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Opinión

  • | 2000/11/20 00:00

    El parque de los muertos

    Bien por el parque. Al Alcalde le quedan divinos los muertos, digo, los parques y espero confiado en el de Lourdes.

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No lo he visitado aún (en mi condición de vivo), puesto que todavía tiene cintas amarillas, chalecos de malla verde y se alcanza a observar, al pasar en bicicleta, el tenebroso brazo armado de una retroexcavadora, al fondo. Pero hay que decirlo nuevamente, al alcalde Peñalosa se le dan los parques, le quedan divinos.

Pude observar, al rayo del sol de la tarde, y, como digo, mientras pasaba pedaleando sin guardabarros, una hermosa rejería, nunca como la que tuvo el Parque de Santander en sus mejores épocas y casi como la que luce hoy la Casa de Nariño. Me emocionan las rejas, mas no los barrotes de una prisión, como tampoco las alambradas inhumanas de las Farc, sino aquellas que ennoblecen —de qué manera— los castillos y palacios de la Europa más antigua; las muy pocas que se conservan en Bogotá en viejas quintas y aun las que la inseguridad ha hecho construir en casi todas las casas y cerramientos modernos, todavía no derrumbados por la antedicha máquina de la muerte. El hierro colado, el hierro entorchado, el hierro sometido a la forja y “al dolor de los yunques inclementes”, a decir de Hernández, es de todo mi gusto.

El nuevo parque, situado en la 26, abajo del cementerio de los ricos y arriba del de los judíos, entiendo que ha sido bautizado como el Parque del Renacimiento, parvo consuelo para las muchas fosas y calaveras de personas sencillas que fueron desalojadas de improviso y de afán, como toda la obra del presidenciable durante estos tres años.

Por los nombres que coloca el Distrito debe entenderse lo contrario. Así, ‘Parque del Renacimiento’ es en realidad el Parque de los Muertos, tal y como encabezo este escrito; ‘Programa de arborización’ es, de no decirnos mentiras, la tala sistemática e indiscriminada de árboles, pues no cabe decir que precisamente requerían tratamiento fitosanitario (fusilarium oxisporum) las especies que se le atravesaban al señor Alcalde en la ruta de su Transmilenio, para dar un ejemplo; llámase ‘regularización de vías’ al programa de estrechamiento de las calles y bloqueo de las bocacalles, lo que no se le había ocurrido a ningún alcalde y menos a Virgilio Barco, quien amplió, entre otras, la carrera séptima, robándole espacio a los antejardines de espaciosas quintas.

A la persistencia de huecos, especialmente en el sur de la ciudad, se le llama ‘recuperación de la malla vial’ (Claudia de Castellanos, la pastorcita, ha dicho que ella se ocupará de recuperar la malla humana. Se le abona); al desalojo de comerciantes desesperados, a mano armada y a la media noche, se le denomina ‘reubicación de informales’; a la barrida de indigentes del Cartucho se le llamará ‘Parque Tercer Milenio’ (que quedará divino, a cargo de Mockus y de Ingenieros Constructores Asociados); al atropello de peatones en los andenes se le bautiza ‘ciclorrutas’ y al inútil derrumbe de cerramientos sobre los cuerpos inermes de los vecinos (crimen del Fucha) se le da por nombre ‘Recuperación del espacio público’.

A la hora de la verdad, los únicos que no van a continuar, de ninguna manera, la obra pignalosiana son los ínclitos Claudia de Castellanos y el doctor Toca Toca (o William Vinasco Che). Entre otras razones, porque no les alcanza el aliento para llegar a la meta de la Alcaldía de la capital. Pero bien por ellos, en cuanto no continuarían con las atravesadas ciclovías; con la idea de cobrar boleta —o peajes de entrada— para ingresar a este hermoso museo que es Bogotá; ni con la pretensión de cobro del alumbrado público y hasta del aire respirable, que, de quedarse Peñalosa, habría llamado ‘contribución compensatoria al control de gases asfixiantes’.

Con algo de desánimo veo a los dos candidatos más opcionados, esto es, a los fracasados vicepresidentes de las pasadas justas presidenciales. Mucho se demoraron para decidir su postulación y pareciera que no viendo más en qué ocuparse hubieran resuelto ‘jalarle’ de nuevo (en el caso de Antanas) a la Alcaldía, que ya es pan comido. Mi paisana, la antioqueña María Emma (Lorenzo nació exactamente donde hoy se levanta o mejor, se explaya, una gorda de Botero) ha tenido el tardío y discreto apoyo de Horacio Serpa, que puede hacerle algún daño y el doctor Mockus, con sus juguetes didácticos, ha recibido, a su vez, el apoyo de ‘Riveros es Peñalosa’, lo que algunos piensan le quita votos por lo antipático que resulta el favoritismo.

Bien, pues, por el parque. Al Alcalde le quedan divinos los muertos, digo, los parques, y espero confiado en el de Lourdes, que por ahora es un tierrero, pero quedará de exposición. Sugiero la restitución de la estatua del mariscal de Ayacucho a su lugar primigenio y la recuperación de su espada robada, así como insisto en la operación de nariz a la diva del pozo de la Rebeca, pues el mármol es restaurable y pueden tenerse, como tal vez lo he dicho, varias narices de repuesto, por si se las siguen robando.
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