Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2008/11/15 00:00

El nuevo Santo Domingo

Más allá de que su negocio sea un ejemplo del amor del colombiano por el dinero fácil, el caso de Murcia señala las exclusiones con que Colombia ha sido manejada

El nuevo Santo Domingo

Para gusto de todos los uribistas que la detestan, y que a veces la tildan así, debo reconocer que efectivamente María Jimena Duzán es una bruja: lo digo sólo porque hace poco más de un mes, en su columna titulada 'Los nuevos Cacaos' que publicó en esta misma revista, María Jimena pronosticó que los millonarios colombianos entraban en una fase de relevo sin regreso y? que de Julio Mario Santo Domingo pasaremos a un nuevo modelo de rico inspirado en David Murcia Guzmán.

No quiero imaginarme a los grandes millonarios de Colombia descendidos económicamente a nuestro nivel, porque sería francamente deprimente encontrarse uno con Julio Mario Santo Domingo sin afeitar y vestido con sudadera mientras hace mercado en Carrefour, un domingo cualquiera; o toparse con Luis Carlos Sarmiento veraneando en El Irotama y pasando humildemente su talonario para que le marquen que ya se gastó una comida pero que le queda un trago; o ver que Carlos Ardila vende su acción del Jockey para comprarse una más baratica en El Metropolitan: eso para no hablar de lo que sería dar con Pedro Gómez, parqueado en un Renault 12, vendiendo merengones en las laderas de la autopista, para aprovechar de algún modo los trancones siderales que se forman por culpa del centro comercial que hizo cuando aun era acaudalado.

No quiero imaginarme eso, ni a los Mattos, Benedettis y demás expertos en hacerse amigos de los que estén en la punta de la pirámide, que a estas alturas ya deben estar pensando en vender la casa de Cartagena para comprarse una en La Hormiga, Putumayo; irse de shopping ya no a Miami sino a Panamá, y dejarse cola de caballo y ponerse arete, todo para congraciarse con David Murcia Guzmán, el nuevo amo, a quien no le falta mucho para salir en las sociales: solamente un par de meses de costumbre para que el norte bogotano se derrame en atenciones, Byron López lo invite a que viaje en su avión, doña Consuelo de Blackburn le arme un homenaje y Juan Martín Giraldo se ofrezca a decorarle la casa gratis. Porque así son las cosas en esta triste platanera.

Sin embargo, vale la pena darse cuenta de una cosa: y es que aunque el fenómeno de DMG es peligroso por los grumos de dudas que despierta, las turbias corrientes que lo recorren y esa cercanía con la estafa y el lavado que ya fue vaticinada por varios expertos, es explicable que algo así suceda por la forma como este país se ha hecho.

Hablamos de un país cuyo sistema económico se ha basado en las exclusiones; de un país gobernado por una elite enquistada en sí misma, que a lo largo de su historia no ha permitido ningún tipo de ventilación social, ni promovido ascenso alguno diferente al suyo propio.

Porque en Colombia la mayoría de personas que nacen pobres, mueren pobres; y para que alguna de ellas sea capaz de quebrar ese destino social tan irremediable como injusto, debe suceder una de dos cosas: o que triunfe en algún deporte, o que delinca. De lo contrario, estará condenada a padecer lo que padece más del 49 por ciento de la población que vive en la pobreza, o del 14 por ciento, que lo hace en la indigencia.

Por eso, más allá de que su negocio sea un ejemplo doloroso del amor traqueto que el colombiano siente por el dinero fácil, el caso de David Murcia también señala esas exclusiones sistemáticas con que Colombia ha sido manejada.

El viernes pasado, cuando habló en La W, a Murcia le brotaba un resentimiento inflamable, ya cercano al incendio, que representa el de muchas personas como él. Quizás ese resentimiento no sea la enfermedad sino el síntoma. Y la enfermedad consista en haber hecho un país inviable en términos sociales, que unas veces produce guerrillas; otras, narcotráfico, y esta vez personajes como Murcia, que morirá aplastado bajo los escombros de su pirámide, pero que de todos modos demostró una carencia de equidad tenebrosa, y la insatisfacción colosal que despiertan los bancos: esos bancos insaciables y voraces que le cobran a uno el 36 por ciento de intereses si usa la tarjeta de crédito, pero que le pagan de intereses cuando mucho del 10 por ciento si uno les da su dinero; que el año pasado alcanzaron ganancias de más de cinco billones de pesos en un país de miserables, y cuya avaricia es un buen reflejo de todos nuestros problemas.

Tenía razón María Jimena. Al menos tengo la esperanza de que este nuevo cacao que ella vaticinó dure menos que una fila en Carrefour o que un trancón en la autopista, que son insoportables frente del centro comercial Santa Fe, pero imposibles a la altura de la sede de DMG.
 

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