Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2003/04/13 00:00

El periodismo y la muerte

Hoy nos venden la imagen de un pueblo liberado y feliz. Que les pregunten a los parientes de los miles de muertos si ellos también están felices

El periodismo y la muerte

Acabamos de vivir una semana funesta para el periodismo. Empecemos por Barrancabermeja y vámonos alejando hasta llegar a Bagdad. En Barranca asesinaron a tiros al teólogo y periodista Juan Rivas. Tenía un programa radial en una emisora comunitaria y estaba amenazado. Sus últimas denuncias públicas tenían que ver con nexos entre el gobierno local y las AUC. El gobierno le había otorgado protección, pero solamente durante los días laborales, como si los sicarios se abstuvieran de trabajar los domingos y fiestas de guardar. En Arauca, desde el asesinato de Luis Eduardo Alfonso, no hay periodistas. El periodismo, testigo y testimonio de lo que pasa, es molesto para el poder, aquí y en el resto del mundo.

Cada año la organización 'Reporteros sin Fronteras' hace un escalafón de países según los atentados contra la libertad de prensa. Los últimos dos puestos, el 138 y el 139, los ocupan China y Corea del Norte. Colombia, en el lugar 114, está un poco menos mal. En toda América hay solamente un país que está peor que nosotros: Cuba. Y la semana pasada el régimen de Fidel Castro, con su habitual ferocidad, hizo nuevos méritos para conservar su último lugar americano. Detuvieron a 24 periodistas y cuatro de ellos fueron condenados a 20 años de cárcel, en uno de esos típicos procesos-circo de corte stalinista.

En uno de estos juicios sumarios, al periodista Ricardo González se le acusó de alcoholismo y de pertenecer a una "organización terrorista francesa": 'Reporteros sin Fronteras'. También en Cuba hace carrera la palabra "terrorista" aplicada sin ton ni son. Cuatro periodistas podrían pasar el resto de sus vidas en la cárcel por simples delitos de opinión. Cuando la izquierda procubana se defiende, dice que es mejor una cárcel en Cuba que una tumba en Colombia. Como si fuera peor morirse de cáncer que de sida, o como si la libertad formal (que por fortuna aquí tenemos todavía) no fuera en todo caso un valor que hay que defender aquí y allá.

Pero lleguemos a Irak, donde la situación está incluso peor que en Cuba y en Colombia. Hasta el 9 de abril, en Irak habían muerto 10 periodistas; hay además siete heridos y dos desaparecidos. Los actos más graves ocurrieron el día 8 cuando en tres actos que a casi nadie le parecen fortuitos, los militares norteamericanos cañonearon tres lugares que se sabía eran sede de periodistas internacionales. En el primer hecho mataron a Tarek Ayub, corresponsal en Bagdad de Al-Jazira. En el segundo atacaron la sede de Abu Dhabi TV (otra televisión árabe que no había sido tierna con el ejército invasor). En el tercero dirigieron la batería contra el Hotel Palestine. Allí perdieron la vida el periodista de Reuters, Taras Protsyuk, y el reportero español de Tele-5, José Couso.

En este último caso el ejército de la desinformación (que también existe) anunció que los militares norteamericanos dispararon como un acto de legítima defensa contra francotiradores que los atacaban desde el hotel. Es raro, pero ninguno de los más de 200 periodistas occidentales que estaban hospedados ahí (y que filman un pedazo de guerra desde los balcones) vio que hubiera combatientes iraquíes en el hotel. Y no es que estos estuvieran a favor del dictador Hussein. Incluso hay decenas de ellos a los que el régimen caído no los dejaba informar y estaban allí prácticamente encarcelados (sin poder asomarse ni a la puerta) a la espera de la deportación.

Es evidente que los periodistas han sido blanco del gran 'ejército liberador', el cual ha usado iguales o peores armas de intimidación que el ex gobierno iraquí. Los estadounidenses bombardearon la torre de la televisión estatal por hacerle propaganda al régimen. Si los ejércitos pudieran actuar así entonces qué pensaríamos si los papeles se invirtieran y un Estado árabe bombardeara a la CNN o a la BBC por estar sesgadas a favor de sus países. En el primer caso nos dicen que es un acto legítimo; en el segundo, sería un acto terrorista. En realidad, en ambos casos, estaríamos frente a un atentado terrorista contra la prensa.

Quienes intentan manipularnos haciendo un uso dirigido y tergiversado de la información cuentan con dos aliados: la ingenuidad del público y el miedo de los periodistas. Hoy nos están vendiendo la imagen de un pueblo liberado y feliz que recibe con besos y flores a los ejércitos de intervención. Que les pregunten a los parientes de miles de civiles muertos y heridos si ellos también están felices con los tanques. No podemos dejarnos seducir por las únicas imágenes que ahora se propagan: una porción de la gente estará siempre con los que ganan, y más si han padecido un régimen opresor. No se les olvide que también hubo miles de franceses que recibieron con besos, flores y esvásticas a los nazis, cuando estos entraron en París.

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