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Opinión

  • | 2000/05/08 00:00

    El pasado en presente

    Reducido el escándalo a un casuismo jurídico, la responsabilidad política se escapó por el foro

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Apelo al título del cElebre programa de Tito de Zubiría y Abelardo Forero para referirme al anclaje al que se encuentra atado el candidato liberal, doctor Horacio Serpa y, por desgracia, también doña María Emma Mejía.

Han sido vanos los esfuerzos del indiscutible candidato por zafarse de ese pasado reciente y ni siquiera su pretendido aggiornamento con la Social Democracia lo ha conseguido. El arribo al país del ex presidente Samper y el lanzamiento de su libro de recriminaciones han tenido el efecto de retrotraer a los dos eminentes samperistas al mismo barro donde se les atascó el vehículo en el invierno del 98.

Han ayudado a este fondear en el pasado, no solamente el libro, sino las mutuas recriminaciones que se han venido haciendo el candidato Serpa y el presidente Pastrana, sin saberse quién comenzó, las que han afianzado la controversia por un capítulo que definitivamente no quedó bien cerrado. Pues son estas las consecuencias de la precipitada absolución (preclusión) que profirió un Congreso tan corrupto como el de ahora y mucho más controlado por un Ejecutivo titiritero. Cómo hablar ahora de fondos interministeriales y no recordar los recursos de financiación, virtuales auxilios parlamentarios, que estuvieron a la orden del día durante el proceso a Samper.

Muy poco les ha convenido al virtual candidato a la Presidencia y a la presunta candidata a la Alcaldía Mayor de Bogotá (cualquiera será mejor que un progresista alucinado y arbitrario), el renacer de la

disputa y de ahí que Horacio Serpa, de regreso al partidor, haya tenido que afirmarse en aquella etapa, que no le resulta oportuno recordar. Obligado, ha dicho sentirse orgulloso de tan controvertidos episodios.

Serpa tenía que saber también lo que estaba pasando, como lo sabía Samper, pues la crisis financiera de la campaña ‘Samper Presidente’, que se presentó para la segunda vuelta, era alarmante y no daba espera. Como los dos protagonistas encontraron un tercero al cual dejarle la responsabilidad, lo vieron irse a la cárcel y al oprobio, mientras ellos le llevaban cigarrillos al Cantón Norte, hasta que el detenido se desesperó y les disparó físicamente con la vajilla. Pasó luego a revelar grandes verdades y a decir alguna mentirilla, la del honor.

Es muy difícil creer que este par de ‘ingenuos’, Serpa y Samper, no hubiesen advertido la más mínima sombra en el flujo de capital que de repente llegó a las arcas de su tesorería política. Había que darse cuenta de que algo estaba ocurriendo, como lo sostuvo en su momento el propio Hernando Santos. Para explicarle al público, el candidato, ya presidente, debió mostrarse sorprendido y como que esto hubiese ocurrido a sus espaldas y el jefe de debate y luego ministro dijo haber estado ocupado en la ideología del movimiento y haber sido ajeno a tales pormenores de dinero.

Hoy son procuradores y fiscales los que antes fueron abogados defensores de los ministros de aquel gobierno y pertenecientes a su staff consultivo. Ahora son ellos los que andan averiguando y adelantando investigaciones en contra del caído en desgracia, con alguna esperanza todavía de salvar el nombre de aquella campaña y el consiguiente de aquel gobierno, elegido con dineros del narcotráfico. Pero también con aportes de Bavaria, empresa que es tan rica que le regaló un periódico a C. Ll. de la F., donde poder registrar hasta la fecha de su cumpleaños (enero 30, no lo olvidaremos).

A propósito de aniversarios hay un delicioso gazapo en el libro de Samper. Hablando de Fidel y del Cuartel Moncada (pág. 386), dice el autor: “... cuyo aniversario se estaba celebrando ese mismo año”. Obvio, no hay año en que no se conmemore.

Retomando el hilo, es también muy difícil, a decir de Juan Manuel López, que Ernesto Samper pueda algún día probar que no sabía, en el criterio de aquel defensor intelectual del ex mandatario, que ajusta todo el escándalo político a su sola consideración jurídica. Al asunto de lo que se puede probar y de lo que no, a la cantilena aquella de la prueba reina y de la imposible prueba negativa. La argucia de Samper, asesorado por eminentes abogados (hoy procuradores y fiscales), fue reducir el inmenso iceberg del escándalo a un casuismo jurídico. De ahí que fuera fácil que un parlamentario, con dotes de Mario Moreno, lo defendiera ante ambas cámaras (quiero decir, la legislativa y la de la televisión) y que la responsabilidad política se escapara

—nunca tan bien dicho— por el foro.

Fue regresar Samper y refrescarse el proceso 8.000. Hasta el autor de Conspiración, prologado por Alfonso Gómez Méndez, ha sacudido de nuevo sus alfombras. El buen Horacio, que quería zafarse de un pasado de lastre, se ha visto en la necesidad de no negarlo y de asirse a él con el orgullo y la hombría —de arma al cinto— que lo caracterizan. Y con coherencia santandereana admirable, aunque con el gusto duro y salobre de la carne oriada.
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