Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2005/09/18 00:00

El padre de la Patria Nueva

Si todos los presidentes que ha tenido Colombia en estos 50 años han sido idénticos al ahora difunto pero inmortal Turbay, es porque Colombia es turbayista

El padre de la Patria Nueva

Afirmó el presidente Álvaro Uribe Vélez, en los funerales del ex presidente Julio César Turbay Ayala, que el principal mérito del ilustre difunto fue el de que "logró la elección de siete presidentes de Colombia".

Siete, sin contar todavía la reelección del propio Uribe. Para lograr la cual Turbay no vaciló en fundar a la provecta edad de ochenta y ocho años un nuevo partido con el nombre viejo del partido multirreeleccionista del presidente perpetuo de la República Dominicana, Rafael Leonidas Trujillo: el partido de la Patria Nueva.

Siete, nada menos. Pero la hazaña es más impresionante que el mero dato aritmético, pues esos siete presidentes fueron iguales entre sí, intercambiables como comodines de la baraja: como si siete veces hubiera sido reelegido el mismo. Lean, tomada de esta misma revista, la descripción de uno de ellos:

"Un político creíble, un líder carismático, un trabajador incansable y un hombre comprometido con sacar a Colombia adelante".

¿Turbay Ayala? No: Uribe Vélez. Podría ser cualquiera: Turbay, o Uribe, o siete más. Aunque ¿por qué sólo siete? Hasta Luis Carlos Galán, que hizo toda su carrera en el antiturbayismo, al final se volvió turbayista para poder ser Presidente. Y hay que incluir también a los fugaces presidentes encargados, como Mosquera Chaux o Lemos Simmonds: paradigma del presidente turbayista, que pese a que el cargo le duró sólo 48 horas se mandó hacer banda tricolor, pronunció discurso de posesión, y hasta su último suspiro cobró pensión de ex presidente. Y hay que añadir cinco más, de un solo golpe: los 'quíntuples' de la Junta Militar, con quienes verdaderamente se inició hace medio siglo el turbayato: este régimen que se caracteriza por la simbiosis politiquero-militar, hecha de verbo civil y praxis castrense. No en balde el propio Turbay era coronel honorario.

Y si no sólo siete. sino todos los presidentes que ha tenido Colombia en estos cincuenta años han sido idénticos al ahora difunto, pero inmortal Julio César Turbay, es porque Colombia es turbayista. Es la Colombia del Frente Nacional. La del clientelismo, el manzanillismo y la politiquería: no es un azar que el Presidente de turno resuma su admiración por el finado recordándolo como hacedor de presidentes, que es lo único que les interesa a los colombianos. Es la Colombia del oficialismo: o sea, la Colombia partidaria del gobierno, cualquiera que sea el gobierno. Oficialismo y turbayismo son términos sinónimos, y por eso se ha podido hablar sucesivamente y sin contradicción de turbo-llerismo, turbo-lopismo, turbo-alvarismo, turbo-samperismo, etc., en una línea ininterrumpida cuyo momento más alto, el por así llamarlo cenit del turbayismo, fue el cuatrienio turbayista propiamente dicho: el del turbo-militarismo. Es la Colombia del Frente Nacional: la de la conciliación para la repartija, la de la corrupción llevada "a sus justas proporciones", como prometió Turbay en su momento: a sus devoradoras e insaciables proporciones. Es decir, es la Colombia "de los más honestos y los más capaces" anunciada por él: ésta en la que no hay funcionario que no se haga rico ni institución pública que funcione. La Colombia de la feria de puestos: hasta en la víspera de la agonía pudo Turbay ofrecerle una embajada a Andrés Pastrana. La Colombia hipócrita de la represión -las desapariciones de detenidos y las torturas de la Escuela de Caballería- y de la negación de la represión: "El único preso político de Colombia soy yo". Al día siguiente de la muerte de Turbay publicaba El Tiempo en su sección 'Hace 25 años' la siguiente noticia: "El presidente Julio César Turbay acusó ayer a Amnistía Internacional de ponerse al servicio de los terroristas". La Colombia del arrodillamiento abyecto ante los Estados Unidos. No sólo se anticipó Turbay a la humillante farsa de la 'certificación' pidiéndole espontáneamente al entonces embajador norteamericano Diego Asencio un certificado personal de buena conducta en materia de drogas, sino que firmó (a su hipócrita manera turbayista: por interpuesto ministro delegatario) el primer acuerdo de extradición de narcotraficantes. Y fue el suyo el único gobierno de América que cedió a la presión de los Estados Unidos para apoyar a la Gran Bretaña en su guerra contra la Argentina.

Así seguimos, veinticinco años después. Del Estatuto de Seguridad a la política de Seguridad Democrática. De los ataques a Amnistía Internacional a los ataques a Amnistía Internacional. Nada ha cambiado. Podríamos decir, parafraseando la fórmula usada en los países de tradición monárquica: n

"Turbay ha muerto. Viva Turbay".

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