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Opinión

  • | 1982/07/05 00:00

    EL PRINCIPE Y LA CORTE

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El mejor elogio que puede hacerse de un hombre no consiste en llamarlo brillante, ni talentoso ni ingenioso, ni simpático, ni apuesto.
La apostura se pierde, los simpáticos terminan por convertirse en hostigantes chistosos de coctel el ingenio se oxida con el paso de los áños, el talento se marchita como una flor, el brillo intelectual puede adquirirse con un poco de disciplina.
Todas esas virtudes están expuestas a los vaivenes de la vida. Por eso es más fácil ser desgraciado que ser feliz. El hombre desdichado es conciente de su dolor, tiene una dimensión exacta de su propio infortunio y sabe poner los pies sobre la tierra. Mide bien el universo en que se mueve. La felicidad, en cambio es irreal, etérea, es vaporosa. Casi qué no es humana. Notiene carne ni hueso.
Estoy empezando a divagar de nuevo. Lo que quiero decir es que los hombres brillantes, talentosos, ingeniosos, simpáticos o apuestos son más o menos abundantes. Pero los hombres buenos escasean. El mejor elogio que puede hacerse de un ser humano es decir de él que se trata de una buena persona. Los viejos patriarcas bíblicos, y los autores de novelas románticas, sabían dibujar maravillosamente los perfiles de un hombre bueno, de manera que sus personajes pudieran perdurar a través del tiempo. Nadie recuerda que Don Quijote estaba loco. Todos recordamos, por el contrario, que era un buen tipo.
En la campaña electoral que acaba de terminar con el triunfo de Belisario Betancur, era fácil descubrir en todo el país un par de sensaciones inequívocas entre los colombianos: la gente terminó pensando que el profesor Gerardo Molina es un hombre bueno, sensato, que despertó una oleada de afecto y respeto como probablemente ni él mismo se lo había imaginado. Que ese sentimiento no se haya traducido en votos, es un hecho que no tiene nada que ver con el cariño y la estimación que Molina logró ganarse entre sus compatriotas.
El segundo fenómeno, en este juego entre las virtudes intelectuales y los atributos morales, consiste en que hasta sus adversarios más enconados acabaron reconociendo que Belisario es un buen hombre. Dicho de una manera más justa: es un hombre bueno. Advierto, de una vez por todas, y para quien quiera saberlo, que yo no voté por Betancur por varias razones, entre ellas la más importante: porque estoy en una orilla ideológica que es la más lejana de la suya. Nos ocurre más o menos como las dos orillas en las partes má$ anchas del río Amazonas: son tan lejanas que no se ve de la una a la otra.
Pero se necesita ser un fanático, un extremista o un miope de mala fe para pensar --como algunos lo han insinuado--que Betancur es un hombre peligroso. Nada amerita más a un hombre que sus antecedentes. Son ellos, precisamente, los que permiten tener confianza en su sentido de la tolerancia, en sus buenas maneras, en su desprecio por la violencia, incluso en su formación intelectual, en la cual hay algunos vestigios de humanista que a veces escribe poemas a los hijos muertos de sus amigos o pronuncia una conferencia sobre pintura.
Aplicando el mismo recurso dialéctico, lo que preocupa del gobierno Betancur, que deberá iniciarse el 7 de agosto, no son los buenos antecedentes del presidente, sino los malos antecédentes de algunos "cancamanes" políticos que hacen sombra a su lado. Nadie ignora que hay, entre ellos, algunos que debieron haber pasado unos años en la cárcel. Por ahí quedan, para cargárselos a la contabilidad de estos hombres algunos huérfanos y viudas. La tierra dé este país fue regada con lágrimas y con sangre que ellos provocaron. Lo peor del asunto, desgraciadamente, es que desde aquella época no ha ocurrido nada que nos permita creer que cambiaron. Como tampoco hay nada que sirva para que alguien se atreva a decir --a la inversa-- que Betancur dejó de ser un hombre bueno para transformarse en una bestia.
Es ahí donde radica el problema. Como decía Hamlet a Ofelia: "No hay que temer al príncipe, sino a la corte". De su habilidad para controlar a los violentos de su ingenio para frenar a los desbórdados, de su energía para evitar a los desenfrenados, depende el éxito del gobierno de Belisario. Quienes lo conocemos bien, aunque seamos sus adversarios ideológicos, sabemos que el nuevo presidente de la República es un hombre civilizado. Sabemos que es incapaz de levantar un dedo contra quienes no compartimos sus teorías ideológicas o políticas.
¿Puede pensarse lo mismo de algunos de sus seguidores y copartidarios, a los que no es menester señalar con nombre propio, porque el país los conoce y los identifica? Lo terrible es la respuesta a esta pregunta.
No es justo ni es aconsejable abrirle una batalla campal a un gobierno que todavía no se ha repuesto de su propio triunfo, y que apenas está alistándose para asumir el mando. No es justo porque, como ya quedó dicho, la biografía del presidente Betancur demuestra que se puede confiar en él democráticamente, por lo menos mientras el gobierno nuevo empieza a marchar y a enseñarnos su estilo. Y no es aconsejable porque, tal como están las cosas en este país, lo menos que puede ocurrírsele a cualquier persona ecuánime es ponerse, a estas horas de la vida, a jugar con candela.
Betancur merece que se le conceda el margen necesario para ver qué es lo que va a hacer. Hacer lo contrario --ponerle las banderillas al toro antes de que empiece la corrida--es una aventura demasiado loca...
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