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Opinión

  • | 2001/08/13 00:00

    El papel de los medios en la transición mexicana

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No hay nada más complejo de entender en la actual escena social mundial, que el desempeño de los medios de comunicación. Y no hay nada más claro en sus efectos sobre desarrollo de un conglomerado, que la influencia que tienen los diversos mensajes que se emiten a través de la multiplicidad de medios audiovisuales y escritos.

Esta aparente contradicción, muy precariamente descrita, nos llevan a una fácil consecuencia: los Estados, cualquiera sea su naturaleza u origen, están cotidianamente frente a un juego en ocasiones letal: gobernar con los medios o gobernar para los medios.

A su vez, las industrias de la comunicación, desde la más pequeña y modesta hasta los grandes corporativos, se debaten no sólo en el papel que quieren desempeñar en sus sociedades como interlocutores ante las estructuras de poder a fin de afianzar los procesos democráticos o su lucha diaria por afianzarse como mediadores de la opinión pública.

También llevan una lucha cuerpo a cuerpo por, en unos casos, la sobrevivencia como empresas, y en otros por llevarse la mayor parte del pastel que significan las grandes inversiones en publicidad que, pese a crisis y ajustes económicos, significan sumas incontables de dinero que no necesariamente se ven reflejadas en la calidad de vida de las comunidades.

Esta breve introducción, puede en primera instancia aplicarse para tratar de entender cómo operan en la actualidad los medios de comunicación en México, pero con un ingrediente adicional, fácil de decir en estos tiempos de globalización, pero profundamente complejo para una sociedad como la mexicana: este delicado enramado se desempeña en una transición política.

En el actual contexto, tras el triunfo del candidato de oposición (Vicente Fox Quesada, representando al Partido Acción Nacional en julio del año 2000) sobre el setentero dominio del Partido Revolucionario Institucional (PRI), no sólo la sociedad "azteca" (como suelen identificarnos en Colombia) experimenta ajustes y malabarismos generados por una firme decisión democrática de arribar a esquemas más plurales de conformación sociopolítica. Con ella, sus medios de comunicación han entrado en una nueva etapa, precisamente por el cambio del que fueron activos partícipes la mayoría de ellos y por estar, nada menos, que frente a un interlocutor al que no estaban acostumbrados.

En el proceso de transición que vivimos, no dudo en afirmar que nuestras industrias de la comunicación tienen un papel fundamental; que en la diversidad que han alcanzado a lo largo de los años, a su vez, podemos encontrar de todo, para bien y para mal: buenos y malos periódicos, buenos y malos noticieros de televisión; excelente calidad de cobertura en espacios radiofónicos y aquellas emisoras que parece viven en otro país. Y así hasta el infinito... del rincón más apartado del país, ahí donde, en este mercado, hay medios que siguen perpetuando prácticas de cacicazgo y clientelismos políticos.

Parece atrevido el describir este panorama, pero si bien ya se venía dando, la transición de una estructura de poder con 71 años montada en la silla presidencial, a una nueva que trata de tomar el control de la brújula que le permita gobernar con más certeza y, sobre todo, responder a la enorme confianza depositada por millones de votantes, lo cierto es que se vive una diversidad y pluralidad de ofertas mediáticas en busca de posiciones en la nueva realidad y de rentabilidad confiable, que sólo el tiempo y un juez supremo podrán poner en su justa dimensión.

Es decir, así como la sociedad se encargó de despedir el priísmo paulatinamente, como decidió mantener fuerzas políticas de distinta naturaleza y alcance, como ha soportado crisis financieras tras otras en busca de que finalmente llegue el milagro de la estabilidad, como ha sabido digerir los conflictos sociales, de la misma manera se encargará de sepultar a aquellos medios que no tienen nada que hacer en la escena social, como fortalecerá, sin rubor, a aquellos que le parecen necesarios para mediar con el nuevo Estado.

Ese juez es la misma sociedad, esa que nos tiene aquí discutiendo sobre una transición política frente a una sociedad tan carismática y ejemplar como lo es la colombiana. No dudo en que quienes han asumido de manera definitiva su papel como ciudadanos con capacidad de decisión, serán quienes, en un proceso de maduración, emitirán su veredicto.

No sobra decir que cada sociedad tiene los medios que se merece. Y México vive una cultura mediática intensa e interesante, determinante para su devenir en los próximos años, con claros y oscuros, pero ahí están, haciendo vibrar a su comunidad. Y sólo el ojo crítico, ese que opera con bisturí desde la óptica local, regional o global, podrá al paso del tiempo decirle a la población si se equivocó o si acertó. Ese ojo es la historia. Esperamos su clemencia dado el caso.



