Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2003/03/30 00:00

El nuevo destino manifiesto

Citando una frase del editor estadounidense John Louis O'Sullivan en la que habla del "destino manifiesto" de Estados Unidos, el periodista Alfonso Cuéllar analiza la conducta del gobierno Bush frente a lo que el columnista llama la aventura del desierto iraquí y la amenaza que Oriente Medio representa para el American Way of Life.

El nuevo destino manifiesto

En 1845 el editor John Louis O'Sullivan acuñó una frase sobre la misión de Estados Unidos de América: "Nuestro destino manifiesto es extender el continente que nos fue asignado por la Providencia...". Se refería al interés de poblar las tierras de California y Oregón, en ese entonces controladas por México. En la práctica describió una ideología político-religiosa que hoy está más que viva que nunca.

Se refleja en todas partes: en las declaraciones sobre el bien y el mal del presidente Bush; en la utilización de terminología religiosa para describir fines políticos -"es una cruzada por la liberación del pueblo iraquí"; en el convencimiento de una victoria segura- "no hay duda en el resultado final" -y muy especialmente en los planes de Washington para Irak después de la guerra. Van mucho más allá de los intereses económicos citados frecuentemente por los numerosos críticos a la intervención estadounidense a ese país árabe.

Detrás de todo ese aparato militar, hay una concepción del mundo, que busca imponer su voluntad en el Oriente Medio. La invasión a Irak marca el regreso del "destino manifiesto" como motor de la política exterior de Estados Unidos. En términos simples, el "destino manifiesto" es la creencia que el pueblo estadounidense fue escogido por Dios y es una obligación, más aún una necesidad, irradiar su sistema de vida a otros. Sirvió como justificación en las guerras contra México y España en el siglo XIX y en diferentes conflictos del siglo XX. Pero pocas veces había tenido tanta preeminencia como ahora. Es la base filosófica de la doctrina Bush de ataques preventivos.

Esta visión del mundo volvió a florecer de las cenizas del 11 de septiembre. De las muchas conclusiones extraídas de los escombros de las Torres Gemelas, una, en particular, ayuda explicar por qué Estados Unidos se embarcó en semejante aventura en el desierto iraquí: el statu quo en el Oriente Medio es una amenaza para la seguridad nacional y el American Way of Life.

Décadas de gobiernos autoritarios en la región y el despilfarro de enormes recursos engendraron una población desencantada, sin futuro, crecientemente desesperada y urgida de un villano para culpar de su desgracia. Lo encontraron en Estados Unidos.

Desde la perspectiva de la administración Bush, Estados Unidos no podría seguir permitiendo que esa región continuara como un caldo de cultivo de terroristas potenciales. El peligro de un nuevo 9/11, como le dicen los estadounidenses a ese día, continuaría latente y el próximo atentado podría ser con armas de destrucción masiva. Había que actuar para transformar el mapa político y económico del Oriente Medio. Había que trasladar el sistema norteamericano al mundo árabe. En otras palabras, cumplir con el destino manifiesto.

Irak era, naturalmente, el mejor candidato para aplicar esta doctrina en todo su esplendor. Reunía todas las condiciones -enemigo declarado de Estados Unidos, gobernado por un régimen totalitario, poseedor de armas de destrucción masiva y ubicado estratégicamente entre países amigos (Kuwait, Arabia Saudita, Jordania, Turquía) y adversarios (Irán, Siria)-.

Estados Unidos aspira convertir a Irak en un bastión de la democracia representativa y promotora del libre mercado. Los ideólogos de Washington vislumbran a un Irak encabezando una revolución democrática en el mundo árabe. Es la teoría del dominó, pero al revés. Si todos los países de la región adoptaran los principios y los valores estadounidenses, no habría cabida para los fanáticos de Al Qaeda ni candidatos a martirizarse, ni mucho menos guerras. Es una verdad a puño que las democracias no combaten entre sí.

Estados Unidos no es la primera potencia en querer convertir al mundo a su semejanza. Ni tampoco la primera en citar razones divinas para justificar sus acciones.

Vale preguntarse si es posible imponer la democracia, especialmente a un pueblo acostumbrado al autoritarismo y con profundas diferencias religiosas y étnicas. O si en cambio, el camino escogido por Washington, lejos de cumplir con los ideales de su destino manifiesto, siembra más terrorismo e inestabilidad.

*Periodista

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