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Opinión

  • | 1985/11/04 00:00

    EL PAIS DEL ENREDO

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El enredo verbal es un arte que necesita cultivarse, una especie de virtud menor, que consiste en confundir a los demás con la palabra, para que ellos crean ingenuamente que es uno el que no sabe lo que está diciendo. Detrás de cada galimatías de Cantinflas hay una lección filosófica.
Armar uno de esos enredos requiere de habilidad e ingenio. Hablar con claridad, en cambio, es relativamente fácil. Basta con poner algunas ideas en orden y conectar un cable invisible de la lengua al cerebro. Claro que a veces se producen ciertos cortocircuitos chisporroteantes, como cuando Virgilio Barco intenta improvisar un discurso, o cuando el presidente Betancur hace el esfuerzo sobrehumano de renunciar por unos minutos a la poesía verbal para dedicarse a la prosa administrativa.
También es cierto, digo yo acá, que Barco tiene razón cuando dice que a este país se le ha ido la vida en carreta. Oyéndola o pronunciándola. No hay colombiano que se precie de serlo que no haya incurrido, por lo menos una vez, en la tentación de la lujuria verbal. Aquí hablan los estudiantes en la sesión solemne, los concejales en los cementerios, los padrinos en el bautizo, el borracho sentimental en los matrimonios, las parturientas en el alumbramiento, los guerrilleros en el asalto a cualquier pueblo, los curiosos en un accidente de tránsito. Lo más divertido, vea usted, es que quienes más hablan son los que no tienen nada que decir.
Bueno. Esa es harina de otro costal. Lo que quiero decir hoy es que el enredo se está poniendo de moda en estos días entre los colombianos. Ya uno ni siquiera sabe cuando es que los enredadores lo hacen a propósito o sin darse cuenta. Martí era el que decía que la palabra no se hizo para ocultar la verdad sino para expresarla. Pero parece que en esta tierra inmortal del café y la butifarra pasa todo lo contrario: la lengua tapa lo que el cerebro piensa.
Hace como quince días, un viernes, monseñor Darío Castrillón, un admirable y valeroso obispo que no tiene agua en la boca, dijo por radio que en su opinion el proceso de paz -de cuya comisión es miembro destacado- está marchando bien porque las FARC, que son el mayor de los grupos alzados en armas, se acogieron a él y eso es lo importante. Al día siguiente, sábado, aparece en los periódicos un documento magistral en el que la Iglesia sostiene que el proceso de paz es errático, indefinido, confuso y peligroso. Entre las firmas jerárquicas aparece la de monseñor Castrillón. Y uno se queda viendo un chispero, con el credo en la boca y el alma en el vacío. ¿A quién le cree uno entonces? ¿Al señor Castrillón de la comisión de paz, o a monseñor Castrillón, de la comisión episcopal? La Virgen Santísima nos asista y nos ilumine.
Los ejemplos abundan. Porque, junto con el ciclismo, el enredo se ha convertido también en un deporte nacional. López dice que si Barco y Galán se unen, el liberalismo pierde. Barco añade que si Barco y Galán se unen, el liberalismo gana las elecciones. Y Galan, el tercer hombre en esta historia, replica finalmente que López tiene razón pero Barco también. ¡Ah, carajo!
A lo largo del país, por pueblos y ciudades, en veredas y barrios, en carreteras y caminos, proliferan los casos más preocupantes de enredos, porque el enredo se está convirtiendo en el SIDA de la palabra, la deja sin defensas y la ataca sin piedad.
Sale uno a recorrer esos bellos Pueblos que dormitan bajo la gasa de frío vaporoso de la sabana de Bogotá, y a medida que el automóvil devora kilómetros aparecen en los postes del alumbrado y en las estacas de los cercados unos letreros de hojalata que dicen: "No maneje embriagado. Cortesía de aguardiente Néctar". El conductor, que es un ser humano impresionable, un buen ciudadano de la sociedad de consumo, no sabe a quién hacerle caso. Tiene a partir de ese momento, varias posibilidades: o bebe aguardiente y no maneja, en cuyo caso no sabe dónde diablos debe dejar el carro. O atiende el llamado a la cordura y no bebe aguardiente, y empieza a remorderle la conciencia por no consumir los productos de una empresa generosa que le pide a su clientela que no compre su propia mercancía. La tercera alternativa, y la más factible, es volverse loco ante tantos disparates.
Ni para qué hablar de uno de los enredos más constantes, antiguos y elocuentes de este país: el de los cines. Los espectadores, cargados de papas fritas, semillas de marañón y bolsas de celofán que suenan como incendio de radionovela, se acomodan en sus butacas, entre un par de novios que no tienen las manos quietas y un muchachito con la cara sucia de helado de chocolate.
De repente la pantalla se llena de avisos comerciales: empresas de fumigación de insectos, ventas de muebles, hoteles playeros. El último anuncio que sale es el de un rudo vaquero que prepara huevos fritos mientras fuma ávidamente un Marlboro. Y de inmediato aparece un letrero que dice: "Prohibido fumar en esta sala". No sé si yo soy demasiado bobo pero jamás he podido entender qué es lo que buscan esos sádicos. A las muchachas que hacen lo mismo -entusiasmarlo a uno para después negarse- las llaman calentadoras. "Reverberos" les dicen en Barranquilla.
De manera, pues, que nos estamos volviendo profesionales del enredo. Pero, aun así, el campeonato mundial se lo ganó Filiberto Mira, un ingenioso narrador taurino español que dijo una tarde, por la radio, desde la plaza de Cali: "El toro que acaba de salir no es ni bueno ni malo ni regular, sino todo lo contrario...".
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