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Opinión

  • | 2005/03/13 00:00

    El opulento y el zarrapastroso

    Me temo que muchos escritores se han dejado arrastrar, de la mano de codiciosos agentes, a una ambición que rebasa los límites

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Mark Twain tuvo el mérito de ser el primer escritor que redactó una novela, hace ya más de un siglo, no a mano, como venía haciéndose desde la antigüedad, sino directamente en la recién inventada máquina de escribir. García Márquez, con su capacidad de acomodarse a los nuevos tiempos, fue uno de los primeros escritores en convertirse, hace casi 20 años, al procesador de palabras del computador para redactar historias con sus dos dedos de chuzógrafo. Pero el mismo Gabo, ahora, y no por mérito propio, sino probablemente por codicia de su agente y de sus editores, acaba de marcar el triste récord de ser el primer escritor colombiano en ponerle un peaje pecuniario al préstamo de un libro suyo en las bibliotecas públicas. En adelante, dice en un colofón al copyright, las bibliotecas no podrán prestar el libro a sus usuarios sin reconocerle al escritor (y supongo que a la editorial) alguna cifra por derechos de autor.

Hasta no hace mucho tiempo existía la idea de que los poetas y novelistas escribían por puro amor al arte. Ser escritor lírico o narrativo era casi sinónimo de bohemio, borracho, zarrapastroso y pobre. Como en una especie de ascetismo sacerdotal se suponía que los artistas del lenguaje, de tanta elevación espiritual a la que conducía su oficio, habían hecho también una especie de tácitos votos de pobreza, para no rebajarse y ensuciarse con el vil metal. Ese desinterés material de los creadores era elogiado, sobre todo, por quienes, indirectamente, vivían de ellos: los académicos y los editores. Estos nunca han tenido resquemores por ganarse un sueldo o tener un provecho comercial a costa del escritor que estudian o publican.

Por suerte esos tiempos ya pasaron y hasta los más románticos poetas de hoy aceptan que se les pague por su trabajo. No rechazan, y menos mal, que se les dé una compensación en plata por dar una conferencia, por ser jurados de un concurso, por publicar un poemario o por participar en un recital. Es un avance que a los escritores ya no se los considere, de entrada, unos muertos de hambre, dispuestos a hacer todo gratis y a pasar penurias a cambio de la sola esperanza de un busto de bronce, o del nombre de una calle o de una cierta cantidad de gloria póstuma.

Pero ahora se corre el riesgo de que el péndulo, al menos para el grupo afortunado de los comandantes del pelotón, se corra demasiado para el otro extremo, y empiece a competir, en cantidad de plata ganada, con las estrellas de la farándula o del deporte y sus pequeñas fábricas de hacer billetes. Siempre me ha parecido entre grotesco y vergonzoso que alguien se gane millones y millones de dólares por el solo hecho de pegarle duro a una pelota o cantar bien una canción. Celebro que no sean miserables, gozo con que sean ricos, pero es ridículo y no tiene sentido que sean opulentos. Opulento, lo que se dice opulento, no debería ser nadie sin sentirse al mismo tiempo miserable, al menos en un mundo como este que nos tocó.

Celebro, repito, que ya no vivamos en los tiempos de los escritores zarrapastrosos. Pero me temo que muchos autores de éxito se están dejando arrastrar, de la mano de algunos codiciosos agentes literarios (más negociantes de derechos que lectores o defensores de talentos), a una ambición que rebasa los límites de lo justo y natural. Hace pocos días, en Argentina, un juez de segunda instancia condenó al escritor Ricardo Piglia por haber pactado con su editorial un premio literario. En realidad Piglia, que no puede considerarse un escritor comercial, ni tampoco uno de esos que se pliegan a los deseos consumistas de los lectores menos exigentes, cayó en una típica trampa de esas que tienden los agentes. Son estos los que a veces pactan premios corruptos con las editoriales, y algunos escritores, por ganarse unos miles de dólares, caen en tentación y se dejan arrastrar. Por eso hoy, en general, el prestigio de los premios que dan las grandes editoriales españolas está por el piso.

No hay que regresar a los tiempos del tufo etílico perpetuo (para sobrellevar la pobreza), ni de las chaquetas brillantes y las suelas rotas de los escritores que ostentaban con cierto desdén parnasiano su miseria. Pero volverse millonarios que pasean sus carnes opulentas en hoteles de lujo y viajes en primera es también una opción con mucho riesgo corruptor. Cobrar porque alguien quiera leer un libro en una biblioteca pública es una vulgaridad de mercachifles. Casi todos los escritores que valen algo se formaron leyendo gratis en bibliotecas públicas. Sería nefasto que ahora la ganancia invadiera también esos espacios que se suponían inmunes al lucro, a la venta, a la compra y al interés.
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