Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1992/09/14 00:00

EL PAIS Y SUS FARISEOS

Una situación inicialmente válida, como era la entrega condicionada de Escobar Gaviria, degeneró en unas reglas de juego totalmente ambiguas...

EL PAIS Y SUS FARISEOS

LOS COLOMBIANOS NO NOS CABE MAS fariseismo en cuanto a la controversia sobre los hallazgos en la cárcel de La Catedral se refiere. Nos hemos escandalizado porque al criminal más buscado del mundo le encontraron un televisor de 20 pulgadas, una nevera industrial, tapetes y revistas pornográficas, una colección de camisas de material, ruleta, gimnasio, baldosas en el baño y cuadros sobre las paredes.
Varios ambientes campestres y una casa de muñecas.
Sin embargo, cuando Escobar aceptó su entrega y reclusión en Envigado, los colombianos, salvo muy contadas excepciones como la de Enrique Parejo, celebraron éxito de la política de sometimiento inaugurada por Gaviria, cuyo eje central era uno solo, que, o los colombianos no entendieron, o no quisieron entender: cuando llegó a la cárcel de Envigado, Pablo Escobar venia de ganar la guerra contra el Estado. Si la hubiera perdio estaría muerto. Y precisamente al haberla ganado le correspondía, de acuerdo con las características de la política de sometimiento, negociar con el Estado esas condiciones de su entrega. A esta primera etapa la llamaremos un situación válida.
De esa situación válida se derivó que el Estado aceptara de Escobar condiciones para su seguridad, petición elemental de un hombre a quien no se captura sino que se entrega de manera voluntaria, pero deber fundamental, además, del Estado que lo toma detenido. Un régimen especial de visitas familiares, unas circunstancias locativas especiales entre las que se incluía un lugar de reclusión que le diera garantías para su vida y unas comodidades primarias, que incluso son permitidas legalmente a los reos de la justicia ordinaria pagando un absurdo impuesto acorde con sus posibilidades económicas.El colombiano que diga que pensó, cuando se entregó Escobar, que su destino era una sucia mazmorra donde pasaría el resto de su vida encadenado, miente. Todos entendimos que el acuerdo de la cárcel de Envigado incluía condiciones especiales para Escobar, que es lo que hemos denominado la situación válida derivada de su entrega. Que aprobamos con estas características la política de sometimiento de Gaviria, lo demuestran las encuestas de opinión, en las que hasta el momento de la fuga de Escobar, dicha política alcanzaba elevadisímos niveles de aprobación. Lo que sucedió despés es que a partir de esta situación válida, se llegó a la implantación de unas reglas de juego ambiguas. Si a Pablo Escobar se le habían aprobado garantías elementales para su seguridad, la ambiguedad desembocó en que la mitad de la guardia penitenciaria terminara convertida en su ejército personal. Si se le habían aprobado visitas familiares, la ambiguedad de las reglas de juego desencadenen el abuso de que de las de la familia se saltara a las visitas de amigos, de socios y hasta de enemigos, y a animadas veladas colectivas que muy frecuentemente traspasaron los umbrales de la rumba. Si se le habían permitido comodidades, la misma ambiguedad de las relas de juego transformó los televisores, las duchas y los salones comunales en pantallas de 60 pulgadas, en jacuzzis y en gimnasios. Si se le habia prometido protegerlo contra las agresiones aéreas extranjeras, una sencilla guardia avisora de los cielos degeneró en el derecho de construir sistemas antiaereos, chalets mimetizados entre los bosques de pinos y hasta puntos estratégicos acondicionados con potentes telescopios por medio de los cuales no sólo se vigilaba la eventual embestida aérea, sino los movimientos terrestres de los soldados de la IV Brigada.
De esta manera, una situación inicialmente válida, acompañada de unas reglas de juegos ambiguas, degeneró en los excesos que tienen abismada a la opinión pública del país, para no hablar de la extranjera. Con esfuerzo, un colombiano que haya entendido las circunstancias especiales de la política de sometimiento entendería que ella implicaba un compromiso de doble vía: el de que Escobar no se volara, pero el de que tampoco lo mataran. Lo que si resulta verdaderamente imposible es explicarle a un extranjero que si Pablo Escobar tenía derecho de escoger a la mitad de la guardia era precisamente porque este delincuente, sin guardaespaldas, no habría transcurrido vivo la primera noche en la cárcel.
Si las reglas de juego de la reclusión de Escobar eran ambiguas, fué porque eran flexibles. Pero es distinto que sean flexibles a que sean corrompidas. Yo francamente no creo que este desastre en el que desencadenaron el operativo de traslado de Escobar y su fuga, sean atribuibles a que hubo corrupción del Gobierno, sino a que hubo flexibilidad del Gobierno. La política de sometimiento inventada por Gaviria y no ensayada antes en la historia del país implicaba una actitud flexible de las autoridades, y por consiguiente un gigantesco riesgo de que terminara desembocando en los excesos mencionados. Pero también ofrecía inmensas posibilidades de que las ambiguas reglas de juego hubieran sido manejadas con la sabiduría y la autoridad que habrían conducido al éxito este extraño y controvertible, porque no decirlo -experimento jurídico colombiano-.

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