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Opinión

  • | 2006/09/02 00:00

    El paraíso perdido

    María Antonia García de la Torre entra al debate generado por la novela de ‘Caracol’ ‘Sin tetas no hay paraíso’.

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La nueva telenovela de Caracol, Sin tetas no hay paraíso sacó de quicio a tres mujeres, líderes de opinión, quienes discutieron el tema durante dos horas en Hora 20 de Caracol Radio el lunes 21 de agosto. Les parece denigrante que se lleve a la pantalla chica la historia de mujeres que se operan las tetas para ser apetecibles por los narcos colombianos.

Las telenovelas, sin embargo, han enviado ese mensaje desde siempre: sólo las pobres que son bonitas pueden ascender en la pirámide social. Nada nuevo bajo el sol. Pero estas mujeres andan furiosas.

¿Por qué se escandalizan como si fuera la primera vez que pasa? Si quieren replantear estos mecanismos maquiavélicos a fondo, es clave, como mínimo, reconocer que no los inventó una novela recién salida al aire. De otra manera, una objeción de peso, queda reducida al estudio de los niveles éticos de una telenovela.

Tetas siempre ha habido en televisión, grandes, chiquitas, más, o menos artificiales en comerciales de Cerveza Águila, de Ron Santa Fe. Son la razón de ser de SoHo, y de la media hora destinada a la farándula en los noticieros. ¿No las habían visto? ¿Se escandalizan, al cabo de una vida, sólo porque es el título de una telenovela?

La imagen de la mujer como objeto, la idea de la mamoplastia como pasaporte al mundo de los traquetos, no nace con Sin tetas no hay paraíso. Sin esa telenovela, ¿habrían seguido, entonces, muy tranquilas viendo a las chicas Águila en televisión? O, peor aún, ¿seguirían permitiendo con su silencio mecanismos milenarios que enaltecen a las mujeres sólo por su aspecto físico? El debate está en mora hace décadas, por no decir hace siglos, y sólo ahora, por una simple telenovela, reviran como si nunca antes hubiera ocurrido.

Es cierto que hace rato debimos protestar por la denigración de la mujer, no sólo en la pantalla chica, sino en la cotidianidad. Y ya que tenemos un motivo, ¿por qué no dotar esta crítica de dimensiones reales? Más allá de discutir las calidades educativas de un programa de televisión, sería interesante ampliar el debate a un espectro mayor. En suma, deberían liberar su querella de los linderos de la pantalla chica y del inmediatismo que fomentan los medios de comunicación. Todas las mujeres pecamos por esperar una excusa para denunciar inequidades que debieron ventilarse hace tanto. Pecamos por callar, pero también por permitir que se utilice el cuerpo femenino como un objeto deleznable.

El silencio es cómodo y callar frente a un abuso es tan criticable como cometerlo.

“It takes two to tango”, dice un viejo adagio, y si los hombres explotan a las mujeres como objetos sexuales, es porque siempre ha habido mujeres que se presten a ese juego. No podemos atacar un fenómeno sin contemplar la contraparte. Esto ocurre también con el abuso sexual de niñas por sus padrastros y con las golpizas propinadas a mujeres por sus maridos, caracterizados ambos por la complicidad de la madre.

Presencié, en una ocasión, la actitud permisiva de una madre frente a su compañero, quien violaba sistemáticamente a su hijastra. Ella misma se encargó de retirar los cargos en la Fiscalía y echó atrás el proceso. Otras tantas ceden a propuestas indecentes de sus jefes para ascender de cargo y no utilizan ningún mecanismo legal para impedirlo.

No se trata, pues, de sacar del aire Sin tetas no hay paraíso, se trata de atacar un problema mayúsculo del cual esa telenovela no es más que un modesto e irrisorio diagnóstico. De otra manera, el planteamiento de fondo, en contra de una cultura machista –que fomentan hombres y mujeres por igual– quedará reducido a la crítica de un programa de televisión.

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