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Opinión

  • | 2002/07/15 00:00

    El pasado sí perdona

    Muchos creen que en el fútbol todo tiempo pasado fue mejor pero, más allá de la nostalgia, este deporte es mejor hoy que ayer.

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Antes, para destacarse había que jugar bien. Ahora hay que correr. El problema es que correr saben todos". La reflexión ?simpática, por cierto? pertenece a Johan Cruyff, un oráculo sagrado (y temido) del fútbol mundial.

Es posible que el fútbol que tenemos no sea todo lo épico que deseamos; lo que nadie dice ?en especial los héroes del pasado? es que el juego actual es infinitamente más difícil que el de hace 15, 20 y 30 años atrás. De los años 60 para abajo, mejor ni hablar. Y esta valoración no intenta ser despectiva con las épocas pretéritas del fútbol. Por el contrario, mis ídolos siguen siendo Ricardo Bochini, la 'Bruja' Verón, René Houseman, estrellas de los 60 y los 70. En el marco en que se desempeñaron, ellos fueron genios, otros no. De modo que siempre estarán los talentos y los comunes. Siempre existirá el mérito.

Me lo enseñó don Abilio D'Almeida, viejo dirigente brasileño. Había visto todo, todo el fútbol. Le pregunté quién fue el más grande de Brasil, el número uno de la saga de monstruos brasileños. ¿Acaso fue Pelé...? Me respondió así:

?No hubo uno solo. Pelé fue el mejor de su época. Pero Friedenreich fue el más grande en la suya; luego vino Leónidas, un genio; más tarde Zizinho. Después Pelé... Ahora es otro. Cada uno en su tiempo fue un fenómeno y en todos los tiempos hubo hombres fuertes, inteligentes, talentosos. Cada uno logró ser ídolo y rey en su momento, de modo que es imposible decir que uno fue superior a todos porque es imposible cotejarlos.

Magnífica respuesta, erudita y didáctica.



Respeto por todos

De modo que debemos respetar a los héroes, cada uno en su era. A los del ayer les cabe una proeza adicional: cimentaron la popularidad del juego. Lo que no debe taparnos el ayer es el hoy. Debido a la velocidad, a las marcas y a la presión de hoy día, parar la pelota y dejarla junto al botín, hacer un malabar, gambetear dos rivales, tirar un caño o un sombrero ?todo lo que antes eran zonceras para un buen jugador? son misiones imposibles de cumplir. Al mismo Maradona, hoy, le estarían vedadas ciertas hazañas. Y estamos hablando del máximo exponente de habilidad que haya dado el fútbol en 160 años de rodaje.

Por eso las cosas que es capaz de hacer en el contexto actual Juan Román Riquelme, estando rodeado de rivales, son para el asombro. Si Zidane lograra hacer el 10 por ciento de las maravillas de Riquelme sería el hombre más feliz del mundo. Pero no puede. No porque carezca de talento para imaginar esas bellezas, sino que se lo impiden los rivales. En eso consiste la epopeya de Román: sí puede.

Con frecuencia exhumamos una anécdota muy bella (es deber del periodismo no dejar morir ciertos testimonios) de Jorge Brown, el prohombre del fútbol argentino entre 1890 y 1911. Brown fue el antecesor de Pedernera, de Batistuta, de todos. Era zaguero y tenía una jugada que enloquecía a las multitudes. Cuando le tiraban un pelotazo largo al centrodelantero rival Jorge Brown ?apareado al contrario? corría en dirección a su arco a toda prisa, alcanzaba la línea de la pelota, la superaba y entonces... Se daba vuelta rápidamente, quedaba de frente y le daba un tremendo patadón, rechazándola bien lejos y alejando el peligro. La gente deliraba... por 'eso'. Pero está bien, era lo que había. Y era lo que gustaba.

Muchos años después de su retiro ?en 1929? fueron a entrevistarlo de la revista El Gráfico y le preguntaron si seguía yendo a ver partidos. El inglesote respondió tajantemente, casi con desprecio: "No fútbol era el de antes".

¿Cómo "el de antes"? ¡Si en su época el juego estaba dando los primeros pasos, era un bebé que despertaba a la vida! Aquella frase de Brown entró en la leyenda. Como esa otra que venimos escuchando desde que empezamos a ir a la cancha de la mano de papá: "El fútbol se muere".

