Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2006/04/01 00:00

El precio del miedo

Con el descrédito del comunismo la derecha guarda los lujos para ella y suprime el empleo fijo, las pensiones de vejez, la salud gratuita, la educación pública, las vacaciones pagadas...

El precio del miedo

Dicen que la revuelta de los estudiantes franceses es una reedición de la 'revolución' de mayo del 68. En las formas, quizá. Pero en el fondo es lo contrario. En el 68 se pretendía "cambiar la vida", sobre la fórmula luciferina del poeta Rimbaud. Lo que se busca ahora es que la vida siga tal como está.

Es decir, por supuesto, tal como está en Francia. La protesta de los estudiantes va dirigida contra una modesta propuesta gubernamental de flexibilización de empleo que permite echar a los jóvenes de su primer puesto de trabajo sin explicaciones ni indemnizaciones. O sea, como se hace en casi todas partes. Pero la modestia del pretexto es engañosa, pues el motivo de la inconformidad es de fondo: los estudiantes se movilizan por defender lo que en Francia se llama "les acquis", o terrenos adquiridos: los logros, las conquistas. Las seguridades y las ventajas que han conseguido los trabajadores (los ciudadanos en general) en el curso de generaciones de esfuerzos y de luchas, muchas veces sangrientas. Derechos civiles, garantías laborales, etc.

Que esos "acquis" los quiera quitar el gobierno de Chirac, Villepin y Sarkozy no es raro: son las cosas que los gobiernos de la derecha siempre quieren quitar, y que no han cedido sino ante la amenaza de la fuerza. A veces, sólo como resultado de una revolución.

Si ahora las quieren quitar Villepin y compañía es porque, según explican, constituyen un lujo que Francia ya no se puede permitir. Los economistas (de la derecha) así lo corroboran: el "modelo social" francés, protector y solidario, ya no tiene cabida en el mundo moderno; y Francia debe adaptarse al modelo norteamericano de capitalismo de mercado puro y duro, crudo y cruel. Como lo hacen todos: Alemania o el Japón o los países de la desaparecida órbita soviética. Como lo ha hecho la Gran Bretaña bajo la teóricamente conservadora pero en realidad neoliberal Margaret Thatcher primero, y ahora, más todavía, bajo el teóricamente socialista pero en realidad neoliberal Tony Blair: privatizando la salud y la educación (que en Francia todavía son gratuitas), reduciendo las pensiones de los jubilados, recortando los beneficios sociales, etc.

¿Y por qué no se puede permitir Francia ya esos lujos? ¿Por qué si se los podía permitir en los años treinta, cuando el gobierno del Frente Popular inventó las vacaciones pagadas? ¿Por qué la Gran Bretaña no arrisca ahora a costear un Servicio Nacional de Salud completamente gratuito, cuando sí podía en 1945, arruinada por la guerra, cuando lo instauró el primer gobierno laborista? Y hasta los Estados Unidos ¿por qué tienen ahora que desmantelar lo que todavía queda de protección social del New Deal rooseveltiano, que sirvió hace setenta años para sacarlos de la Gran Depresión? ¿Es que acaso son hoy países más pobres que entonces?

No, al revés: hoy son mucho más ricos, tanto en términos absolutos como relativos. Lo que pasa es, simplemente, que con la desaparición de la Unión Soviética y el descrédito del comunismo la derecha no tiene ya miedo de que le estalle en la barriga una revolución social. Y en consecuencia guarda los lujos para ella, y suprime los que, a causa de ese miedo, les había permitido a los trabajadores. El empleo fijo, las pensiones de vejez, la salud gratuita, la educación pública accesible para todos. (Como suele ocurrir, en esto los conversos son los más inflexibles: así Tony Blair, que se educó a base de becas públicas, propone que se supriman).

Pero si la derecha ha perdido el miedo a la explosión social es porque no sabe hacer bien las cuentas. Las hace cortas y estrechas: reducidas al aquí y al ahora -y el que venga atrás que arree-. Es como la política de tierra arrasada que practica también en el ámbito de la ecología: destruir el planeta sólo da réditos a corto plazo. Del mismo modo, en lo social, hacer que la gente sea infeliz y miserable maximiza la ganancia en lo inmediato, pero cuesta caro después: en inseguridad, en violencia, en conflicto social. O sea, otra vez en miedo.

No, la agitación estudiantil de Francia no tiene nada de revolucionaria. Es, al contrario, conservadora. Una de las consignas poéticas y luciferinas de mayo del 68 decía: "Sed realistas: pedid lo imposible". Los revoltosos de ahora no son realistas como aquellos: son idealistas, y piden lo posible.

A ver si se lo dan.

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