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Opinión

  • | 1997/04/28 00:00

    EL PAYASO Y EL MARTIR

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Por una vez, y sólo por una, estoy de acuerdo con D'Artagnan: el país está loco. Loco de atar. Ahora resulta que Antanas Mockus, tomando el relevo de Horacio Serpa, aparece de primero en las encuestas. Lo revelan Semana y Cambio16. Y es el caso de dirigirse a los cuerdos de este país, si es que todavía quedan, para preguntarles qué ha hecho este excéntrico personaje para merecer tal favoritismo. Por lo pronto, con una lujosa irresponsabilidad, pretende dejar al frente de la administración distrital, que es el conglomerado de empresas públicas más importantes del país, a un oscuro subalterno para lanzarse al ruedo electoral.
¿Qué hizo Mockus por Bogotá? Nada, absolutamente nada. Todo queda igual, igual o peor, a lo que encontró cuando fue elegido: los huecos, la inseguridad, el caos urbano, las colas para pagar servicios públicos, la falta de vías. Sí, hay algo más: amenazas de racionamiento de agua y la plata, la plata que él no consiguió sino que fue obtenida por sus dos antecesores, guardada en los bancos con la prudencia y la tacañería de una vieja usurera. ¿Qué hizo por los pobres? Lo mismo que los emperadores romanos: circo. Circo por cuenta propia. Lo vimos a horcajadas en un elefante, lo vimos disfrazado de Supermán, lo vimos orinando, bañándose, alzando bebés o manejando un taxi y, por último, con la cara pintada como un indio, todo ello manipulado a fin de mantener una extravagante, pero por lo visto provechosa, rentable, presencia publicitaria, mientras la ciudad continuaba descomponiéndose como un queso podrido, más caótica e insegura que nunca. Y a esa ciudad que no supo redimir la llamó , sin siquiera pestañear, Bogotá coqueta.
En realidad, el coqueto fue él. No hizo otra cosa que coqueterías mediáticas. Y gracias a esos números de circo y al mérito -extraordinario hoy en Colombia- de no haberse robado un centavo, miles de tontos quieren votar por él. Les seduce que sea un personaje atípico. D'Artagnan está feliz. Cruza los dedos para que sea él, Mockus, el antiSerpa. Es decir, para que a este infortunado país le toque escoger entre la peste y la viruela. O sea, entre un populismo de bigotazos y trémolos y retórica decimónonica, y otro aún de más alto colorido histriónico, que, como en las películas mudas de Chaplin, dispensándose de la palabra, se sirve del gesto y de la truculencia para obtener efectos exitosos. Por esa vía, eligiendo a uno de estos dos personajes, que no pueden mostrar nada efectivo y convincente en su haber, salvo formas vistosas de prestidigitación política, acabaríamos al final del siglo añorando al propio Samper. O eligiendo a Garzón para el siguiente período. Pues en Colombia, bien es sabido, no hay situación que no sea susceptible de empeorar.
El periodismo light, que ahora prospera entre nosotros, auspicia con su ligereza y su frivolidad estos casos de hipnotismo colectivo. En cambio, pasa de largo, sin detenerse, ante el cadáver de un Gerardo Bedoya, que asumió con una valerosa firmeza los riesgos de su vocación, siempre grandes y a veces trágicos en un país como el nuestro. Lo que escribió en aquella columna por la cual lo mataron es simple y muy cierto, y cualquiera de quienes compartimos su compromiso con nuestro oficio lo habría podido firmar. Pues dijo lo que todos pensamos: que entre las dos presiones ejercidas sobre el gobierno, la de Estados Unidos y la de los narcos, la primera ha producido leyes duras y necesarias contra el narcotráfico y la segunda sólo coartadas, cobardía y escamoteos del gobierno y las mayorías parlamentarias. El Presidente, por cierto, sólo tiene energía para rechazar las presiones del norte, pero ninguna para enfrentar el bárbaro chantaje que sobre la prensa y sobre él mismo ejercen los narcotraficantes. Está a tono con el clima ambiental: también él es light, un presidente light.
Parece que la frivolidad, paradójicamente, acompaña o precede el fin de los imperios y la decadencia de las naciones. Es una forma de escapismo. Le sucede también a los individuos cuando no pueden resolver sus problemas y están al borde de la quiebra. Lo cierto es que nunca hemos vivido una situación peor que la actual. Para contradecir esta visión tan sombría, algunos recuerdan la violencia vivida por el país entre 1947 y 1957. Fue terrible, es cierto, pero resultó remediable: bastó con que dos dirigentes, Laureano Gómez y Alberto Lleras, se encontraran en una playa catalana, en Sitges, para ponerle fin a semejante tragedia. Hoy vivimos una situación incontrolable, en la que se reúnen, en un solo ramo de desastres y de horrores, la guerrilla, el narcotráfico, la impunidad, la corrupción, la inseguridad, la pobreza, el desempleo, el descrédito internacional y lo más grave: el desgobierno. Para olvidar ese túnel sin salida, tenemos las telenovelas, los partidos de fútbol, los reinados de belleza, el teléfono rosa, Quac, las fiestas de disfraces, las piernas de Viena y de Natalia París y ahora, en busca de una política light, un payaso de candidato, y de candidato con opciones.
Con un día de intervalo, tuvimos las dos noticias: la candidatura presidencial de Mockus y el asesinato de Gerardo Bedoya. El payaso y el mártir, ahí están las dos caras del país. Y sus dos comportamientos: la fuga festiva o el compromiso y la lucha, con todos los riesgos que esto conlleva.
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