Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2009/01/11 00:00

El patriótico oso de ser colombiano

lo que me despertó indignación no fue la caricatura, sino la reacción penosamente provinciana que produjo, con amenaza de demanda y ofendidos pucheros patrioteros.

El patriótico oso de ser colombiano

Decidí ir al psicólogo porque me sucedía algo insoportable: todo lo que le causaba orgullo patrio a los demás, a mí me producía vergüenza. Pongo un ejemplo: más de un conocido está orgulloso de que Bush condecore a Uribe; a mí, en cambio, pocas cosas me parecen tan deshonrosas como que el presidente de mi país reciba una medalla de semejante esperpento.

Y pongo otro: más de un conocido estaba indignado con el caricaturista gringo que supuso que no sería raro que en el país de las motosierras el slogan del café colombiano, que dice que en cada taza hay un pedacito de Juan Valdez, fuera literal. A mí, en cambio, lo que me despertó indignación no fue la caricatura, sino la reacción penosamente provinciana que produjo, con amenaza de demanda y ofendidos pucheros patrioteros.

—Tranquilo -me dijo el psicólogo-. Si la realidad le duele, procure evadirla: dópese.

Traté de hacerlo: tomé litros de valeriana, ingerí pepas para dormir. Incluso llegué al extremo de leer a Abdón Espinosa. Pero todo fue peor: la sensación de desasosiego ante este patrioterismo barato que se ha puesto en boga desde que Uribe es presidente se infiltraba por alguna grieta del sueño y lo convertía en una pesadilla recurrente: cuando cerraba los ojos me soñaba con que era íntimo de Uribe y de Bush, y que los dos me invitaban a una asfixiante cabalgata que empezaba en El Ubérrimo y terminaba en un rancho de Texas.

De modo que desobedecí la sugerencia del psicólogo y traté de mantenerme despierto a toda costa, así fuera necesario tomar abundantes tazas de café colombiano para conseguirlo.

En poco tiempo comencé a sentirme mejor. La cafeína obraba en mí como un bálsamo mágico y a los pocos días estaba reconciliado con mi nacionalidad. La condecoración a Uribe no solo me pareció todo un privilegio, sino que pensé que el gobierno debería devolver las atenciones y otorgarle la Cruz de Boyacá al presidente Bush.

Me ilusionaba imaginando al canciller Bermúdez recogiendo a la comitiva gringa en una chiva tricolor; llevándola a almorzar a Casa Vieja y regalándole a cada integrante una escopetarra, un sombrero vueltiao y un poncho, que podría ser Poncho Rentería, para que supieran que Colombia es mucho más que coca: es coca y Poncho Rentería.

También me entusiasmaba suponer que la ceremonia de condecoración sería por todo lo alto: que contratarían a Magda Egas para que fuera la presentadora del evento; que sólo permitirían el ingreso de Navarro a la rueda de prensa para reducir a la mitad el riesgo de nuevos zapatazos; y que, claro, invitarían a Cabas para que cantara: finalmente Bush ya se sabe sus canciones.

En la medida en que el suave aroma de Juan Valdez me invadía por dentro, admiré a todos los que hacen campañas para que creamos en una Colombia mejor y me sumé del todo al nacionalismo uribista. Me hice amigo de Pedro Medina; felicité a los creativos de la campaña de Colombia es Pasión por esos comerciales que dicen que sólo a un colombiano se le ocurre hacer una casa en el aire, que sólo a un colombiano se le ocurre poner a vivir un pueblo cien años en un lugar que no existe; llamé a mis conocidos extranjeros para decirles que acá tenemos cinco pisos climáticos y todo tipo de ranas y de sapos, aunque omití el detalle de que muchos de ellos están en el Congreso; me puse pulseritas tricolores; dejé de tomar trago extranjero. Y poco a poco fui dejándome contagiar por un espíritu nuevo, constructivo y patriótico que desalojó a empujones al hombre amargado que alguna vez fui, y que lo reactivaba únicamente cuando alguien ponía en duda el honor de la patria: como el irrespetuoso caricaturista gringo.

Cuando regresé a donde el psicólogo le mostré mis avances: le pedí una taza de café y, en la medida en que me lo bebía, florecían en mí los más nobles y profundos sentimientos patrióticos.

Pero todo se derrumbó en el momento en que en uno de los sorbos sentí un grumo extraño. Miré la taza para ver de qué se trataba y noté que en el líquido oscuro flotaba un bigote; y al lado suyo se hundía un pedazo de nariz y el lóbulo de una oreja campesina.

Me dieron náuseas. Pero para no perder del todo el patriotismo que ya había alcanzado me he puesto a pensar que sólo a un colombiano se le ocurre violar y matar a 148 niños; que sólo a un colombiano se le ocurre dañar el trofeo de la copa Libertadores; que sólo a un colombiano le duele más una caricatura que la realidad que la inspira. Pero que sólo a un gringo se le ocurre condecorar a Uribe.

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