Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1992/07/20 00:00

EL OJO DEL URACAN

Poca veces un tema había dividido a la opinión en dos bandos tan extremos, sin matices ni concesiones.

EL OJO DEL URACAN

EL VEEDOR ES EL OJO DEL HURACAN. EL huracán que se formó por cuenta de las nuevas disposiciones constitucionales que prohibieron los auxilios, sin que se previera apropiadamente esa etapa de transición que necesariamente tenía que presentarse.
Pocas veces sucede con algún tema nacional lo que ha sucedido con las actuaciones del Veedor: que divide al país en dos bandos extremos. sin matices ni concesiones. Sobre su desempeño no hay términos medios, sino una rabia extrema por parte de algunos, y una admiración desbordada por parte de otros.

Debo confesar que me costó trabajo colocarme del lado de uno de estos bandos. Pero después de repasar los argumentos, finalmente tomé partido.

El enfrentamiento está como de alquilar balcón. Unos describen al Veedor como un Savonarola contemporáneo, como un Tomás de Torquemada del siglo XX, y en el Congreso hasta como un engendro con cabeza de serpiente, alas de dragón. piel de lagarto y cuerpo de demonio".

Otros sostienen que es el colombiano más importante de la década, que ha llegado a poner en riesgo su propia vida por defender el patrimonio público.

Unos aseguran que está loco, y que tomó sus funciones con una vehemencia que sólo se ve en la inmadurez de un joven recién egresado de la universidad, o en un hombre que está en el otoño de su vida profesional.

Otros sostienen que no ha hecho más fue cumplir con las funciones que le asignó la Asamblea Constituyente, de manera temporal, durante tres años, y que la furia que han desatado sus actuaciones se debe a que ha pisado los callos más dolorosos de la clase política.

Unos sostienen que debe abandonar su cargo por indigno, por calumniador y por falaz, porque ha dado pruebas de grave enajenación mental en su afán por perseguir a los congresistas.

Otros aseguran que se ha limitado a cumplir el encargo constitucional expreso de evitar que durante la etapa de transición que va desde los auxilios permitidos hasta los prohibidos, se utilicen recursos del tesoro en las campañas politicas.

Unos insisten en que el Veedor es el culpable de haber congelado millones de pesos sin los cuales quedaron paralizadas miles de obras sociales.

Otros afirman que el Veedor se limitó a congelar aquellas partidas estatales que, disfrazadas de auxilios, van dirigidas a financiar campañas políticas.

Unos aseguran que el Veedor debe ser investigado Penalmente por extralimitación de funciones, al haber obligado a entidades que no son objeto de su control, a inscribirse ante él.

Otros insisten en que lo que hizo fue apenas lógico, entendiendo que sus funciones le exigen una cuidadosa vigilancia del curso que toman los dineros públicos. Y precisamente lo que hizo fue ordenarle a las entidades de derecho privado que reciben aportes gubernamentales, inscribirse en su despacho y rendir información del destino de los dineros públicos que reciben.

Unos sostienen que el Veedor también se extralimitó en sus funciones al congelar siete mil millones de pesos en el Icetex, que deja sin estudio a más de 9.600 niños. (Parte de este dinero fue descongelado la semana pasada por el Consejo de Estado, aceptando que el Veedor se extralimitó congelándolo. Pero con una innovación: ahora la forma de gastarlo no la dictará el Congreso sino el Ejecutivo, lo que constituye el único aspecto positivo del orangután parlamentario aprobado la semana pasada).

Otros aseguran que el Icetex es una lavandería de auxilios que terminan repartiéndose en una mínima parte entre los estudiantes, y en una máxima entre los congresistas ejecutores del auxilio. La fórmula es sencilla: se le cobra al estudiante beneficiado un porcentaje del dinero que se le entrega. Pero aun entre los auxilios que realmente se van en su totalidad para becas, existe una aberración: no se reparten becas entre los enemigos, sino entre los amigos, que en política equivale a decir entre los votantes. Esos otros aseguran, entonces, que parar este "chorro negro" formaba parte de las funciones esenciales del Veedor.

Aceptando la posibilidad de que el Veedor haya cometido desbordamientos y que es mejor que estos se cometan en el campo del exceso de celo en el ejercicio de sus funciones y no en defecto de ellas, yo me he puesto de acuerdo conmigo misma.

Entre los unos y los otros, me quedo con los otros.

Nota: Esta columna dejará de aparecer durante unas semanas, motivo vacaciones.

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