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Opinión

  • | 2003/03/24 00:00

    El portavoz afónico

    Después de los misiles, el arma más poderosa de las guerras es la propaganda, es decir, la propagación de la mentira

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El miércoles pasado, al mismo tiempo que empezaba la invasión a Irak, no sé si por error o por un chispazo de humor británico del camarógrafo, la BBC transmitió los últimos retoques al maquillaje del presidente Bush mientras se preparaba para leer su primer discurso de guerra. El contrapunto entre la situación trágica de la Historia (ya se sabía que iba a anunciar el comienzo de los bombardeos) contrastaba con la situación cómica de la pequeña historia: una maquilladora le echaba polvos en las mejillas, le peinaba el copete, le cortaba un bucle en desorden, le disparaba laca con un tarrito de aerosol para que el pelo se estuviera quieto. En fin, por un instante, la información no estaba dominada por los asesores de imagen, y los espectadores del mundo asistimos, no al show de la realidad, sino a la realidad de verdad, es decir, a su maquillaje, a su mentira.

Al otro día, el jueves, primera jornada de la invasión (y última a la que me puedo referir antes de entregar este artículo), corrió el rumor de que el presidente Saddam, gracias a un buen trabajo de inteligencia de la CIA, había caído víctima de las primeras bombas de profundidad lanzadas desde los aviones. Pero como para desmentir la noticia prematura de su fallecimiento, hacia el mediodía, Hussein apareció también ante las cadenas de televisión iraquí. No asistimos a su maquillaje, pero poco después de terminar su discurso, la CNN anunció que ese señor de gafas y de boina no era Saddam en persona, sino un doble, especie de clon de los que el dictador iraquí suele utilizar como señuelo para que no lo maten (o para que crean que no ha muerto). Según el Pentágono, Saddam cuenta con varios dobles que usa al inaugurar fábricas, al visitar hospitales, e incluso al recibir líderes europeos, como al parecer le ocurrió a Joerg Haider, el derechista austríaco, que habría sido atendido en febrero pasado por un falso Saddam analfabeta.

Estas dos apariciones en falso de los dos presidentes en guerra nos deberían traer una enseñanza para los días y semanas trágicos que vienen: no creer del todo en lo que vemos, o mejor, en lo que nos muestran. Después de los misiles, la segunda arma más poderosa que se emplea durante las guerras es la propaganda, es decir, la propagación de la mentira, de la inexactitud, de las grandes hazañas propias y las cobardías e infamias del enemigo. Es probable que Estados Unidos aplaste a Irak en pocos días o semanas, pero es difícil que podamos ver las más duras imágenes de ese aplastamiento.

Para vergüenza del periodismo mundial, y sobre todo para vergüenza de los mismos estadounidenses, que fueron los inventores de un periodismo independiente y objetivo, muchos medios norteamericanos están usando la figura ridícula, amañada, del embedded journalist, es decir, el reportero de guerra 'incrustado', que vive al lado de los militares (en un portaaviones, por ejemplo) y relata única y exclusivamente lo que éstos le dicen que cuente.

En esta guerra, como en la primera Guerra del Golfo, y también en el conflicto colombiano, el periodismo se ha convertido, cada vez más, en una especie de portavoz (o altavoz) de las declaraciones oficiales de los gobiernos. No es un cuarto poder que describe y analiza lo que ve, sino que repite los comunicados oficiales, muestra lo que le está permitido mostrar y oculta lo que le ordenan que no se vea. Cada vez se les hacen menos entrevistas o siquiera preguntas a observadores independientes; sólo se entrevista a los ministros, militares o líderes del gobierno. Son ellos las únicas fuentes, como si la labor del periodismo fuera servir de ventrílocuos de los políticos, y nada más. El periodista ya no cuenta lo que ve (a veces ni siquiera lo dejan ver) sino que asiste a las conferencias de prensa citadas por los ministerios. Después los periodistas y los funcionarios salen a almorzar juntos, y las preguntas son tan suaves y poco comprometedoras que entre ellos se tratan de tú y por el nombre de pila.

Curiosamente el mismo Chris Cramer, presidente de CNN, dijo esta semana que los mejores informados, en esta guerra, serán los navegantes de la red. Sólo en la web se puede lograr llegar a voces discordantes y a periodistas independientes. Pero el grueso de la población estará sometida a una aparente abundancia de información (24 horas de una cháchara repetitiva e intrascendente, horas y horas de imágenes fijas, fuegos artificiales, nubes de arena y luces de bengala) que se traduce, en realidad, en ausencia de información. ¿Cuántos muertos civiles habrá, cuántos militares han caído o se han rendido? A quién creerle ¿al sosia de Hussein, o al Bush que se maquilla?

Para podernos enterar siquiera de una parte tangencial de lo que sucede ya será difícil confiar en esos portavoces afónicos en que se han convertido los periodistas de las grandes cadenas internacionales. Habrá que buscar en la red información alternativa de primera mano. Les doy algunos sitios: http://www.back-to-iraq.com/ de Christopher Allbritton, ex corresponsal del New York Daily Reporter; http://www.warblogs.cc, un servicio de contrainformación; y www.IraqJournal.org, que recoge opiniones de los movimientos pacifistas que se han prestado a servir como escudos humanos.
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