*Agregado Cultural y de Prensa Embajada de México en Colombia

Columna de opinón relacionada

No hay nada más complejo de entender en la actual escena social mundial, que el desempeño de los medios de comunicación. Y no hay nada más claro en sus efectos sobre desarrollo de un conglomerado, que la influencia que tienen los diversos mensajes que se emiten a través de la multiplicidad de medios audiovisuales y escritos.

Esta aparente contradicción, muy precariamente descrita, nos llevan a una fácil consecuencia: los Estados, cualquiera sea su naturaleza u origen, están cotidianamente frente a un juego en ocasiones letal: gobernar con los medios o gobernar para los medios.

A su vez, las industrias de la comunicación, desde la más pequeña y modesta hasta los grandes corporativos, se debaten no sólo en el papel que quieren desempeñar en sus sociedades como interlocutores ante las estructuras de poder a fin de afianzar los procesos democráticos o su lucha diaria por afianzarse como mediadores de la opinión pública.

También llevan una lucha cuerpo a cuerpo por, en unos casos, la sobrevivencia como empresas, y en otros por llevarse la mayor parte del pastel que significan las grandes inversiones en publicidad que, pese a crisis y ajustes económicos, significan sumas incontables de dinero que no necesariamente se ven reflejadas en la calidad de vida de las comunidades.

Esta breve introducción, puede en primera instancia aplicarse para tratar de entender cómo operan en la actualidad los medios de comunicación en México, pero con un ingrediente adicional, fácil de decir en estos tiempos de globalización, pero profundamente complejo para una sociedad como la mexicana: este delicado enramado se desempeña en una transición política.

En el actual contexto, tras el triunfo del candidato de oposición (Vicente Fox Quesada, representando al Partido Acción Nacional en julio del año 2000) sobre el setentero dominio del Partido Revolucionario Institucional (PRI), no sólo la sociedad "azteca" (como suelen identificarnos en Colombia) experimenta ajustes y malabarismos generados por una firme decisión democrática de arribar a esquemas más plurales de conformación sociopolítica. Con ella, sus medios de comunicación han entrado en una nueva etapa, precisamente por el cambio del que fueron activos partícipes la mayoría de ellos y por estar, nada menos, que frente a un interlocutor al que no estaban acostumbrados.

En el proceso de transición que vivimos, no dudo en afirmar que nuestras industrias de la comunicación tienen un papel fundamental; que en la diversidad que han alcanzado a lo largo de los años, a su vez, podemos encontrar de todo, para bien y para mal: buenos y malos periódicos, buenos y malos noticieros de televisión; excelente calidad de cobertura en espacios radiofónicos y aquellas emisoras que parece viven en otro país. Y así hasta el infinito... del rincón más apartado del país, ahí donde, en este mercado, hay medios que siguen perpetuando prácticas de cacicazgo y clientelismos políticos.

Parece atrevido el describir este panorama, pero si bien ya se venía dando, la transición de una estructura de poder con 71 años montada en la silla presidencial, a una nueva que trata de tomar el control de la brújula que le permita gobernar con más certeza y, sobre todo, responder a la enorme confianza depositada por millones de votantes, lo cierto es que se vive una diversidad y pluralidad de ofertas mediáticas en busca de posiciones en la nueva realidad y de rentabilidad confiable, que sólo el tiempo y un juez supremo podrán poner en su justa dimensión.

Es decir, así como la sociedad se encargó de despedir el priísmo paulatinamente, como decidió mantener fuerzas políticas de distinta naturaleza y alcance, como ha soportado crisis financieras tras otras en busca de que finalmente llegue el milagro de la estabilidad, como ha sabido digerir los conflictos sociales, de la misma manera se encargará de sepultar a aquellos medios que no tienen nada que hacer en la escena social, como fortalecerá, sin rubor, a aquellos que le parecen necesarios para mediar con el nuevo Estado.

Ese juez es la misma sociedad, esa que nos tiene aquí discutiendo sobre una transición política frente a una sociedad tan carismática y ejemplar como lo es la colombiana. No dudo en que quienes han asumido de manera definitiva su papel como ciudadanos con capacidad de decisión, serán quienes, en un proceso de maduración, emitirán su veredicto.

No sobra decir que cada sociedad tiene los medios que se merece. Y México vive una cultura mediática intensa e interesante, determinante para su devenir en los próximos años, con claros y oscuros, pero ahí están, haciendo vibrar a su comunidad. Y sólo el ojo crítico, ese que opera con bisturí desde la óptica local, regional o global, podrá al paso del tiempo decirle a la población si se equivocó o si acertó. Ese ojo es la historia. Esperamos su clemencia dado el caso.



*Agregado Cultural y de Prensa Embajada de México en Colombia

Columna de opinón relacionada

México, transición y medios. Análisis de Enrique Velasco Ugalde sobre la responsabilidad de los medios de comunicación en los procesos de desarrollo



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