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Opinión

  • | 2011/10/27 00:00

    "El pasado no lo podemos cambiar, pero sí podemos cambiar el efecto que tiene sobre el presente"

    Desde hace varios siglos nos han educado bajo la creencia de que nuestro pasado nos define y nos determina como personas, como una condena de la cual no podemos liberarnos.

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A mi consultorio llegan con mucha frecuencia personas que quieren hacer cambios en su vida. Pero paradójicamente su “discurso” está montado sobre la creencia de que muchas de esas cosas que quisieran que fueran diferentes no van a poder cambiar debido al pasado que han vivido. “Yo siempre he sido así y sé que no tolero el tema de la infidelidad porque mi papá le fue infiel a mi mamá cuando yo era niño. De entrada te advierto que eso en mí no va a cambiar”, me decía un consultante en la primera sesión. Decidió buscar “ayuda profesional” –como él mismo decía- porque su esposa le había sido infiel después de 16 años de matrimonio y esto le estaba causando un enorme dolor que quería sanar y superar para poder retomar su relación. El problema era que no se sentía capaz de sanar la herida que esta infidelidad le había “destapado”: la infidelidad de su padre cuando él era un niño. “Yo quiero superar este dolor porque la adoro, quiero estar con ella y luchar por nuestro matrimonio. Pero por todo lo que pasó con mis padres siento que no voy a poder hacerlo”.

Como terapeuta estratégica reconozco que cada persona es fruto de su propia historia, de su propio pasado (Cagnoni, F. & Milanese, R. Cambiare il passato. 2009), sin dejar de desconocer que el pasado de una persona no es una condición inexorablemente determinante de su presente. Si así fuera, el cambio sería imposible. Y para nadie es un misterio que la única constante en la vida de los seres humanos es el cambio (Nardone, G. (2009). “La mirada del corazón”.). En otras palabras: aunque no podemos cambiar ni cancelar el pasado, sí podemos cambiar el efecto que este tiene sobre nuestro presente (Nardone, 2009). Y el primer paso para lograrlo es volver a recorrer la experiencia dolorosa por medio de la escritura. En palabras de J.W. von Goethe, escribir la historia es una forma de deshacerse del pasado (Cagnoni & Milanese (2009). “Cambiare il passato”).

Desde el ‘sentido común’, cuando estamos frente a una experiencia pasada dolorosa lo primero que intentamos hacer es cancelarla, sin darnos cuenta de que justamente ese intento acaba perpetuando el dolor, y este dolor impide la posibilidad de vivir un presente diferente. Es precisamente así como el pasado se nos convierte en una condena, tal como le ocurrió al consultante cuando se enteró de la infidelidad de su esposa: esa experiencia –presente- revivió en él todo lo que había vivido cuando era niño con la infidelidad de su padre; fue como haber metido el dedo en una herida abierta que él había intentado tapar creyendo que así sanaría, cuando en realidad, era cada vez más profunda, más presente.

Empezamos a trabajar en el proceso de archivar su pasado en el pasado. Al comienzo fue difícil porque se negaba a escribir; llegaba a la consulta muy molesto diciéndome que no entendía por qué le había puesto una tarea tan difícil y dolorosa si él lo que quería era trabajar en la relación con su esposa. Encontraba todo tipo de disculpas para evitar la tarea porque sentarse a repasar por escrito esa parte de su historia generaba en él un dolor muy profundo y, por lo mismo, miedo a enfrentarlo. Pero un día llegó a su límite: quería volver con su esposa, luchar por recuperar su relación de pareja y su familia, pero no podía “dejar ir” su pasado y esto le estaba impidiendo vivir su presente. Fue ahí cuando finalmente venció el miedo y, con mucha angustia en la boca del estómago, se sentó a escribir por primera vez una parte de ese ‘capítulo’ de su historia. “Me hiciste llorar como un niño chiquito. Creo que ni cuando me enteré que mi esposa me había sido infiel lloré tanto. Pero tengo que reconocer que después de haberlo hecho esa primera vez, me sentí más descargado”.

De ahí en adelante siguió un proceso doloroso, y al mismo tiempo “gratificante y liberador”, como él mismo lo definió. A través de la escritura pudo tomar distancia de sus propios sentimientos para empezar a sanarlos. El ejercicio de escribir no ha cambiado su pasado, pero sí ha cambiado la manera como él ‘revivía’ mentalmente en su presente una vivencia traumática que vivió cuando era niño. “Todavía me duele mucho la infidelidad de mi esposa y eso es algo que tendremos que trabajar como pareja. Pero ya no estoy constantemente remitiéndome a lo que viví cuando era niño, ya no repaso las escenas de mi mamá llorando desconsolada y de mi papá rogándole que lo perdonara. En ese sentido, mi herida ya cicatrizó”.

Independientemente del motivo que nos esté ‘atando’ al pasado, el problema está en que mientras vivimos nuestro presente añorando ‘lo maravilloso que ya pasó’ o sufriendo por lo que nos causó dolor, se nos está pasando la vida, como se nos pasa el agua entre los dedos cuando intentamos retenerla. Es así como perdemos la posibilidad de vivir y disfrutar un presente diferente, ¡siendo el presente lo único que tenemos! Porque el pasado ya pasó, no lo podemos cambiar, y el futuro no sabemos qué nos traerá. En ese sentido, el presente que vive cada persona puede ser distinto independientemente del pasado ya vivido.

Se trata entonces de enfrentar el dolor en el momento en que se presenta, como cuando nos hacemos una herida en la piel: podemos taparla con una cura por el miedo al dolor que conlleva desinfectarla, o aguantar el dolor inicial de la desinfección para que así la piel pueda regenerar el tejido hasta que finalmente pueda cicatrizar sanamente. Para sanar las heridas que nos causan las experiencias difíciles –y en ocasiones traumáticas-, la escritura es el ‘desinfectante’ que nos va a permitir pasar por el medio del dolor para salir al otro lado (Nardone, 2008).

*Psicóloga – Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
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