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Opinión

  • | 2012/11/29 00:00

    El país se recalienta

    En la esfera nacional habrá una rapiña entre políticos de toda pelambre por conquistar los votos que a raudales vierte el escarbar en la herida de un nacionalismo herido.

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A la par con el calentamiento global, la temperatura en Colombia subirá indefectiblemente en las próximas semanas y meses, hasta alcanzar niveles quizá sofocantes. El pronóstico no es meteorológico sino político, y se sustenta en un previsible aumento de la calentura en dos frentes: la reacción del gobierno, el Congreso y el pueblo ante el fallo de la Corte Internacional de Justicia, y el avance de las conversaciones de paz con las Farc en La Habana.

En lo referente al diferendo limítrofe, el aire comienza a enrarecerse cuando la canciller María Ángela Holguín le anuncia al mundo que “Colombia no someterá su soberanía a tribunales internacionales”, convirtiéndose así en caja de resonancia de los congresistas y políticos que ayer instaban al gobierno a que desconociera el fallo y hoy hacen causa común, en peligrosa coincidencia, con las tesis del expresidente Álvaro Uribe.

Es posible que a Colombia la acompañen los más sólidos argumentos, pero el primer efecto a corto plazo será el aislamiento internacional, sobre todo con los países de la región (como en los tiempos del ‘trinador’ paisa), mientras en la esfera nacional habrá una rapiña entre políticos de toda pelambre por conquistar los votos que a raudales vierte el escarbar en la herida de un nacionalismo ofendido.

Sea como fuere, la primera impresión que recibe el mundo es que Colombia está pisando sobre terreno minado, pues las consecuencias de un eventual desconocimiento del fallo pueden dejar una huella indeleble, como de Estado paria, que no se somete a las decisiones de un tribunal cuya jurisdicción había acogido, pero que desacata cuando la sentencia no es de su agrado.

Ya en el otro terreno (también minado) del “orden público”, no deja de ser llamativo que no habían pasado siquiera 48 horas desde que las Farc sorprendieron a tirios y troyanos con el anuncio de un cese unilateral del fuego, cuando los medios comenzaron a ser bombardeados desde todos los flancos con informaciones que daban cuenta de combates, ataques de las Farc a la población civil y voladura de torres en Antioquia.

A esto se sumaron declaraciones del ministro de Defensa Juan Carlos Pinzón, donde en respuesta a lo que en apariencia sería un gesto de buena voluntad, el gobiernos les respondió a las Farc tildándolas de "mentirosas y traidoras".

En relación con los ataques y voladuras de torres, se ajusta a las posibilidades matemáticas que haya frentes guerrilleros decididos a no acatar la orden de cese al fuego, pues es sabido que dentro de esa organización se presentan divisiones en torno a las intenciones reales de hacer la paz. En otras palabras, es un hecho que no existe unanimidad al respecto, y ello explicaría que el minstro de Defensa haya manifestado que “las Farc se están desmoronando por dentro”.

Pero es también factible que los enemigos agazapados de la paz no hayan resistido la tentación de poner su cuota desestabilizadora, considerando por ejemplo lo fácil que resulta volar una torre de la energía y calentar el ambiente echándole la culpa a la contraparte que conversa con el gobierno en La Habana.

Lo preocupante del asunto es que el fallo de La Haya sobre San Andrés desencadenó una nueva y severa crisis política, cuyo primer coletazo fue el deterioro del apoyo popular con el que arrancaron los diálogos de paz con las FARC, ligado a una caída de la favorabilidad del presidente Santos del 60 al 45 por ciento, según los resultados de la última encuesta 'Colombia Opina’ de RCN Radio y Televisión, La FM y revista Semana.

Esta mezcla de orgullo nacional herido con exacerbación –real o provocada- de los sentimientos contra la guerrilla es altamente explosiva, en la medida en que puede ser utilizada tanto por las Farc para “agudizar las contradicciones de la burguesía”, como por los enemigos de la paz que desde la extrema derecha, ‘sin querer queriendo’, encuentran el terreno abonado para la consumación de sus oscuros propósitos.

Por todo lo anterior, es apenas de sentido común concederles la razón a los que piensan que en Colombia “un pesimista es un optimista bien informado”.

*Twitter: @Jorgomezpinilla
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