Tiempo pasado

Nos agradaría ver a Johan Cruyff desempeñarse en el escenario actual; ver si es capaz de estar 30 ó 40 segundos con la pelota en cada avance, como solía hacer, sin que nadie le saliera al cruce.

Podemos coincidir con él en que en nuestros días el juego tiene menos romanticismo, hay menos proezas individuales (algo que el público adora: los héroes que definen solos un partido) y las 'estrellas' modernas (caso Figo) son auténticos mamarrachos comparados con los Garrinchas, los Eusebios y todos los gigantes de antaño. El está autorizado incluso a afirmar que el fútbol que protagonizó era más hermoso que éste. Lo que no puede decir Cruyff es que ahora resulte más fácil jugar, que sólo son unos tontos que corren. El grado de oposición es inmensamente mayor.

Días atrás entrevistamos a Jorge Burruchaga, aquel que hizo el gol de la victoria sobre Alemania en la final del Mundial 86. Reconocía que el fútbol es en estos momentos más veloz que hace 15 años pero, en sintonía con Cruyff (y con todos los ex futbolistas), aseguraba: "Sin embargo en el 86 había una buena velocidad de juego, y era una velocidad más razonada, se pensaba más". Naturalmente, en 1986, Burruchaga decía que el fútbol en ese momento era más complicado que en 1970, que había menos espacios, que resultaba más veloz, etc...

A todos les parece que el juego era mejor cuando ellos actuaban. Porque aman lo que pasó, adoran su tiempo. Es lógico y humano. Pero si miraran videos del fútbol pasado se desilusionarán mucho, les parecerá un anacronismo casi absurdo. Sugerencia: no miren videos de partidos de dos o tres décadas atrás: se les caerán a pedazos los recuerdos, se van a desilusionar mucho, de veras.

El único genio que los contrarió a todos fue Angel Labruna, el hombre que más títulos ganó en la Argentina, como futbolista y como entrenador. Cuando era técnico de River y todo el mundo protestaba "por lo malo" que era el fútbol en ese momento, por lo 'troncos' que eran los jugadores, Labruna los descolocaba con su sinceridad: "¿Estos son malos...? ¿Este fútbol es horrible...? Pero déjense de pavadas... Si yo jugara hoy no podría ni tocar la pelota. Antes jugábamos todos parados, era una risa...".

Lo dijo Labruna, el goleador de La Máquina.



Juego limpio

Estábamos hace unos días con Alberto Spencer en la bellísima y apacible Montevideo, quizá la más quieta y encantadora de nuestras capitales suramericanas. Leíamos en El Observador un pequeño recuadro con el título "Nacional cortó una racha de 40 años". Y explicaba que, por Copa Libertadores, el conjunto tricolor venció por primera vez en la historia como visitante a un equipo argentino. Desde 1962 sólo había cosechado cinco derrotas y cuatro empates. Esta vez derrotó a Vélez 1-0 en Liniers.

La noticia ratifica una tendencia que venimos observando: la enorme cantidad de partidos que se ganan en condición de visitante. En la Copa de 2001 se registró una marca impactante de 32 victorias a domicilio sobre 126 encuentros jugados, casi el 25 por ciento. En 1967 se habían registrado 29 triunfos visitantes sobre 114 encuentros, pero entonces el marco era diferente: los equipos argentinos, brasileños, e incluso uruguayos, vencían con comodidad en Venezuela, en Bolivia, en Ecuador, en Colombia, y no era extraño que lo hicieran en Perú, en Chile o en Paraguay. Las diferencias futbolísticas eran muy significativas.

En la presente edición de la Copa Libertadores se llevaban 27 éxitos de visita en los primeros 115 partidos, un 23,48 por ciento.

¿Qué significa esto? Concretamente, que tenemos un fútbol mejor, más limpio, con un marco más adecuado y justo. Lo que parecen simples numeritos y curiosidades encierra una revelación trascendente: se gana de visita porque es posible hacerlo, hay garantías para ello. Ya no es tán complicado. Y las razones son varias.

El fútbol se ha emparejado definitivamente (¡Aleluya!).

El reglamento protege más, los arbitrajes son mejores.

La mentalidad cambió: no se le teme a los grandes.

