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Opinión

  • | 2012/08/27 00:00

    El precio de la paz

    Un nuevo escenario para la construcción de paz, exige llamar la atención sobre el papel que cumplirían dos protagonistas de excepción: Sociedad civil y Fuerzas Militares.

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Lo que hasta hace un tiempo era un rumor, hoy día es una verdad inobjetable: el gobierno avanza con celeridad hacia un proceso de paz. Este trabajo de filigrana, ha sido cuidadosamente diseñado por Sergio Jaramillo, Alto Consejero de Seguridad Nacional, ayudado por un equipo estructurado desde la época en que oficiaba como Viceministro de Defensa, en tiempos del entonces ministro Santos, un proyecto que, de seguro, allí dio sus primeros pasos.

Desde inicios del actual gobierno, voces de distintos orígenes han expresado su inquietud en torno a una eventual negociación. Si bien la paz es un deseo, pero además una obligación del Estado, es necesario llamar la atención sobre el papel que cumplirían dos protagonistas de excepción: La sociedad civil y las Fuerzas Militares, sectores que no pueden excluirse de los avances de un proceso pues han sido afectados, como ninguno, por el conflicto armado.

En lo que refiere a la sociedad civil, el espacio ha sido ocupado por un movimiento que tuvo su origen en otros como “Colombianos y Colombianas por la Paz”, la izquierda liberal y el Partido Comunista, y que ha ido desarrollando una eficiente agenda política a nivel nacional e internacional, hablamos de Marcha Patriótica (Ver “La revolución en marcha” http://alturl.com/ct84a).
 
Ese movimiento apoyado por distintos sectores, especialmente aquellos que provienen de la izquierda revolucionaria, despierta gran simpatía en las Farc pues consolida un proyecto lanzado por la organización en el Pleno de 2000 (carta de reunión: “El pueblo no puede seguir disperso”), y fortalece lo avanzado en el trabajo de masas y organizaciones, desarrollado por el Partido Comunista Clandestino - PC3 - y el Movimiento Bolivariano en los últimos años.
 
No es un secreto que tras los anuncios de levantamiento de bases militares a través de acciones organizadas, tal como sucedió en el Cauca, está todo un trabajo de coordinación desarrollado e impulsado por Marcha Patriótica. El “exitoso” modelo empleado para neutralizar la labor de las tropas, pero además en búsqueda de provocar un hecho de violencia estatal que pueda ser tomado como referente histórico, ha tenido eco en algunas organizaciones sociales, por lo cual se espera sea replicado en otros lugares del país especialmente en importantes enclaves farianos.

Esta clase de iniciativas de sectores que se arrogan la representación de la “sociedad civil”, pueden constituirse más adelante en un nuevo agente generador de violencia, precisamente por el peligro que representan éste tipo de modelos de paz parcelados, aun con la persistencia del conflicto.
 
Si Marcha Patriótica logra su inclusión en la agenda de paz, la izquierda revolucionaria cerraría el espacio discursivo a otras posiciones, no porque ellas no existan, sino porque cuenta con todo ese andamiaje producto del intenso trabajo político, la construcción de bases populares y un entramado de organizaciones sociales, todo un aparato que tiene a su servicio un particular tren logístico y de recursos, que les permite organizar grandes movilizaciones y cumplir con una apretada agenda internacional, sin reparar en gastos.

En lo que refiere a las Fuerzas Militares su exclusión de una posible negociación (en la cual deben participar activos y retirados), afectaría profundamente la institución castrense, no solo por ser relegados de un escenario que les es propio al ser una de las partes en conflicto, sino por las constantes contradicciones a que son sometidos.
Sería impensable sentar a los militares al final del proceso para participar, como invitados de piedra, limitándose a recibir instrucciones sobre el futuro papel que, de paso sea dicho, podría estar definido por las exigencias hechas por los rebeldes y sus aliados políticos.

Es claro que las Fuerzas Militares están sujetas al poder político, y que siempre han sido y serán respetuosas de las decisiones de Estado, pero no puede proscribirse a un sector que por años ha cumplido no solo con su misión constitucional, sino además ha puesto miles de muertos, heridos y no pocos condenados por cuenta de reconocidos entuertos jurídicos.

El mensaje a las Fuerzas Militares debe ser claro, sin retórica, pues en medio de tantos rumores se ha ido configurando un imaginario que podría seguir afectando la moral de combate, aun con ese esfuerzo permanente que hacen los militares en todo el país, enfrentando un terrorismo que cada vez acude a formas más irracionales.
 
Hoy día los militares, pese a creer en la legitimidad de la lucha que adelantan, son “bombardeados” permanentemente en las redes sociales, recibiendo mensajes que contienen toda suerte de especulaciones, acerca del escenario que les aguarda tras una negociación. Por tanto una tarea inaplazable del gobierno nacional sería la de dar fin a ese clima enrarecido, destapando sus cartas y explicando su posición a las tropas, evitando se genere malestar y un teléfono roto de imprevisibles consecuencias.

Todo colombiano sabe que la paz es indispensable, que sin ella no es posible alcanzar los desafíos que el progreso y la evolución social exigen, incluso sería absurdo que alguien, con sentido común, quisiera persistir en esta absurda guerra de desgaste. Pero también hay claridad que para alcanzarla no puede ser sometido el Estado, ni sus instituciones y mucho menos la sociedad a cualquier tipo de abuso.
 
El momento político no puede ser más oportuno, Santos sabe que una expectativa de paz en momentos de baja popularidad le favorece, incluso en la posibilidad de alcanzar un segundo mandato. La agenda oculta, diseñada por Jaramillo, permitió avanzar lo suficiente. Existen unos consensos previos, pero además una serie de propuestas de académicos y expertos que hablan incluso, sobre cómo financiar a las Farc. Quizá vengan además, como muestra de “buena voluntad” algunas desmovilizaciones, pues mal haría la insurgencia en no aprovechar el espacio jurídico que ellos mismos ayudaron a construir.
 
Vale la pena advertir que de darse la consolidación del proyecto de izquierda revolucionaria, por causa de un proceso de paz manejado con largueza, los eufemismos farianos se validarían en esa estratagema discursiva en la que son expertos dejando “fuera de foco”, por una conveniencia acordada en la agenda, temas de fondo como la verdad, la justicia y la reparación, aun si el marco legal para la paz fue diseñado a la medida de sus deseos.
 
Aunque el panorama es incierto, hasta tanto no se concrete el anuncio y se establezca una agenda oficial, queda claro que de no ser incluidos, escuchados y atendidas sus voces, como es su derecho, serán las víctimas de las Farc y los miembros de las Fuerzas Militares quienes pagarán con creces: el precio de la paz.
 
* Miembro Academia Colombiana de Historia Militar.

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