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Opinión

  • | 2017/09/12 23:36

    El papa en tierras de narcoturismo y turismo sexual

    Colombia es el cuarto país de América Latina y el veinte del planeta en esas actividades que causan estragos en zonas como La Candelaria de Bogotá, el Parque Lleras de Medellín, el centro de Cartagena y Taganga en Santa Marta,

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Todos los días, el barrio La Candelaria de Bogotá, el Parque Lleras de Medellín, la ciudad amurallada de Cartagena, la zona de Taganga en Santa Marta, San Gil en Santander y muchas otras ciudades y poblaciones, reciben la visita de miles de israelíes, italianos, alemanes, estadounidenses, entre otros extranjeros, en busca de dos productos estrella de nuestra oferta país: narcoturismo y turismo sexual.   

Colombia no ha logrado estructurar una red de hotelería, gastronomía y servicios que esté a la altura de su privilegiada colección de ciudades, poblaciones y atractivos naturales. Pero ya es el cuarto país de América Latina y el veinte del planeta en actividad y facturación, de turismo sexual y narcoturismo, negocios sórdidos y multimillonarios que desde hace varios años llevan a la degradación física y a la ruina moral, a miles de jóvenes de ambos sexos. Su peor faceta es la vinculación intensiva de niños a la prostitución y al tráfico de estupefacientes.

Un estudio de la Oficina de las Naciones Unidas contra la droga y el delito caracteriza a los viajeros como jóvenes entre los 19 y los 25 años atraídos por la droga barata, mujeres bonitas, fiesta continua, bellos escenarios y poco control de las autoridades. Se contactan con las mafias locales a través de páginas web a las que no se puede acceder desde Colombia, en las que contratan droga, rumba, sexo, hospedaje y alimentación.

El atractivo de la oferta es irresistible por los bajos precios. En nuestro país marihuana, cocaína y drogas sintéticas cuestan hasta treinta veces menos que en Europa y Norteamérica y la prostitución la tercera parte, por lo cual en torno de esas dos actividades prosperan organizaciones criminales, según las autoridades, gestionadas por israelíes, italianos, chinos y delincuentes locales.

Por eso, todos los días, en la red de hostales, casas y apartamentos que controlan esas organizaciones en sitios como el barrio La Candelaria de Bogotá, Parque Lleras de Medellín, la ciudad amurallada de Cartagena, la zona de Taganga en Santa Marta, el Eje Cafetero, San Gil y muchas otras ciudades y poblaciones, hay bacanales de extranjeros con niñas y niños locales, en las que abundan licor, drogas y sexo. La mayoría son espacios privados y en Colombia la prostitución no es ilegal, lo cual dificulta y limita la acción de la policía y de la justicia.

Por sus graves connotaciones la explotación de menores y la prostitución infantil no debería tener ninguna tolerancia, pero según Unicef, en nuestro país hay 55 mil niñas y niños que son explotados sexualmente. El ICBF y ONGs como Tierra de Hombres o Renacer adelantan importantes iniciativas para prevenir y crear conciencia en hoteles, restaurantes, sitios de esparcimiento y otras empresas vinculadas con el turismo. Rescatan niños y niñas de la actividad, realizan denuncias en su nombre y los representan judicialmente. Sin embargo, sigue siendo incomprensible la ineficiencia de las autoridades para enfrentar el problema. Durante 2016 en Medellín, que es una de las ciudades más afectadas, se denunciaron 323 casos de delitos asociados con la explotación sexual de niños y adolescentes, de los cuales solo diez fueron judicializados.

El pasado mes de junio, estudiantes de la prestigiosa universidad Eafit de Medellín, lanzaron narcotour.co, un proyecto para enfrentar la insólita opulencia de otra actividad derivada del narcoturismo y del auge mundial de las teleseries y películas sobre nuestro narcotráfico: los tours a las propiedades de Pablo Escobar, a los sitios frecuentados por la mafia y a los escenarios de sus crímenes. Un tour (con cena incluida) con John Jairo Velásquez alias “Popeye”, uno de los sicarios mayores de Escobar, cuesta alrededor de 1.500 dólares. Con “Mellizo” un ex pistolero de menor rango, 150 o 200 dólares y con Carlos Palau, un ex policía, 50 dólares. El proyecto de Eafit busca contrarrestar esa insensata ola de culto al narcotráfico que alientan sus viejos y deplorables protagonistas, con una multimedia abierta a todos los públicos, que cuenta la historia desde el punto de vista de las víctimas, presenta sus relatos y lo que le costó y le siguen costando a Medellín y a Colombia, el narcotráfico y la guerra que desataron sus líderes contra el Estado y la sociedad.

Nuestro país tiene todos los recursos y posibilidades para ser una potencia turística pero la dimensión que alcanza la oferta de narcoturismo y de turismo sexual exige acciones mucho más serias y efectivas de las autoridades para erradicar las mafias israelíes y locales que los impulsan y para detener el arribo masivo de extranjeros en busca de drogas y sexo “low cost” con hombres y mujeres de cualquier edad.

Por cierto, de esas colombianas “que apenas viven la edad de la inocencia y son sometidas a la terrible esclavitud de la prostitución”, le habló la Hermana Blanca López de la obra Talitha Qum, al papa Francisco, el pasado domingo en Cartagena, y el Pontífice fue categórico en su respuesta:  “No podemos negar que hay personas que persisten en pecados que hieren la convivencia y la comunidad: Pienso en el drama lacerante de la droga, con la que algunos se lucran despreciando las leyes morales y civiles, este mal atenta directamente contra la dignidad de la persona humana y va rompiendo progresivamente la imagen que el Creador ha plasmado. Condeno con firmeza esta lacra que ha puesto fin a tantas vidas y que es mantenida y sostenida por hombres sin escrúpulos…”

@germanmanga

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