Sábado, 21 de enero de 2017

| 2009/01/19 00:00

El oso de ser colombiano segunda parte

Mientras suplica sudoroso que le den un lomotil, el pobre gringo no sabrá que aún le falta ir a la segunda preinauguración del túnel de la línea

El oso de ser colombiano segunda parte

Iba a escribir sobre algo que me hiciera sentir orgulloso de ser colombiano, como la última película de Dago García o ser compatriota de Marlon Becerra, pero se me atravesó la terrible noticia de que la Federación Nacional de Cafeteros ya no piensa demandar al caricaturista gringo que se metió con Juan Valdez y que a cambio de eso quieren invitarlo a Colombia para que lo conozca y se enamore del país.

Me parece excesivo. Es mejor demandarlo. El pobre caricaturista no merece el flagelo mayor de traerlo a nuestra platanera a que le dé paludismo, las fuerzas vivas del Quindío le brinden un coctel de bienvenida y las autoridades nacionales lo sometan a un aluvión de atenciones provincianas, acartonadas y tenebrosamente solemnes que empezarán con la entrega de las llaves de la ciudad y continuarán con una serie de discursos de los políticos locales, entre los que brillarán el del juvenil Víctor Renán Barco y uno especialmente hostigante de Luis Guillermo Giraldo, que se ofrecerá a recoger firmas y plata para que al caricaturista le otorguen la nacionalidad colombiana.

Es mejor demandarlo. Si lo invitan, yo sé que en un mismo día lo atiborran de fríjoles y aguardiente, lo suben en un Willys, hacen que se monte en cada una de las atracciones del parque del café para demostrarle que es mejor que Disney, y lo obligan a ir a todos los shows de Panaca, desde la carrera de cerdos hasta la exhibición equina, acompañado por una delegación oficial que incluye reina de belleza y primera dama del departamento.

De noche le zampan una comida donde el gobernador con brindis y nuevo discurso, y al día siguiente lo ponen a madrugar para que conozca una finca cafetera, bautizan un barrio con su nombre, lo llevan a la catedral para ofrecerle una misa en su honor y lo preparan para la cumbre del evento, el momento sublime de conocer a Juan Valdez: allí, ante las cámaras de los noticieros colombianos, tendrá que recibir un abrazo exagerado, largo, casi incómodo del hombre del bigote; posar con la mula para la portada de la revista Caras; con la Tata Castro y Socorro Valencia para la revista Jet Set y con Juan Manuel Santos para la revista Diners. Porque, no nos digamos mentiras: número de Diners sin Juan Manuel Santos en la portada es como Kokoriko sin Colombiana.

Para hacerle una atención, el presidente Uribe montará un consejo comunal en el Eje Cafetero. Cuando el pobre caricaturista esté allá, en la mesa central, al lado del Presidente, y lleve siete horas oyéndolo regañar ministros y hablar de los baños rotos que hay en aeropuerto, querrá no haber hecho nunca la famosa caricatura; pero saldrá de esos pensamientos cuando se encuentre a Horacio Serpa, a quien saludará aterrado creyendo que es Juan Valdez y pensando que se ha envejecido repentinamente.

Sin embargo, le falta lo peor: que el Presidente lo invite a caminar y, por esa extraña manía que tiene, se quite la camisa de un momento a otro, se bote al río La vieja y obligue al gringo a hacer lo mismo: a nadar en el río, con otros ministros agobiados pero lambones que también se meten para congraciarse con él, y un montón de nativos generalmente lampiños que chapotean a su lado.

Mientras suplica sudoroso que le den un Lomotil, el pobre gringo no sabrá que todavía le falta ir a la segunda preinauguración del túnel de la Línea, en la que Uribe lo invitará a cortar la cinta de una tarabita que se desliza 12 metros por entre una penumbra llena de goteras, y que es presentada como la obra más moderna de su gobierno. Aprovechando la nacionalidad de su invitado, en el discurso el Presidente le pedirá que le ayude con la aprobación del TLC. Y en el acto brillará por su ausencia Daniel García, el director de Invías, que estará en la Federación de Cafeteros moviendo palancas para cambiar los requisitos de elección del próximo Juan Valdez, cargo que le interesa: ya no será necesario que tenga bigote y debe haber nacido en el Valle del Cauca.

Farolero como siempre, el alcalde Moreno lo invitará a la capital. Le asignará como escolta personal al general Palomino, a quien el gringo volverá a saludar incrédulo, pensando de nuevo que es Juan Valdez. Lo pondrán a recorrer la ciudad para demostrar que la inseguridad de Bogotá es un problema de percepción. Y los mismos sicarios que alguna vez mataron a una persona en el Juan Valdez del parque de la 93, le harán un atentado.

No se lo merece, de verdad. Es mejor demandarlo y evitarnos el oso de que conozca de cerca lo que somos.

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