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Opinión

  • | 2014/09/16 00:00

    El noble silencio

    El silencio, en ciertos lugares del mundo, se suele considerar parte de la cultura ciudadana.

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Supongo que son los años, pero cada vez me perturba más el ruido. No hablo del estruendo de una calle bogotana sino a veces, de algo más perturbador como los chasquidos. Aun así, me resisto a ponerme audífonos. 

Acabo de subirme a un avión y ni siquiera han cerrado la puerta cuando ya todos mis vecinos se han taponado las orejas.  Sospecho que es una manera de buscar el silencio, o, ¿por qué no?, de aislarse, de no hablar, de eludir el encuentro con los otros. Ya casi nadie conversa por casualidad en los buses, ni en la calle, y estoy segura de que entablar charla con un desconocido es cada vez más difícil. 

Tengo que reconocer que algunos de mis amigos o amigas han surgido de conversaciones casuales, de encontrarse en cualquier lugar y cruzar unas cuantas palabras. Justo en un avión conocí al que se ha convertido en mi médico de cabecera, casi mi gurú. Y en el lobby de un hotel, a una de mis mejores amigas. Son personas que nunca hubiese conocido si tuviera un par de audífonos en las orejas. 

Los audífonos son también un síntoma de la hiperconectividad que vivimos. La persona y su iPad, iPod, iPhone y un largo etcétera. Pero no caeré en la tentación de renegar de la tecnología, a pesar de que leo que cada vez hay más adictos a ella.  

Yo misma me descubrí ante un síndrome de abstinencia hace un par de años durante un encierro de diez días en un seminario budista en el que se le rinde culto al noble silencio. Al tercer día de tener decomisado mi celular, la angustia se apoderó de mí. Tuve pesadillas: soñé, y es en serio, que Uribe y los militares le habían dado un golpe de Estado a Santos y que este andaba como Manuel Zelaya, el ex de Honduras, por las fronteras pidiendo un chance para entrar al país. Sí, en mi sueño el mundo cambiaba de repente, ¡y yo ¡desconectada! Le supliqué a una especie de monja vegetariana que me dejara por lo menos ver el correo, el chat del celular, pero fue implacable.  

No ha sido mi única experiencia con la abstinencia. Cuando viajo de vacaciones no llevo mi celular, pues considero que parte del secreto está en desconectarse del todo. Y sin embargo, aunque el aparato repose en mi casa, yo siento que vibra en mi cartera cada rato. Su espíritu me acecha. 

Volvamos a los audífonos. La gente está conectada todo el tiempo a su celular o su computadora, lejos de su entorno. Y no la culpo, pues seguramente es para alejarse de las molestias del ruido. El silencio, en ciertos lugares del mundo, se suele considerar parte de la cultura ciudadana. Eso creen por ejemplo en el Metro de Medellín, del que expulsaron a un violinista. Y es una norma básica que ya se perdió, como tantas otras cosas, en Transmilenio. Bien harían en repartir audífonos a la entrada de los articulados para eludir el desfile de músicos y mendigos que ahora pululan por sus pasillos.

El ruido está incorporado a nuestra vida citadina, por más que intentemos deshacernos de él. Pitar, por ejemplo, es inherente a los bogotanos, tanto como acelerar en picado para que el motor ronque, y frenar con ese chillido que les encanta a los conductores neuróticos.  

Sin embargo, de todos los ruidos, los que más me perturban son los chasquidos. Cuando el silencio es límpido y transparente, o incluso cuando es denso, siempre hay alguien que lo corrompe, que lo corta, no con la finura de un bisturí sino con la aspereza de una lija. El cuchicheo en el concierto, justo cuando empieza el solo del violín. La alerta del celular en pleno cine. El paquete de papas fritas que resuena en la sala de espera del hospital o el muchacho que masca chicle durante el examen en la universidad. Son momentos en los que anhela uno tener sus audífonos para aislarse. Para mantener viva esa ficción contemporánea llamada silencio. 
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