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Opinión

  • | 2015/02/09 08:34

    El papa Francisco y el puño antes que la otra mejilla

    El hombre ha demostrado ser profundamente humano, con toda la carga de complejidades que eso representa.

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No creo en el cuentecito del cielo y el infierno ni mucho menos que después de esta vida vamos a ocupar un lugar en el paraíso a la izquierda o derecha de Dios Padre, como lo aseguran los creyentes. Todavía no he conocido a alguien que haya regresado del más allá y contado su experiencia, ni conozco a “un solo” cura que omita “pedir” las limosnas después de cada misa. Sin embargo, tengo que confesar que Francisco ha sido el único papa por el que he sentido cierta admiración.

No se trata de regionalismo, ni de ideologías políticas, ni mucho menos de creencias. El hombre ha demostrado ser profundamente humano, con toda la carga de complejidades que eso representa. Ha reconocido sin titubeos que la pedofilia le ha hecho mucho daño a su Iglesia, que aquel que le recuerde a su viejita le moretea el ojo, que los ateos tienen también el derecho de ir al cielo, que su sueño no era ser papa, pero que el Señor actúa de manera misteriosa.

Ha confesado, como un niño que cuenta un secreto, que en ocasiones se ha quedado dormido frente al altar mientras reza antes de meterse a la cama. Y le ha pedido en público a sus sacerdotes que dejen atrás el orgullo y las vanidades. Que dejen de cobrarles a los fieles por administrarles los sacramentos. Que dejen de comprar automóviles costosos. “La cultura del consumismo ha venido triunfando sobre la compasión y ha termina cosificando a las personas”, aseguró. “La cultura del desperdicio nos ha vuelto insensible […]. El desperdicio de comida es despreciable, más cuando en el mundo hay personas y familias que padecen hambre”.

Admiró eso en él: su lenguaje directo. Sus sermones frenteros. Su forma de decir las cosas. “Los obispos y sacerdotes deben ser pastores y no lobos rapaces”, sentenció la otra vez. El poder hay que utilizarlo para hacer el bien, no para doblegar a las personas, no para maltratarlas. Algunos lo critican por ser poco ortodoxo, por ir en contra de los inamovibles eclesiásticos, o por lo menos abandonar, de cierta manera, las axiologías dominantes de sus predecesores. Ha reconocido que a los gays hay que protegerlos, quizá porque parte de la premisa de que todos los hombres y mujeres somos hijos del mismo creador y en los rebaños no faltan las ovejas que se alejen del camino. “Los homosexuales tienen también dones y atributo”, ha dicho. Y se ha referido sin prejuicios a las uniones de parejas del mismo sexo. Esta posición le ha ganado algunas críticas mordaces de aquellos que añoran los tiempos de la Inquisición. Consideran que Francisco es un blandengue. Y no ha faltado, dentro de esa gigantesca red de opositores solapados que se mueve en el Vaticano, quien lo contradiga o intente darle otra lectura a sus afirmaciones.

Quizá sea esa visión oxigenada de los postulados bíblicos lo que le ha ayudado a ganar millones de seguidores en todo el mundo. Quizá sea esa la razón por la cual la Iglesia Católica, una de las instituciones más oscuras y podridas de la historia humana, haya empezado a ofrecer disculpas por los excesos cometidos en el pasado. Haya empezado a mirar un poco más allá de su nariz. Haya reconocido que si es cierto que un libro como la Biblia, que fue escrito hace más tres mil quinientos años apuntala las directrices morales para la convivencia del pueblo escogido, también es cierto que muchas de estas resultan hoy inaplicables.

"Matar en nombre de Dios es una aberración. Pero tampoco se puede provocar ni insultar la fe de los demás. No se puede. Y si alguien dice una mala palabra en contra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo.", afirmó durante el vuelo que de Sri Lanka lo llevaba a Filipinas al responder la pregunta de un reportero sobre los atentados terrorista contra el semanario parisino Charlie Hebdo.

Esa respuesta, que a simple vista tiene connotaciones emocionales, produjo, como era de esperarse, reacciones encontradas. No faltaron, por supuesto, quienes interpretaron aquellas palabras como una manera de fomentar la violencia. “Todo tiene un límite: hasta la libertad de expresión”, continuó. Y dejó claro que ante una provocación puede haber una reacción.

Esta posición no lo hace un tipo blandengue. No lo convierte tampoco en un subversivo de la Iglesia, ni en un promotor de la violencia, más bien lo define como un hombre sincero, con los pies en la tierra y un panorama amplio de lo que, en el fondo, debe ser el cristianismo. "Hemos creado nuevos ídolos. La antigua veneración del becerro de oro ha tomado una nueva y desalmada forma en el culto al dinero y la dictadura de la economía, que no tiene rostro y carece de una verdadera meta humana", expresó en una de sus últimas homilías ante cientos de feligreses que lo escuchaban atentos en la Plaza de San Pedro.

Es un convencido de que la pobreza hay que acabarla. “Miles de niños mueren de hambre en el mundo mientras que miles de toneladas de comida van a parar a la basura”, advirtió. Y dejó claro que de nada nos sirve ser ricos si vivimos en un mundo rodeado de miseria. “La pobreza no la hizo Dios, la hicimos los hombres”.

Son precisamente estas declaraciones contundentes y certeras al corazón de un capitalismo monstruoso y abarcante las que me han llevado a admirarlo. Nunca  había escuchado a ningún  papa, al menos desde que nací, hablarles a los administradores de las naciones del mundo con tanta fuerza y sin tapujos.
Repito, no creo en ese paraíso del que tanto nos habla la Biblia. No creo que el cielo existe como un lugar físico donde nos reencontremos después de la muerte. Sin embargo, espero que Jorge Mario Bergoglio encuentre el suyo cuando muera. Se lo merece.

En Twitter: @joarza
Email: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.

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