Los esquemas ultradefensivos que planteaban antaño los visitantes son decididamente impresentables en estos tiempos.

La televisión muestra todo. Es imposible cometer las tropelías que se hacían antiguamente en canchas inseguras. No hay sorpresas desagradables. Las reglas son más claras y todos deben cumplirlas.



Dificil ganar

Comentábamos el tema con Spencer y nos agregaba: "No había pensado esto de los triunfos afuera, pero es cierto. Antes ganaban de visitante sólo los del Atlántico. Nosotros íbamos con Peñarol a Bolivia, a Venezuela, a Ecuador, a todos lados y nos traíamos los dos puntos. Claro. ¿Cómo nos iban a ganar si al salir al campo los rivales nos pedían autógrafos. Señor Spencer, ¿se toma una foto conmigo?... Spencer... una foto acá... Imposible que nos ganaran con esa mentalidad, pero ahora todo cambió", por suerte.

En esta misma Copa Peñarol ?que en los 60 y los 70 imponía su presencia intimidatoria en todo el continente? ganó fuera de casa después de cinco años sin conseguirlo. Los tiempos han cambiado radicalmente. Ahora gana cuando puede. Y viene de sufrir una paliza histórica: 6 a 0 con Real Potosí, un cuadrito más simpático que otra cosa. "Sí, fue en la altura ?aclara Spencer?, pero antes también jugábamos en la altura ¿y quién le hacía seis a Peñarol...?".



Rojas por monton

Hay otro punto interesante de análisis: las expulsiones. Es indudable que, a pesar de ser el juego más veloz y potente ahora, aunque las marcas son más estrechas, se pega menos en la actualidad. Imposible olvidar aquellas verdaderas salvajadas de los años 60 y 70 que no eran reprimidas por los jueces ni por el reglamento. Roberto Perfumo, ex zaguero del Racing Club, campeón de América de 1967, hoy comentarista deportivo, en su columna del 30 de abril reconoce: "En la década del 60 los partidos de la Copa eran una masacre".

Hoy, sin embargo, pese a que se juega con mayor lealtad, hay más expulsiones. La marca tope de tarjetas rojas la tiene la Copa de 1998, con 79 expulsados en 90 partidos. En el presente torneo se llevan 115 partidos y ya contamos 67 cartones rojos (se contabiliza hasta el 8 de mayo incluido).

En décadas pasadas se expulsaba mucho menos. Para darse una idea: en 1971 hubo 38 sancionados, de los cuales 19 fueron producto de la triste aunque célebre refriega entre Boca Juniors y Sporting Cristal. El juez Alejandro Otero, de Uruguay, solamente eximió de ese castigo a los arqueros Sánchez y Rubiños y al querido Julio Meléndez, que se empeñaba en separar a sus compañeros de sus compatriotas.

Esto tiene una sola lectura: se pega menos, pero se echa más. ¿Las razones? El reglamento es infinitamente más estricto que hace 12 años (el Mundial del 90 fue una bisagra, convenció a la Fifa de la necesidad de realizar cambios profundos para adecentar el juego). Y los arbitrajes son menos permisivos.

El que tiene una amarilla y comete otra falta fuerte se va. Ya casi nadie lo discute. Y está bien: el que quiere jugar está protegido, quien busca la falta, no.

No sólo las brusquedades son condenadas por el reglamento actual, también las deslealtades y especialmente las especulaciones, el hacer tiempo. Antaño, cuando un equipo se ponía en ventaja renunciaba a seguir jugando, quemaba tiempo al sacar, consumía minutos entregándole la pelota a su arquero, etc. Y no había tres, cuatro y hasta cinco minutos de descuento como en nuestros días. Hoy aquellas artimañas no tienen cabida. También parecen anacronismos las protestas airadas y colectivas. El jugador sabe que, si arma revuelo, se va.

Hay varios tópicos más a favor de la limpieza del fútbol actual, como los campos de juego en buenas condiciones (las inspecciones de los estadios son también más severas); el hecho de jugarse en todo el continente con el mismo balón; el control de doping obligatorio en todos los encuentros; la presencia del cuarto árbitro para asistir al juez principal, y la más importante: la televisión, que muestra todo.

Nostalgias al margen, el juego, hoy, es más limpio que ayer. Y esto tiene una sola traducción: es mejor. Lo vieron en este Mundial.
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