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Opinión

  • | 2014/05/23 00:00

    El posconflicto tiene nombre de mujer

    Discurso pronunciado en la presentación del libro “La paz es ahora, carajo”, en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá.

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Los guerreros han decidido combatir hasta la extenuación, hasta el instante mismo de la firma de los acuerdos de final de la guerra, no porque crean que pueden ganarla, sino para infringir la mayor cantidad de daño antes de dejar de disparar; porque una guerra que no se gana durante cincuenta años no se va a ganar en el último combate.

Pero, ¿qué clase de guerra es esta, que ha perdido sus propósitos iniciales, guerra en la que ya no se pelea por los objetivos supremos de tomar el poder y el de la defensa de la patria? ¿Guerra que antes de su extinción definitiva  mantiene las cifras de letalidad, dolor y daño de épocas de mediados del conflicto, guerra que hoy mata tanto como si estuviera a las puertas del poder o de la derrota definitiva de los alzados? La respuesta es el desgaste.

Es esta una guerra de desgaste, caracterizada por la disposición de las partes en hacer el mayor daño posible a su oponente, sin ninguna otra consideración que el daño mismo. Daño que será medido en la pérdida de valiosas vidas humanas de soldados, agentes de policía, guerrilleros y civiles, que no merecen morir en los últimos tiros de la guerra. 

Es en suma una guerra asesina, en la que los muertos habrán muerto por nada, solo por la febril terquedad de los jefes de los dos bandos de mantener el pulso de la guerra a sabiendas que nadie la ganará ya. Por eso demando, pido, reclamo, parar la guerra ya. Para que como dijera el compañero presidente Salvador Allende momentos antes de inmolarse: "Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor".

Aún así, no puedo dejar de expresar mi alborozo por el inicio, el día de hoy, de una tregua en la guerra que conservará por unos días la vida a por lo menos a 32 guerreros de las dos partes y heridas a 64 de los mismos. 

Estas cifras resultan de la operación elemental de multiplicar el número de muertos y heridos, que se producen diariamente en promedio, por el número de días de duración de la tregua, pero más allá de las cifras, son personas que serán salvadas de la muerte, o de las mutilaciones, son personas que en vida serán de gran utilidad para enaltecer la vida misma y para el país, porque no hay nada más noble que salvar vidas ante la certeza de la muerte; por lo que desde aquí, en el día de hoy y en este escenario levantado para construir la memoria, la paz y la reconciliación,  clamo a las dirigencias de las partes, tomar en consideración el valor que supone la decisión unilateral de las dos organizaciones insurgentes de FARC-EP y ELN, para invitarlos a la creación de un estado de tregua permanente, hasta que se firmen los acuerdos de armisticio final, lo cual se puede lograr con una acción recíproca y equivalente por parte de las fuerzas Militares del Estado. 

Es decir, si el Estado responde con reciprocidad a la tregua formulada unilateralmente por las guerrillas, se habrá configurado una tregua bilateral de facto, solo se requiere la voluntad de no matar, que equivale a procurar un alivio a la sociedad entera, a estimular la esperanza en la paz venidera, a generar la confianza que necesitan las partes para los acuerdos que después serán refrendados, mediante el mecanismo que pacten,  a hacer que los últimos muertos en la guerra, fueron los que cayeron ayer.

Pero debo ser realista, no me hago ilusiones y me temo, que tras el final de los comicios electorales, volverán los bombardeos y los combates, las voladuras y las emboscadas, los muertos y los heridos, y así tiempo después, con el cuerpo enardecido y la mirada enfebrecida por el fragor del combate, las partes firmarán la paz y sobrevendrá  el día después, ese que llamamos pomposamente el posconflicto armado, que no es otro que la apertura a los tiempos de reconstruir, recomponer, reconciliar, reparar, reconocer, resocializar, reinsertar, rehabilitar, aunque no faltará quien crea que se debe iniciar todo desde ceros, como si se tratara de la creación misma, como también habrá quien crea que nada hay que cambiar, que todo lo hecho está bien. 

Es frecuente encontrar recomendaciones de expertos, acerca de qué tipo de gobierno debe manejar el posconflicto, y la mayoría coincide en recomendar un gobierno fuerte, como recientemente lo hiciera el académico  Michel Wieviorka, discípulo de Alain Touraine, en su paso reciente por Colombia, recomendación que por lo general es interpretada de manera errónea, sentando las bases de la fortaleza en las Fuerzas Armadas de los Estados; lo cual termina siendo la proyección del estado de guerra, la extensión del autoritarismo castrense a los nuevos tiempos de paz. 

Pero muy por encima de tal extremo, tan viril y lleno de testosterona, suficiente como para iniciar otra guerra, está la tarea de curar, cuidar, cultivar, construir, convocar, contener, convencer, concertar, convidar, culturizar; actividades todas de sumo cuidado, de gran temple y determinación, que solo con la mano y sentido de mujer es posible realizar, porque es la mujer quien durante la guerra ha permanecido en casa, la ha mantenido y conservado, ha criado a los hijos y educado, ha mantenido vivo el recuerdo del hijo, esposo o padre ausente por la guerra, ha sufrido las consecuencias de la ausencia y de la guerra misma, así lo gritan las cifras que cuentan que el 65 % de las víctimas son mujeres y es ahora quien al final de todo va cuidar las heridas del guerrero que regresa, va a surcir sus calcetines, va a saciar la sed y hambre de alimentos y de amor, pero también va poner el orden en la casa, sin titubeos y decisión.

Es la mujer, la que en la casa Colombia, nuestra casa, podrá alzar la voz para pronunciar aquellas frases cotidianas en la vida de los hogares: “no más calle, es hora de pintar las paredes, tapar las goteras de los techos, de reforzar los cimientos, es hora de dedicar tiempo a los hijos, es hora de dedicar tiempo para mí y para ti mismo, es hora de reemprender una nueva vida, sin las angustias, zozobras y el dolor del pasado, es la hora de vivir en paz”.

Por ello, y tan categórico como he titulado este libro que hoy comparto con todos ustedes, digo: el posconflicto tiene nombre de mujer.

Gracias.
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