13 noviembre 2012

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El poder simbólico de la extorsión

Por Juan Diego Restrepo E.*

OPINIÓNLos cobros que imponen grupos armados organizados ilegales en el país van más allá de pagar o no pagar. En juego está el respeto al "señor" que reclama una autoridad ilegal e ilegítima. No obedecerle es enfrentarse a la pena de muerte. ¿Cómo frenar ese fenómeno?

El poder simbólico de la extorsión.

Algo está pasando en el país que se ha intensificado y generalizado el cobro de extorsiones en campos y ciudades. Se le exigen pagos al tendero, al transportador, al vendedor ambulante, al ferretero, al productor agrícola, al comerciante, al industrial. Algo está pasando, ¿pero qué?
 
Son
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diversos los sectores que hacen constantes referencias a la extorsión como una práctica criminal que viene afectado a cientos de personas. Pero, ¿qué tanto se sabe de esos cobros intimidatorios que, de no pagarse, aseguran una acción violenta, cada vez más bárbara? No estoy seguro que se conozca mucho de este fenómeno, más allá de que se exige bajo amenaza, ya sea a través de llamadas telefónicas, panfletos, cartas “personalizadas” o visitas de emisarios.
 
Centrando la mirada sólo sobre los grupos armados organizados ilegales surgidos de las antiguas AUC y de los carteles del narcotráfico, a los que se les atribuye en gran parte la comisión de este delito, me pregunto qué les podrá estar pasando que han intensificado esos “tributos forzados”.
 
¿Estaremos ante una posible crisis de ingresos económicos de estos grupos armados, generada por la guerra entre ellos; por la presión sobre rentas ilegales como el narcotráfico y la minería ilegal que ejercen las autoridades en diversas regiones del país; y porque no han contado con los aportes voluntarios de grandes terratenientes, comerciantes e industriales, que, en el pasado, robustecieron las arcas de las AUC?
 
Ante ese eventual escenario es importante evocar la historia para establecer que esas “crisis” son propias de los que han vivido de las rentas ilegales. Ejemplo de ello fue Al Capone, quien generalizó la extorsión en la ciudad de Chicago para compensar las pérdidas que le dejó la depresión económica de 1929.
 
Conceptualmente es importante apoyarse también en las reflexiones académicas para profundizar en el análisis. Una de ellas es particularmente interesante, se trata de la interpretación que ofrece Jean-Francois Gayraud: “La extorsión es como el ‘fondo de comercio’, la actividad ‘rutinaria’ que mantiene a los mafiosos, sobre todo en periodos de ‘vacas flacas’, derivados, en ocasiones, de las guerras entre familias o la represión estatal”.
 
¿Qué estragos está causando la “crisis económica” entre los grupos armados organizados ilegales? Primero, es muy probable que los despachos de cocaína a los mercados internacionales estén muy limitados ante la falta de capital para sufragar los gastos de transporte, almacenamiento y envío hacia los puertos de destino, lo que afecta la generación de recursos; segundo, es factible que las diferentes facciones de esas estructuras criminales no tengan con qué pagar la “nómina”, lo que conlleva a buscar alternativas de autofinanciación; y tercero, que la necesidad de dinero entre aquellos que han vivido de las rentas ilegales fragmente aún más las organizaciones criminales y, por tanto, haya una proliferación de “extorsionistas”.
 
A los requerimientos de capital, la urgente necesidad de autofinanciamiento y la fragmentación de los grupos armados ilegales debe agregarse el poder simbólico que subyace en todo cobro extorsivo. Gayraud lo ha descrito con extrema precisión: “la extorsión es la expresión de una relación de subordinación y autoridad”.
 
Y justamente, esta reflexión le quita piso a esas explicaciones oficiales que ven en el cobro forzado una acción meramente delincuencial. Según este autor, la extorsión posee un doble sentido: “económico (el enriquecimiento por la exacción ilegal) y político (la identificación del señor y su feudo)”. No pagar, por tanto, es “una afrenta, un signo de rebelión y un desafío a la autoridad […] El perjuicio financiero es irrelevante en comparación con el perjuicio simbólico que la negativa de pago provoca. Por esta razón, una mafia castiga siempre con el asesinato a los que se niegan a pagar el tributo”.
 
Ese poder simbólico del “señor” que exige la extorsión es utilizado también por algunas “víctimas” para su beneficio. Al respecto, Diego Gambetta sugiere que “la ventaja de ser ‘amigo’ de los que nos extorsionan dinero o bienes no es simplemente la de evitar posibles daños que de otra forma serían seguros, sino que se puede extender hasta incluir la ayuda para deshacerse de los competidores”.
 
El asunto no es puramente teórico, como podría creerse. Hace poco, dos líderes comunitarias me comentaron que en su barrio hay un tendero que no deja prosperar a sus competidores. Cuando llega alguien y establece un negocio similar al suyo extrañamente es amenazado y se tiene que ir. “A ese tendero nunca le pasa nada. Nosotras creemos que está protegido por la banda del sector y por ello nadie se mete con él”.
 
¿Qué efectos concretos tiene, por ejemplo, la posición dominante de ese tendero? Que no sólo activa imaginarios de miedo, sino que puede vender sus productos a precios por encima de los promedios y la gente se ve forzada a comprar allí porque no hay más opciones. Esos son los beneficios de tener esa clase de “amigos”. Al respecto, dos autores españoles, Luis De La Corte y Andrea Giménez-Salinas consideran que la consecuencia de este tipo de alianzas “es un clima de inseguridad y desconfianza que dificulta o altera el trato social cotidiano […] que tiene también efectos negativos sobre las actividades comerciales legales, cuyo rendimiento tiende a decaer a medida que el entorno se vuelve menos seguro y atractivo”.
 
El discurso oficial se está quedando corto no sólo para explicar este fenómeno delictivo, sino para contrarrestarlo. Es inadmisible que decenas de homicidios cometidos diariamente en el país se minimicen con el argumento, peregrino por cierto, de que las víctimas no pagaron el cobro exigido y el asunto se quedé ahí. Las autoridades le sugieren a la ciudadanía denunciar, pero ¿están dadas las garantías para proteger al denunciante? No creo, entre otras razones porque en esa práctica criminal hay complicidad de sectores de la Fuerza Pública.
 
Urge atender el delito de la extorsión de manera integral, pues en la actualidad tiene tantas raíces que su poder va más allá de lo material, es simbólico, y se sustenta en el miedo profundo de la gente. Si no se ataca de esa manera, la barbarie que lo rodea seguirá recorriendo campos y ciudades.
 
* Periodista e investigador social
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