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Opinión

  • | 2007/09/01 00:00

    El pobre Lara

    Confiando en el ‘zar' antIcorrupción’, como lo llaman, algunos se han atrevido a denunciar irregularidades en las entidades estatales

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Tengo simpatía por Rodrigo Lara Restrepo. Él ha sufrido desde que era un niño por la violencia del narcotráfico. Tenía 8 años cuando el cartel de Medellín asesinó a su padre.

Rodrigo Lara Bonilla enfrentó con singular valor a los barones de la droga. No se arredró por la campaña de desprestigio que emprendió la mafia en contra suya. Desmontó Tranquilandia, el mayor complejo coquero de la historia; inmovilizó decenas de narcoaviones, y denunció la influencia de los traficantes en la política. Como no pudieron eliminarlo moralmente, lo mataron a tiros cuando iba para su casa.

¿Por esos antecedentes es difícil entender cómo el joven Lara, el hijo del mártir, se siente cómodo sentado en Palacio al lado del primo de Pablo Escobar? ¿ Sabrá quién fue el dueño del helicóptero encontrado en Tranquilandia? ¿Sentirá algo cuando ve a Santiago, el hermano del presidente Uribe, con el narcotraficante Fabio Ochoa, en una foto tomada un año después del asesinato de Lara Bonilla?

Tal vez él considere que todos esos vínculos son cosa del pasado y que el único lazo perdurable es el suyo con su heroico padre.

En fin, después de un intento frustrado por llegar al Senado, Rodrigo Lara Restrepo recibió un premio de consolación que sonaba bastante bien: fue nombrado director del Programa Presidencial de Modernización, Eficiencia, Transparencia y Lucha contra la Corrupción.

Confiando en el 'zar anticorrupción', como lo llaman, algunos se han atrevido a denunciar irregularidades en las entidades estatales.

Uno de esos crédulos fue Manuel Miranda. Él era el jefe de control interno de la Superintendencia de Puertos y Transporte. Allí había llegado por un concurso de méritos. Cumpliendo con su labor se dio cuenta de que algo no marchaba bien en la Supertransporte, entidad encargada de la inspección, vigilancia y control del transporte y su infraestructura.

El superintendente Álvaro Hernando Cardona, cuota en el gobierno del ex senador huilense Jaime Bravo, no había atendido las advertencias de Miranda y de otros funcionarios. En una de las superintendencias delegadas, la de tránsito y transporte, se viene presentando una llamativa situación.

El Estado no está cobrando cifras multimillonarias en multas por infracciones de tránsito, por una sospechosa negligencia de los funcionarios. O las multas se vencen después de tres años sin cobrarlas. O la copia de los comparendos de la Supertransporte aparece adulterada con doble marcación, por lo cual no hay cómo cobrar la infracción. O por un curioso procedimiento la entidad sólo alcanza a ejecutar el 9 por ciento de los cobros debidos.

Con las pruebas en la mano Manuel Miranda se fue a la Casa de Nariño. Habló con Rodrigo Lara que se mostró alarmado con la situación. Habló también con el secretario general de la Presidencia, Bernardo Moreno, quien de inmediato llamó al ministro de Transporte, Andrés Uriel Gallego, y le pidió la destitución del superintendente y del encargado de la delegada de Transporte, Alfredo Ricardo Polo, ex funcionario del DAS en la administración de Jorge Noguera.

El denunciante salió de Palacio con la satisfacción del deber cumplido, pero cuando llegó a la Superintendencia se encontró con una resolución declarándolo insubsistente. Lo despidieron por atreverse a denunciar y además tuvo que rogarle al superintendente que le permitiera renunciar.

Lara me contó lo que había hecho por el denunciante injustamente castigado: "Yo le ofrecí que lo resituaba en otro lado".

Después de cinco meses en el asfalto, Manuel Miranda empezó a trabajar como jefe de control interno del Instituto Nacional de Salud.

En la Superintendencia todo siguió igual. Cardona y Polo felices en sus puestos. El Estado sigue perdiendo millones sin que a nadie le importe. El denunciante aprendió que en boca cerrada no entran moscas y el flamante 'zar anticorrupción' no puso en riesgo su carrera, no peleó con el Ministro de Transporte, ni le dijo nada al Presidente.

Pasó agachadito, sin entender el valor que tiene llamarse Rodrigo Lara.
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