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Opinión

  • | 2015/05/01 20:16

    El pierde pierde con las FARC

    La confianza en el proceso de paz depende hoy de la simbiosis entre el presidente Santos y la guerrilla. Una situación nefasta que hay que cambiar.

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Recientemente, los profesores Jennifer McCoy, Ryan Carlin y Jelena Subotic de la universidad de Georgia State publicaron un estudio sobre los “dilemas de la justicia transicional en Colombia” y su impacto en la cohesión social. El trabajo, que se presentará este mes en el Wilson Center en Washington, incluyó dos encuestas: una de junio de 2014 y otra de enero de 2015. Allí se analizaron las percepciones de los colombianos sobre la participación política de las FARC y sobre si deben pagar cárcel o no. Con una rigurosa metodología buscaban medir la legitimidad de las negociaciones.

Encontraron que un aumento de la confianza en la gestión del Presidente Juan Manuel Santos incrementaba el respaldo a los diálogos en La Habana entre quienes habían votado por Óscar Iván Zuluaga en las elecciones del 2014, los que se habían abstenido y las víctimas en general. Igualmente, un aumento en la confianza en las FARC sumaba adherentes a las conversaciones de paz entre los abstencionistas y las víctimas, incluyendo las que habían sufrido de la barbarie de la guerrilla.

Hasta allí todo parece lógico. Lo llamativo es su conclusión, que a mayor confianza en las FARC, mayor confianza en el presidente. Y la combinación de los dos genera mayor legitimidad y apoyo al proceso. La investigación confirma cuantitativamente lo que se ha comentado durante meses: la relación cada vez más simbiótica y hasta inter-dependiente entre Santos y las FARC.  El estudio coincide con la encuesta bimestral de Gallup donde la aprobación del primer mandatario desciende 14 puntos, a 29 por ciento e igual sucede con los que están de acuerdo con una solución negociada. Esa caída libre tiene una explicación coyuntural y trágica – el cobarde asesinato de los 11 soldados en Cauca- pero refleja la encrucijada en que se halla el gobierno y que el estudio de la universidad de Georgia State desnuda. Para reducir la desconfianza del pueblo colombiano, Santos necesita de los buenos oficios de las FARC, una organización cuyo poder se ha alimentado del terror, el asesinato, el secuestro y el engaño.

Ese grupo es tan torpe que aún no se ha dado cuenta del impacto de la masacre a los 11 soldados sobre la conciencia colectiva de los colombianos. No fueron capaces por lo menos, de pedir perdón sino que con el cinismo con la cual se han ganado el cariño de Colombia, culparon a otros.

Si bien es cierto que en una negociación uno no escoge a su contraparte, va ser muy difícil generarle al proceso la legitimidad que requiere, si depende de los caprichos de las FARC. Quienes apoyamos las conversaciones de paz en Cuba, queremos que la guerrilla entregue las armas, regrese a la legalidad y se incorpore a la sociedad, no podemos cometer el craso error de esperar algo de las Farc. En sus 60 años asediando a los colombianos, esa guerrilla nunca ha cedido a nada sin presión. Su marxismo-leninismo no se los permite. Y disfrutan como pocos ver la división entre los llamados santistas y uribistas.

La paz sólo será posible si la guerrilla ve a una sociedad unida en su contra. Santos es, antes que todo, pragmático. El extraordinario gesto del miércoles pasado, de enviar al ministro de la Presidencia Néstor Humberto Martínez a la oficina del expresidente y hoy senador Álvaro Uribe, puede ser un primer paso hacia esa reconciliación.
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