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Opinión

  • | 2011/06/02 00:00

    El poder de un hombre (II)

    Avanza el tiempo en su inexorable marcha. Y en la medida en que se aleja del 7 de agosto de 2010, los organismos del Estado descubren una cadena de crímenes y corruptelas sin precedentes.

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Avanza el tiempo en su inexorable marcha. Y en la medida en que se aleja del 7 de agosto de 2010, los organismos del Estado descubren una cadena de crímenes y corruptelas sin precedentes. La corrupción es el fenómeno que ha deteriorado todos los Estados y sistemas de gobierno, desde los imperios más antiguos hasta el Estado intervencionista, de fuerte planeación centralizada, pasando por la gloria y el esplendor de la ciudad-Estado de Atenas, el absolutismo moderno y el Estado liberal. En el proceso de selección cultural mediante el cual se formó el Estado que hemos conocido, no es que éste, en el devenir de los tiempos, haya surgido, alcanzado su grandeza, degenerado y caído porque sí, sino que siempre se hundió y se perdió cuando los hombres se corrompieron. De ahí, que tengamos que llegar a la misma conclusión a la que llegó Platón: las leyes, las costumbres y los hombres que intervienen en política se han corrompido, por eso todos los Estados actuales se hallan mal gobernados. Pero lo que ocurrió en Colombia entre 2002-2010, por la excesiva concentración de poder, no tiene parangón en la historia política de nuestro país.

Los mayores riesgos de la concentración del poder son los asuntos intangibles que se insuflan en el imaginario de todos los componentes de un pueblo y en la propia sociedad: cambian los valores, el comportamiento, la conducta, la actitud de las personas, hasta convertirse en una cultura y un lenguaje distintos sin que la universalidad de las personas lo noten. Los cambios comienzan en quienes conforman los primeros anillos que rodean a quien concentra todos los factores de poder –político, económico, militar, social, etc.– y se diluyen imperceptibles en los demás anillos hasta llegar a la periferia del poder (institutos descentralizados y entidades territoriales) y de la misma sociedad (aún en los pobres y excluidos), a la manera que se diluyen las hondas del agua cuando una bola de hierro u otro objeto pesado cae a un lago.

Este es un fenómeno de sociología política con presencia en todos los Estados, sociedades, grupos e instituciones sociales (religiones, universidades, empresas, clubes deportivos, partidos, etc.) en los que una persona o líder comienza a concentrar el poder, afianzando cada vez más todos sus factores. Cuando todos los éstos se consolidan en torno de un hombre o una mujer, las personas de los anillos inmediatos comienzan a cometer atropellos y arbitrariedades sin necesidad de que quien ostenta todo el poder les señale instrucciones expresas y para casos concretos. ¿Por qué? Porque toda la órbita del poder forma una cultura que culmina en el pensamiento único: la cultura y el pensamiento únicos que hay que realizar sin fórmula de juicio.

Por eso, desde el más alto funcionario hasta el último conserje de un régimen autoritario se convierte en agente oficioso y oficial de él, para cometer las arbitrariedades que su rango le permita. De ahí que se persiga sin tregua a las demás instituciones y personas que no asimilen ni la cultura ni el pensamiento único. Es la razón de las interceptaciones telefónicas, los crímenes de Estado, coloquialmente denominados “falsos positivos”, procesos de corrupción, cohechos, prevaricatos y tráfico de influencias.

En una cultura avanzada de concentración de poder, no necesariamente el titular de todos los factores de poder tiene que dar instrucciones expresas a sus subalternos, aunque en la mayoría de las veces lo haga, para que cometan arbitrariedades, pero el quebrantamiento de las normas se generaliza y las sociedades se deprimen, se anarquizan, y se genera una cultura político-mafiosa que todo lo controla y lo domina.

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