Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2001/03/12 00:00

El Presidente y el guerrillero

Nunca había sido tan evidente la astucia natural de Manuel Marulanda, este campesino malicioso y desconfiado que es el jefe-jefe de las Farc

El Presidente y el guerrillero

Me gustó el presidente Pastrana en el Caguán despojado, en su ánimo desesperado de revivir el proceso de paz, de dos de sus principales defectos: su arrogancia y su falta de humildad.

Al encuentro de las Farc fue un Andrés Pastrana al que en lugar de sus conocidos defectos se le notaban dos de sus principales cualidades: una audacia rayana en la temeridad y una testarudez blindada contra fracasos, que permitieron el descongelamiento del proceso de paz en el menos costoso de los escenarios.

¡Y contra quién tuvo que enfrentarse!

Frente a los que pensábamos que Manuel Marulanda cumplía un papel apenas simbólico entre las Farc — la leyenda del movimiento de reivindicación social, una especie de sofá que trasteaban o no de acuerdo con las circunstancias— nos sorprendió descubrir esta semana la verdad: lejos de ser el sofá, es el hombre que manda.

Este campesino llamado Pedro Antonio Marín, alias Manuel Marulanda, alias ‘Tirofijo’, que originalmente fue un guerrillero liberal simpatizante de Alberto Lleras Camargo, evolucionó en el curso de 40 años hasta convertirse en el hombre que manda sobre las Farc, un aparato para la guerra, el secuestro y la muerte de proporciones inverosímiles.

Nunca antes, como ahora, Marulanda había sido tan autónomo. Hasta hace tan sólo pocos años tenía por encima a Jacobo Arenas, un comisario que le había enviado el Partido Comunista cuando éste se apoderó de la estructura del grupo guerrillero, convirtiéndolo en una mezcla de movimiento campesino con tentaciones ideológicas. A partir de ese momento el liderazgo natural de Marulanda siempre tuvo por encima la pesada tutela del Partido Comunista.

Pero muertos Jacobo Arenas y el comunismo, ‘Tirofijo’ se volvió el jefe: por cuenta de no ser un hombre muy accesible a los medios de comunicación y de estar rodeado por un puñado de ‘ideólogos’ que conforman el estado mayor de las Farc, no había sido tan evidente, como en esta oportunidad ante las cámaras de televisión, la astucia natural de este campesino malicioso y desconfiado que es el jefe-jefe de los 30.000 hombres de las Farc que viven del cultivo de 130.000 hectáreas de cocaína. Ni el hecho de ser un auténtico campesino —por el cual unos simplísticamente lo daban por ignorante y otros por ingenuo— ni el hecho de ya llevar varios años a las espaldas, han evitado que Manuel Marulanda sea lo que es: el que manda.

Ha sido bajo su liderazgo que las Farc nos han venido ganando a los colombianos no sólo territorio geográfico, sino terreno político.

Cuando el candidato Andrés Pastrana se entrevistó con Marulanda las expectativas de los colombianos explotaron: la paz ya era un hecho.

De ahí pasamos a que, una vez posesionado Andrés Pastrana, la paz todavía se demoraba un poquito, porque había que despejarle un territorio a las Farc para poder negociar. Y de sólo un municipio que dos años antes pedían las Farc para este despeje pasamos a despejarles cinco. Todo por la paz.

Y de ahí pasamos a lo que en su momento tan gráficamente describió el fiscal Alfonso Gómez: del despeje militar de la zona al despeje judicial y del despeje judicial al despeje religioso.

Inicialmente sólo se suspenderían en la zona las órdenes de captura contra los negociadores de las Farc. Pero pasamos, de hecho, a suspendérselas a todos los guerrilleros presentes en la zona.

Inicialmente el despeje sólo serviría para dialogar. De ahí pasamos a tolerar que sirviera para delinquir, para esconder secuestrados y para secuestrar aviones, no sólo hacia ella sino desde ella.

Inicialmente el intercambio de guerrilleros presos con problemas de salud se haría a cambio de todos los secuestrados, civiles, militares y policías. De ahí pasamos a que el intercambio sólo incluiría soldados y policías. Y de ahí a que sólo incluiría a algunos soldados y policías.

Y estábamos a punto de pasar a este intercambio por cuenta única del descongelamiento de los diálogos, como una especie de entrega adicional para quedar peor que lo peor que estábamos hace tres meses, cuando en la tarde del viernes se conoció el documento de las conclusiones del encuentro Pastrana -‘Tirofijo’ y, ¡oh sorpresa!: no resultó ser Waterloo. En él, si bien el Presidente no recuperó el país, tampoco lo entregó. El acuerdo sufre de subcomisionitis, de gaseositis y de indefinitis, pero no de entreguitis.

Eso, por cuenta de que si bien Marulanda se portó como un guerrillero-guerrillero, Pastrana se portó como un Presidente-Presidente. n

Entretanto... ¿Y el ELN... qué?

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