Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2004/02/22 00:00

El país del odio

Mientras nuestras reacciones sigan siendo tan emotivas y primarias, seguiremos viviendo en ese país fanático e intolerante

El país del odio

Se nos está yendo la mano. A todos, y me incluyo. Las situaciones dramáticas que vive el país (de violencia, de miseria, de terror, de injusticia) hacen que también el lenguaje vaya subiendo de tono hasta volverse grito, insulto, amenaza. A algunos irresponsables les gusta eso de ''agudizar las contradicciones'' sociales o ideológicas; creen que es un camino para la guerra y eventualmente para la solución. Claro que sí es un camino para la guerra, pero la guerra trae más desolación que verdaderas soluciones. Sería mucho mejor para todos tratar de mantener las discrepancias en un plano más sereno, de confrontación de ideas e intereses, sin llegar al conflicto. El país está como cuando dos tipos empiezan a insultarse y a darse empujones: si no hay quien los separe, en cualquier momento la trifulca se prende, y vienen los golpes, la babaza, la sangre. Hay gente que goza con esas peleas, y más si terminan con muerto. Yo no.

Lleguemos de una vez al punto más doliente y el que más chispas levanta: paramilitares en desmovilización y guerrilla en guerra total. Calmémonos: ni todos los que quieren hacer la paz con las autodefensas son paracos, ni todos los que abogan por el intercambio humanitario son aliados de la guerrilla. No es justo, ni conveniente decirle a Uribe ''narcoparamilitar'', ni es justo ni conveniente decirle a Samper ''narcoguerrillero''. Muchos no estamos de acuerdo con actuaciones y terquedades del presidente Uribe; pero ese desacuerdo no nos convierte en terroristas, ni las actuaciones de Uribe lo convierten en un tirano despreciable. Él es el jefe de un gobierno legítimo y tiene derecho a tomar las decisiones que mejor le parezcan según su conciencia y sus cálculos; además, cuenta con el apoyo de las mayorías; y el puesto que tiene no ha sido nunca fácil. Las minorías, que estamos contra varias de sus políticas (pocos impuestos a la tierra, beneficios fiscales para accionistas, intransigencia en el tema de los secuestrados, desprotección a los pobres hasta en las muelas) debemos ser vistos como antagonistas ideológicos, pero no como enemigos, ni menos como terroristas.

Óscar Collazos señalaba en estos días la violencia y la brutalidad de muchas de las cartas que recibimos los periodistas de opinión. Estas son un termómetro para medir los ánimos del país, y a juzgar por ellas, si las amenazas fueran reales, ya deberíamos estar empacando las maletas. En este clima de odio e intimidación se va volviendo cada día más difícil opinar. He oído a personas habitualmente tranquilas y equilibradas decir: ''Llegó la hora de matar un periodista''. Y no faltará quién diga, en el otro extremo, que ''llegó la hora de matar ganaderos''. Por favor, ni lo uno ni lo otro. Con los miles de muertos que hay ya tenemos de sobra.

A propósito de esto hay algo que, si no somos mezquinos, tendremos que reconocerle a este gobierno: los muertos han bajado. Hay menos homicidios de gente corriente, y también de sindicalistas, de profesores, de activistas de derechos humanos. No debería haber ni uno, por supuesto. Pero bien sea que este gobierno (como el gato de los chinos) sea rojo, pardo, o negro, está sabiendo coger esos ratones, en un sentido muy concreto: la tasa de homicidios ha bajado. Esto no es suficiente, ni disculpa otras culpas, pero es innegable que el mayor problema de Colombia en los últimos 20 años es la epidemia de muertes violentas, y si estos índices bajan, es bueno. Me dirán que en una tiranía (digamos Cuba) también la tasa de homicidios es baja pero la libertad, nula. Sí, pero en todo caso es mejor pedir libertad, luchar pacíficamente por la libertad, que llorar por las vidas perdidas.

También es una señal no del todo mala que las ONG tengan que denunciar aumentos en las detenciones arbitrarias (lo cual es grave), pero al menos no aumentos en los asesinatos políticos. No es que las detenciones arbitrarias sean buenas, ni convenientes, pero son preferibles a los asesinatos. Cuántos de los que hemos sido víctimas cercanas de asesinatos políticos no quisiéramos poder visitar a nuestros parientes en la cárcel -como ocurre en China- en vez de tener que ir al cementerio, como ocurre en Colombia. Entre un desorden injusto y un orden injusto, es preferible lo segundo, así la palabra orden signifique en ocasiones abuso de autoridad.

Siento que vivimos en el país del odio, y que mientras nuestras reacciones sigan siendo tan emotivas y primarias, seguiremos viviendo en ese país fanático e intolerante. Propongo bajarles el tono y el volumen a las palabras. Se puede ser crítico sin ser irresponsable; se puede ser un gobierno de mano firme, sin que esa mano se vuelva cruel, de hierro. Ojalá haya un espacio para el diálogo y los acuerdos, o para las discrepancias irreconciliables que, sin embargo, no terminan en violencia. O rescatamos el valor de tolerar y analizar las ideas distintas (las de ellos y las nuestras), o de lo contrario una vez más la muerte tendrá cosecha de cuerpos. Espero que no se impongan los bárbaros que quieren eso.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.