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Opinión

  • | 2013/08/29 00:00

    El partido Liberal: ¿el retorno de los brujos?

    Está devastado por deserciones sin fin de caciques regionales y de votantes en todos los estratos.

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¡Volveremos a nuestras mayorías! He ahí el anuncio hecho por la muy joven pero no tan vigorosa dirección del partido liberal. Lo repite en todos los tonos, como el individuo que respira optimismo y al mismo tiempo asume retos reales en función de la conquista del poder. También deja notar,  eso sí, un extraño acento, maquinal e insubstanciado, en el que se adivina la orfandad del mensaje, la ausencia de un discurso que remueva imaginarios de identidad renovada.

Un aserto aflora como fundamento para las certidumbres de resurrección: ¡hemos asegurado 40 jefes políticos, apertrechados cada uno con 30.000 votos! Así lo afirma el director, calculadora en mano; así lo reproducen como un eco otros jefes del achacoso partido, antes omnipotente; y, después de Uribe, considerablemente maltrecho, sustraído del disfrute de ministerios y de presupuesto; obligado como estuvo a “padecer” ocho años en la oposición. 

Devastado además por deserciones sin fin de caciques regionales y de votantes en todos los estratos; como que pasó, en un descenso de montaña rusa, de los 5.650.000 votos de su candidato Serpa en 1998 (o incluso de los 3.500.000 de electores que favorecieron a este mismo candidato en 2002) a los irrisorios 638.000 votos en las presidenciales de 2010. 

El reclutamiento de clientelas

El perfil de semejante certidumbre; a la vez, prosaicamente pragmática, fríamente eficiente y brutalmente ingenua; como la del patrón que lleva el control de los electores barrio por barrio; dicta el tono y traza el sentido de las preocupaciones que orientan la recuperación del partido.

A falta de ideas y de lograr situarse en esa especie de momento mágico en el que se catalizan tanto la oportunidad como el hecho político y las esperanzas colectivas, para reencontrar una credibilidad extraviada, el liberalismo prefiere reclutar clientelas y asociarlas en una amplia confederación bajo su propia razón social.

Sin capacidad o sin voluntad para intervenir decisivamente en la agenda y en el debate público, dominados ambos, por Uribe desde la oposición y por Santos desde el gobierno, el liberalismo prefiere andar a la sombra de este último, mientras se sumerge en el trabajo de atraer regionalmente las pequeñas y medianas empresas políticas para enfrentar los desafíos inmediatos que le proponen las elecciones de 2014.

Bueno, no todo se plasma en negro sobre blanco: desde luego que ha intervenido en la agenda, con particular relevancia durante los dos primeros años de Santos. Lo hizo en el trabajo legislativo que desembocó en una ley tan progresista como la de “Víctimas y restitución de tierras”; en la defensa de cuyo proyecto destacaron figuras como Cristo y Juan Manuel Galán en el Senado o como el prometedor Guillermo Rivera en la Cámara.

Sin sueños de futuro

Solo que este partido liberal no pareciera encontrar las condiciones que le permiten inscribir este tipo de intervenciones dentro de un proyecto de mayor aliento en materia de Estado y de sociedad. Al contrario, se recoge de inmediato en esa técnica, muy mecanizada y  sin ambiciones de ruptura, de agrupar un universo heteróclito de liderazgos electorales. Una miscelánea ideológica, con personajes de derecha, de centro o de izquierda. Eso sí, todos ellos muy hábiles,  genuinos brujos en las buenas y malas artes que aseguran la recolección de votos.

Atrapado en esa lógica de caciques y clientelas que lo poseyó durante las últimas décadas, pareciera renunciar a la aventura de renovarse como partido, para solo ser en cambio una suma ampliada de aparatos electorales. Dentro de tal perspectiva, el principal empeño estratégico del partido está cifrado en conquistar en marzo un número mayor de curules en el Congreso, de modo de contar con unos 23 senadores, 5 o 6 más de los 17 con los que cuenta hoy. Sería una plataforma desde la que intentaría avanzadas para modificar la geometría de la coalición gobernante durante el próximo mandato presidencial.

Sintiéndose aún debilitado, pero además enfrentado a la realidad de un reeleccionismo inevitable, hace de la limitación, una ventaja; y se transforma así, antes que nadie, en el paladín de  la reelección de Santos. Prefiere la comodidad de ser el lugarteniente en la empresa reeleccionista, mientras consolida su presencia en el Congreso.  Su objetivo sería el de hacerse a casi una cuarta parte de la representación parlamentaria, en un arrebato, al mismo tiempo, de ambición y de modestia; cuando antes gozaba del control sobre cifras que lo aproximaban a la mitad de la representación parlamentaria. 

A la espera de que Santos lo necesite más

Si hace 2 años aspiraba a tener durante el segundo mandato de Santos una mayor cuota en el Gobierno y un mayor peso en la coalición; ahora, cuando las aguas se agitan para la empresa reeleccionista por la amenaza personificada en la lista de Uribe Vélez, sus acciones en el propósito de Santos podrán paradójicamente crecer como la espuma.

Si aquella lista de Uribe consiguiera un ascenso electoral importante lo haría a expensas sobre todo del partido de la U, convertido en el soporte principal de Santos. En ese sentido, de lograr el Presidente la reelección, pero apoyado en un partido disminuido, poseedor apenas de unos 10 senadores, los 23 que alcanzaría el liberalismo pasarían por fuerza a convertirse en el pivote de la coalición de gobierno.

La alianza estrecha entre el partido de la U, ahora santista y antes uribista, con el conservatismo, dejaría de ser el eje central sobre el que girara la coalición hegemónica de gobierno; la que de ese modo tendría que estar vertebrada en torno de otro eje, el conformado por el partido liberal y por el partido conservador. Como en los remotos tiempos del Frente Nacional. Y todos tan dichosos. 

¿El reencuentro de Santos, Vargas Lleras y el liberalismo?

De este modo, sería inevitable el acercamiento estrecho entre el presidente Santos y el partido liberal, el escenario que justamente este último preferiría. 

Ahora bien, no podemos descartar, aunque por la inercia de las elecciones de Congreso no es un evento muy probable, el hecho de que Uribe provoque una oleada electoral que destroce a su antiguo partido. En tal eventualidad, ya Santos sin partido, dependería totalmente del liberalismo y del conservatismo; pero con un problema, el de que un Uribe fuerte en el Congreso podría arrastrar a su campo a una buena tajada de la bancada conservadora.

En cualquier escenario aparece más que probable la circunstancia de un partido liberal convertido en el referente ineludible para el regreso de mucho cacique político, expatriado por propia voluntad en las toldas antes ofrecidas por el Uribismo. Y así mismo en centro de reabsorción de dirigentes como el presidente Juan Manuel Santos y su muy seguro sucesor Germán Vargas Lleras.

La hipótesis cuya materialización, con todo, no se vislumbra es la de un partido renovado, distinto del viejo partido consubstanciado  con el poder y a menudo vertedero indoctrinario de todo tipo de clientelas. Lo cual no ha excluido, claro, la presencia en su seno de corrientes provistas de un carácter republicano – progresista; las mismas que resbalan siempre en ese pantano que les propone el empresariado político tradicional.

*Politólogo y abogado.
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