Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2000/05/29 00:00

El niño demediado

Fidel lo reclama como un trofeo de la revolución cubana y Bush y Gore como un botín de lo que llaman 'tierra de libertad'

El niño demediado

La historia de Eliancito es inverosímil (aunque ya empieza a hastiarnos). Un balserito cubano de seis años que ve cómo a su madre, ante sus ojos, se la traga el mar, y sobrevive luego dos días bajo el sol del Caribe, dormido en una llanta de camión, hasta que un pescador lo encuentra rodeado de delfines que mantienen a raya a los tiburones. Se lo lleva a Miami, y ahí termina la parte idílica del cuento (así sea también trágica). Y empieza la parte sórdida: el niño cae en manos de los políticos. Por un lado Fidel Castro y su paraíso comunista. Por el otro los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos y su paraíso capitalista. Como los tiburones, y esta vez sin delfines protectores, se disputan la posesión de Elián en medio de los flashes incesantes de los fotógrafos (y cabe suponer que si el niño no fuera tan fotogénico la disputa sería menos feroz). Fidel lo reclama como un trofeo de la revolución cubana, y Bush y Gore como un botín de lo que los dos llaman “la tierra de la libertad”. Y eso, claro está, por el propio bien del niño, como sucede siempre en estos casos: para que vuelva a Cuba con su padre y sus abuelas (y su hermanito y su madrastra, lo cual ya suena menos apetecible), o para que crezca en Miami rodeado de juguetes y hamburguesas (y se convierta quizás, aunque eso también suena menos apetecible, en un obeso pandillero juvenil). Un policía armado hasta los dientes lo arranca por la fuerza, ante las cámaras, de un armario. La cara de terror de Eliancito recuerda la que debió poner aquel otro niño que reclamaban dos madres cuando oyó al rey Salomón emitir su sabio juicio: que lo partieran en dos para darle la mitad a cada una. Eliancito no sabe que su vida está repitiendo una historia ya contada. A todo esto ya los protectores de la infancia han tomado cartas en el asunto, preocupados por el traumatismo sicológico que todo el episodio pueda causarle al niño, ya convertido en carne de siquiatra: un juez exige un informe siquiátrico diario (y hay que ver el trauma que tiene que producir eso). Y todavía le falta, cuando regrese a Cuba, el inevitable discurso de ocho horas de Fidel en la Plaza de la Revolución, de nuevo a pleno sol y, por supuesto, de nuevo ante las cámaras. Pobre niño. Y, muy probablemente, pobre adulto también, cuando le llegue su tiempo. Muy aplomado tendrá que ser, además de fotogénico, para no volverse loco, o tonto, después de semejante aventura, por mucho que los sicólogos infantiles se ocupen de su caso, o justamente por eso. Para entonces ya Bush, o Gore, serán ex presidentes, y Fidel Castro habrá muerto (aunque nunca se sabe con los políticos antillanos: tal vez siga gobernando Cuba para siempre, como ese Joaquín Balaguer que en estos días se lanza una vez más a la presidencia de la República Dominicana). En todo caso, el destino del infortunado Eliancito está ya trazado: en La Habana, o en Miami, o en ambas partes, será político profesional. Aunque, pensándolo bien, la Biblia no menciona qué fue del niño demediado del juicio de Salomón.

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