Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2009/06/17 00:00

El Obama Chileno

Marco Enríquez-Ominami, la ascendente estrella de la izquierda, puede romper la coalición gobernante y ganar la Presidencia.

Gabriela Perdomo

Mientras la izquierda se rompe en Colombia, en Chile ocurre un fenómeno que demuestra que una ideología anclada en la mitad del siglo XX sí se puede renovar y reinventar en el XXI. Por primera vez en la historia reciente de Chile, un candidato independiente de la izquierda tiene la posibilidad de llegar a la Presidencia. Marco Enríquez-Ominami rompió sus lazos con la Concertación de Partidos por la Democracia, la alianza de centro-izquierda que ha ganado todas las elecciones en Chile después del fin de la dictadura de Augusto Pinochet, hace sólo unas semanas.

El nuevo candidato, miembro del Partido Socialista, anunció que su campaña no será respaldada por ningún grupo político y que entrará a competir contra el candidato único de la Concertación, el ex-presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle.

Sobra decir que la cúpula de la Concertación está furiosa. Michelle Bachelet, la actual presidenta, apoya al candidato único de la alianza. También lo apoya el ex presidente Ricardo Lagos, quien gobernó al país después de Frei y antes de Bachelet. Pero la Concertación también está confundida. Mientras que la línea oficial es apoyar al ex Presidente, varios medios chilenos aseguran que a puerta cerrada algunos simpatizan con el candidato rebelde. El pueblo chileno no apoya al elegido de la Concertación.

En menos de un mes, Enríquez-Ominami ha alcanzado el mismo nivel de intención de voto en las encuestas que Frei. El candidato de la alianza conservadora, el empresario Sebastián Piñera, está adelante de ellos dos, pero su nivel de apoyo no ha subido desde hace más de seis meses.

Tiene razón Enríquez-Ominami al decir que la izquierda chilena necesita un cambio generacional. El ancho grupo de partidos que componen la concertación lleva 19 años en el poder, y ahora enfrenta su primera derrota en las urnas desde que comenzó su hegemonía post-Pinochet. Piñera, quien perdió las elecciones del 2005-2006 frente a Bachelet, ha estado en campaña desde entonces con el apoyo total de la Alianza por Chile, la aglomeración de partidos de derecha.

La Concertación necesitaba un candidato especialmente fuerte esta vez. Bachelet tuvo innumerables problemas durante los primeros tres años de su mandato, años que Piñera aprovechó para fortalecer sus críticas contra la coalición de izquierda.

Aunque la Presidenta ha recuperado su popularidad—todas las encuestas indican que más de un 60 por ciento de la población está satisfecha con su liderazgo—se sabía de las dificultades que la Concertación enfrentaría en las elecciones de este año. En cambio, el oficialismo escogió a un representante de la vieja guardia que nada nuevo tiene que ofrecer frente a un candidato que lleva casi una década en campaña y depurando su perfil frente al pueblo chileno.

La elección de Frei como candidato único no sólo demuestra una falta de conexión de la izquierda con la realidad del país, sino también una dificultad para leer la realidad de la región. Desde que Frei dejó el poder en 2000, Perú, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Brasil han cambiado de partido en el poder. El partido asume erróneamente que la baja popularidad de la Concertación es culpa exclusiva de la presidenta Bachelet. Si la Concertación hubiera leído bien las señas de la historia, habría sabido elegir un líder que representara el cambio dentro de la misma ideología, una nueva interpretación de la izquierda Chilena dando un paso más delante de la ya progresista figura de Bachelet y no un regreso a la década del 90.

Enríquez-Ominami ahora tiene la oportunidad de representar ese cambio. A los 35 años, tiene una larga carrera como director de cine y televisión, una licenciatura en filosofía, estudios en Francia y una corta carrera política como miembro electo de la cámara de diputados desde el 2005. Su profunda conexión con la izquierda está marcada por la muerte de su padre, Miguel Enríquez Espinosa, fundador y secretario general del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), y quien fue asesinado por el régimen de Pinochet cuando Marco tenía sólo tres meses de vida.

Enríquez-Ominami dice que su “domicilio está con el Partido Socialista” pero admite que no es el momento de seguir a los elefantes de la vieja guardia. Es probable que el candidato independiente no tenga ni la maquinaria, ni el tiempo, ni la experiencia suficientes para llevarse la victoria el próximo 11 de diciembre. Pero si logra ganar la Presidencia, Enríquez-Ominami podría demostrar que los chilenos no buscan un gobierno de derecha, sino un nuevo líder para una nueva izquierda.



*Gabriela Perdomo es periodista e investigadora del centro de estudios de opinión pública Angus Reid Global Monitor (www.angus-reid.com).


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