Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2009/09/26 00:00

El placer de no ser canididato liberal

La única maquinaria a la que tengo acceso es mi viejo Jeep Willys. De resto no conozco a ningún cacique liberal que me ayude, porque nunca he visitado una cárcel

El placer de no ser canididato liberal

Cuando estoy deprimido pienso que al menos no soy precandidato liberal. ¿Cómo será esa soledad, Dios mío? ¿Cuánto costará un comercial de uno de ellos, con todos esos extras que deben contratar para que se pongan en una plaza y griten como si fueran seguidores de algún candidato?

Lo digo a pesar de que a varios de ellos les tengo verdadero afecto. A Alfonso Gómez Méndez, por ejemplo, lo aprecio mucho porque cada vez que estoy triste, y veo su propaganda, me muero de la risa. ¿Puede alguien ganar unas elecciones con un jingle parecido al de Alberto VO5 como el suyo? Y hablo de él por no hablar de los demás: de Iván Marulanda, por poner el caso: ¿a alguien se le ocurre aspirar a la Presidencia con una campaña cuyo concepto central es decir que uno no es 'Tirofijo', que por favor no lo confundan?

Pobres candidatos. Casi todos son anónimos. A la única que uno reconoce es a Cecilia López, a quien le favorece haber sido la presentadora de Quac, el Noticero, en los años 90.

Todos los demás me producen una extraña mezcla de angustia y conmiseración. Esas tristes cosas que les toca hacer; ese entusiasmo forzado por pelearse la cola de las encuestas. ¿Los vieron echando mano de la tecnología? Publicaban en Twitter unos mensajes optimistas tipo "Gracias a todos: subí 0,1 en las encuestas. Ya tengo 0,4. Con su ayuda derrotaremos el margen de error".

En una época yo también fui liberal. Fue hace poco. Las normas que favorecían el voltearepismo eran tan atractivas que dejé el Partido Conservador y me junté con todos ellos.

No me juzguen. Por esa época lo normal era abusar de la figura del transfuguismo: César Mauricio Velásquez se convirtió al Islam; hubo hinchas de Millos que se pasaron al Santa Fe, y algunos congresistas se cambiaron no sólo de partido, sino de sexo.

Sufrí mucho. La verdad es que pocas cosas son tan peligrosas como pertenecer a un partido de oposición durante el gobierno de Uribe. Nos tenían intervenidos los teléfonos y las conversaciones requerían de una alta dosis de creatividad para despistar a los detectives.

-Estuve con el senador gago -me tocaba decir.

-¿Y qué dijo?

-Que hay que atajar al paticortico que toma tinto sobre caballos.

-Ajá.

-Entonces voy a pedirle plata para la campaña al banquero del parche, el que parece un pirata.

Como todos los minutos del celular se me estaban yendo en ese tipo de señas, regresé al Partido Conservador.

Ahora pienso que en buen momento me fui del Partido Liberal. La única manera de sacar votos allá es con maquinaria, y la única maquinaria a la que tengo acceso es mi carro: un viejo Jeep Willys que no sirve para nada. De resto no conozco a ningún cacique liberal que me ayude, porque nunca he visitado una cárcel.

Ahora bien: nada es tan aburrido como un domingo de elecciones. No hay fútbol. Hay ley seca. Por seguridad prohíben a los parrilleros, por lo cual no es aconsejable ir a restaurantes argentinos. Es un día para guardar cama, pero si saliera a votar lo haría por Héctor Helí. Verlo de presidente sería muy cómico. Parece un personaje de Jaime Garzón. Es como si ganara el 'Chinche' Ulloa.

Hablo desde el deseo, claro: porque cualquiera sabe que todo está montado para que gane Rafael Pardo, que es el consentido de Gaviria -lo cual no es cualquier frase-.

Dadas así las cosas, me ofrezco para ser su asesor de imagen.

Detesto a los asesores de imagen; a esa gente que se gana 20 millones de pesos por aconsejarle a un político que se remangue la camisa para verse más joven. De funcionar una recomendación semejante, José Galat se pasearía por todo Bogotá en manga sisa, para el delirio de todas las mujeres, varios homosexuales y algunos chulos.

Sin embargo, me gustan los retos. Y ser asesor de Pardo es uno grande. Siempre hace mala cara, es todo rígido. Pero yo soy muy capaz, y en dos meses puedo conseguir que quede listo para ser, ya no digamos presidente, sino hasta bailarín de Apolo's Men si se le da la gana.

Si yo fuera asesor de Pardo lo pondría a desayunar con Red Bull, borojó, guaraná, mariscos; haría una alianza política con Marlon Becerra para que le fijara una sonrisa de yeso parecida a la de Marcelo Cezán; lo obligaría a renunciar a la dirección de la revista Cambio para que le dedique más tiempo a la campaña, y me aseguraría de que los candidatos derrotados lo apoyen con lo mejor de cada uno: que, por decir algo, Cecilia López le preste la sudadera de terciopelo que usa cuando camina por 'El Virrey' para que el doctor Pardo la luzca cuando vaya a misa.

Para que se desentumezca lo matricularía en el Colegio del Cuerpo, de Álvaro Restrepo. Alguna vez estudié allá. Es exigente. Perdí Brazo III e Introducción al Tobillo, pero subí el promedio con Cátedra de Cuello. Lo dictaba Cuello Baute. Si uno era uribista, en lugar de poner notas, ponía notarías. Pero esa es otra historia.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.