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Opinión

  • | 2007/03/03 00:00

    El 'para-uribismo’

    Ningún gobierno ha hecho más contra el paramilitarismo que el de Uribe, aun con las insuficiencias de la ley de justicia y paz y el caso Noguera.

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El juego lo empezaron dirigentes del Polo al acusar a Álvaro Uribe y a su familia de paramilitares y narcotraficantes. Acto seguido, el Presidente contestó los insultos en términos parecidos. No tengo idea de si semejantes declaraciones contribuyen a incrementar popularidades, pero aunque así fuera, lo que conviene a la dignidad de los cargos y a la creación de ambientes políticos constructivos es el lenguaje transparente y respetuoso. Por eso critiqué tanto el uso de la calumnia por parte de los opositores como la respuesta presidencial.

La situación, que ya era mala, tiende a empeorar. Jorge Robledo, un combativo senador del Polo a quien reconozco su capacidad dialéctica aunque difiera a fondo de su ideología, ha caído de manera grave en el pecado que tanto criticó. Robledo se quejó de los epítetos presidenciales sobre sus copartidarios y resaltó que no le gusta la expresión 'para-política' para nombrar el vínculo entre políticos y paras, porque considera que salpica a dirigentes que, como él, nada tienen que ver en el asunto. Lo sorprendente es que ahora decida sumarse al coro de los que insultan y haya acuñado el término 'para-uribismo' para referirse al fenómeno.

La palabreja es ofensiva. Poner apellido al paramilitarismo es una falta de respeto. Si es incorrecto calificar a unas personas como "terroristas de civil" o acusar al Presidente de para y mafioso, sin pruebas, es peor aun hacer una generalización como la de Robledo. Hablar de "para-uribismo" es señalar a los uribistas, todos y sin distinción, de paramilitares. ¿Por qué se sorprende ahora Robledo con que nos sintamos agredidos o con que, por fin, los ministros del despacho reaccionen airados ante semejante acusación?

Robledo ha tratado en vano de explicar el alcance de su insulto. Dice que las cifras muestran esa realidad y pretende probarlo diciendo que 100 dirigentes uribistas están vinculados al paramilitarismo. No he visto su lista y si la tiene, su deber es mostrarla y hacer las acusaciones pertinentes en el sistema judicial. En cualquier caso, las matemáticas a las que acude no le cuadran. Primero, porque cien o mil son cosa ínfima frente a los 7,4 millones de colombianos que votamos por Uribe o el 73 por ciento que lo respalda, según las últimas encuestas. La inmensa mayoría no hemos tenido nada que ver con los paras. Después, porque desconoce que el fenómeno de la "para-política" fue, por sobre todo, de carácter regional y no de simpatías partidistas.

Uribe era un candidato que apenas marcaba en los sondeos cuando se firmó el ignominioso pacto secreto de Ralito de 2001. Cuatro de los nueve senadores detenidos no apoyaron a Uribe en las elecciones de 2002, año en el cual ocurrieron los delitos que investiga la Corte Suprema. Si hubiera ganado otro candidato, muy seguramente los acusados hubiesen sido parte de su coalición legislativa, porque desde hace lustros han jugado a arrimarse al sol que más alumbra. Además, hay políticos apoyados por el Polo que, como el encarcelado Alcalde de Barranquilla, están acusados por vínculos con el paramilitarismo. No será el único. Tampoco tuvieron los congresistas del Polo reato de conciencia para hacer alianzas burocráticas con parlamentarios que ellos, un par de meses antes, habían calificado de amigos de los paras. No les dio vergüenza entonces y, vaya uno a saber por qué, nadie les ha cobrado su doble moral. Para rematar, ningún gobierno ha hecho más contra el paramilitarismo en Colombia que la administración Uribe, aun con las insuficiencias de la Ley de Justicia y Paz y la sombra del caso Noguera.

Así que el 'para-uribismo' es una calumnia. Y las explicaciones para que un hombre como Robledo acuda a ella desdicen de sus calidades intelectuales y de lo que yo entiendo es su manera de entender la democracia.

El control político no es sólo un derecho, sino un deber. El debate sobre los vínculos de los paras y algunos políticos hay que llevarlo hasta el final, sin esguinces o contemplaciones. Y no hay que desfallecer en los esfuerzos para apoyar el trabajo de los jueces. Colombia necesita verdad y justicia. Lo inaceptable es la pretensión de Robledo de enlodar a todos quienes estamos en la otra orilla política, haciéndonos partícipes del pecado de unos pocos.
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