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Opinión

  • | 2000/05/22 00:00

    El ossazo

    Si la Contraloría contrata por fuera las funciones que debe ejercer por dentro, ¿por qué no cerrar lo de adentro y hacer todo por fuera?

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La participación de la Contraloría en las investigaciones que pusieron al descubierto las millonarias contrataciones de la Cámara no puede pasarse por alto por una razón muy sencilla: porque no existió.

Nunca, como en este episodio, ha quedado más al descubierto la absoluta inutilidad de este organismo, y la conveniencia de que, como algunas voces han venido propo niéndolo, sea cerrado para reemplazarlo por un esquema de auditoría privada que cumpla realmente con la función de proteger el patrimonio público. Desde que la Constitución del 91 le quitó a este organismo el control previo para dejarle únicamente el posterior, la corrupción sigue muy campante mientras las desviaciones que hubieran podido evitarse bajo el antiguo sistema, ahora solamente son investigadas, si acaso, años después de su consumación. Para la muestra, un botón: mientras avanza la indagatoria de Saúd Castro ante la Fiscalía, la Contraloría le acaba de abrir investigación a la mesa directiva de la Cámara... ¡del año 92!

Independientemente de que fuera Carlos Ossa o cualquier otro colombiano el que actualmente estuviera al frente del organismo, era bastante improbable que la Contraloría hubiera sido la que destapara este escándalo protagonizado precisamente por quienes eligen al Contralor. No suena para nada lógico que aquellos entre quienes el Contralor hace dos años andaba haciendo campaña para su elección resultaran ahora denunciados por el elegido. (Mientras tanto el principal rival de Ossa, el señor Jaime Buenahora —actual secretario de Gobierno— que perfectamente hubiera podido ser el contralor actual, era quien le llevaba las razones del presidente de la Cámara al director administrativo Saúd Castro, según versión de este último, sobre cómo debía repartirse la contratación.)

Como es fácilmente apreciable, esta investigación, de haber dependido de la Contraloría, jamás hubiera progresado. Porque habría implicado que las relaciones entre el Contralor y los congresistas se transformaran de una clara complicidad política entre elegido y electores en el sano distanciamiento que debe existir entre quien vigila y los vigilados.

Pero la actuación de Carlos Ossa en este caso —o la no actuación, mejor— tuvo ribetes más dramáticos que los que simplemente son producto de que al Contralor sea el Congreso el que lo elija. El actual Contralor tenía contratada a una firma externa de auditoría para que le contara cómo se estaba contratando en el Congreso, y la información que recibió fue tan completa, que le sirvió de base para firmar un comunicado conjunto con el presidente de la Cámara, informándole a la opinión, 15 días antes de que explotara el escándalo, que todo era claro y transparente.

La explicación de Ossa fue que él no sabía que el comunicado iba a ser publicado en la prensa. Pero el problema no consistió en la publicación, sino en que el Contralor absolviera 15 días antes de revelarse los detalles de esta millonaria tumbada a sus propios protagonistas.

Por lo demás, no se entiende por qué la Contraloría contrata por fuera las investigaciones que deben adelantar sus más de 5.000 empleados. ¿Acaso vigilar la forma como estaban invirtiendo los dineros públicos en la Cámara no es precisamente una de sus funciones? Este hecho es comparable a que la Fiscalía contratara a una firma privada de detectives para que le hicieran la indagatoria a Saúd Castro. Si la Contraloría contrata por fuera las funciones que debe ejercer por dentro, ¿por qué no cerrar lo de adentro y hacer todo por fuera?

En cuanto a las versiones de Saúd Castro de que Ossa se había comprometido con sus amigos de la Cámara a ‘palanquear’ unos dineros con Juan Camilo para pagar el programa de saneamiento de la entidad, que ya vimos cómo se basaba en la falsa premisa de que allí todo iba divinamente, vamos a preferir no creerlas. Sería inverosímil que no sólo la Contraloría no hubiera sido capaz de investigar lo que era tan evidente, sino que además facilitara la entrada de más dinero cuyo destino iba a ser el mismo de terminar en los bolsillos de algunos pícaros.

“Es que yo soy muy ingenuo”, dijo el contralor Ossa en una entrevista radial. ¿Será por esta ingenuidad que la Contraloría ha sido incapaz de exhibir algún resultado contundente en la recuperación de los dineros públicos actualmente embolatados? El contralor Ossa, en cambio, es muy bueno para hacer diagnósticos. “Este es un país de corruptos”, se le oye decir con frecuencia, una declaración que va contra él mismo si se considera que la principal función de la Contraloría es impedir que exista la corrupción. Lástima que la ingenuidad del doctor Ossa le hubiera impedido localizar a los corruptos de la Cámara, antes de que la evidencia apuntara a que si la investigación hubiera sido conducida por él, ‘Pomárico and Friends’ hubieran terminado siendo una parranda de ángeles.



Entretanto... Si no es Néstor Humberto...¿quién?
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