor que McCain? Sin duda. (Y tampoco es tan difícil). Pero el mundo no debe hacerse demasiadas ilusiones sobre Barack Obama. Es -está a punto de ser- simplemente el nuevo presidente de los Estados Unidos.
 
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