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Opinión

  • | 2015/05/11 09:05

    “El problema de las FARC es con la gente”

    El problema con esta guerrilla es que sólo escuchan su propia voz. Da la impresión de que para ella el mundo se hubiera detenido el 1 de enero de 1959 cuando Fidel Castro entró triunfante a La Habana.

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Así lo afirmó el jefe negociador del gobierno en La Habana, Humberto de la Calle, y replicaron de inmediato los medios de comunicación y miles de usuarios de las redes sociales. Lo es porque, en la eventualidad de que se firme un acuerdo entre el grupo insurgente y el gobierno del presidente Santos, que le ponga fin a casi 60 años de desangre, la participación política va a ser para las FARC una espada de doble filo. Y no me refiero sólo a la seguridad personal de los miembros del grupo guerrillero que intentarán ganar un espacio en los cargos de elección popular del país, sino también al hecho de que tendrán que “echar carreta” en los mismos espacios donde antes echaban plomo. Tendrán que convencer con argumentos a aquellos miembros de la sociedad a los que les robaron sus niños para incorporar a sus filas, a los que “vacunaron”, a los que expropiaron sus tierras, a los que asesinaron por no pagar el “impuesto de guerra” y a los que igualmente asesinaron después de haber pagado el dinero del secuestro.

Si llegan a un acuerdo con el Gobierno, las FARC no las tendrán fácil en lo político. Si es cierto que los miembros de esta guerrilla tienen los oídos acostumbrados al ruido de las bombas y al trueno de los fusiles, otra cosa distinta será el grito de aquellos que fueron sus víctimas. Si hay algo que no existe es el olvido, nos recordaba en uno de sus versos el vate argentino Jorge Luis Borges. Y doña Carson McCullers aseguró en una oportunidad que el olvido es el lugar donde viven los recuerdos. El caso de Édgar Ignacio Fierro, alias 'Don Antonio', excomandante del frente José Pablo Díaz de las Autodefensas, que tuvo su radio de acción en los departamentos de Atlántico y Magdalena, nos deja ver que el olvido es solo un engaño de la memoria. Hace siete meses, en un evento que se llevó a cabo en el estadio de baloncesto Elías Chewing de la ciudad de Barranquilla, este excomandante  paramilitar, que según datos de la Fiscalía asesinó a un poco más de 1500 personas, tuvo la nada fácil misión de ofrecerles disculpas a los familiares de sus víctimas. Y si es cierto que el evento de redención transcurrió en relativa calma, al final 150 personas –hermanos, primos, madres y padres de las víctimas del exparamilitar- intentaron lincharlo.

El problema de las FARC, amén de lo expuesto por Humberto de la Calle, no es sólo con la sociedad civil, aquella que afirman defender pero a la cual le han causado tanto dolor como el infligido por las turbas de paramilitares dirigidas por los Castaño y los Mancuso. El problema con las FARC es que sólo escuchan su propia voz. Da la impresión de que para ellas el mundo se hubiera detenido el 1 de enero de 1959 cuando Fidel Castro entró triunfante a La Habana. Ese tiempo estancado y rancio que describe García Márquez en El otoño del patriarca, cuya humedad parece abandonar el relato cuando el lector se hunde en sus páginas, marca el derrotero ideológico de la guerrilla más vieja y mañosa de la historia reciente de la humanidad. No vamos a negar que nuestro país es un desastre, que las FARC son el resultado de ese desastre iniciado por un Estado negligente. Pero no se necesita ser un genio para saber que si me lanzo a una piscina, necesariamente, tengo que mojarme. Y las FARC están, desde hace un buen rato, sumergidas hasta el cuello en un pozo séptico, e insisten en hacerle creer al mundo que ellos nadan tranquilamente en una piscina olímpica de aguas alcanforadas.

Hace unos días le escribí un trino a Iván Márquez, uno de los delegados de las FARC en La Habana, donde le decía que un verdadero gesto de paz consistía en dejar a los niños por fuera del conflicto. La razón: un mensaje de correo enviado a mi cuenta  por una maestra del sur de Antioquia. La señora, cuyo nombre omitiré por su seguridad, aseguraba ser una ferviente lectora de mis artículos en SEMANA. Decía que le gustaban los temas que trataba y el equilibrio de mis argumentos. Luego me contó que el motivo por el que me escribía tenía que ver con un hecho doloroso: desde hacía un año y medio uno de los frentes de las FARC de influencia en esa zona del país estaba reclutando niños de la escuela en la vereda donde desempeñaba sus funciones de maestra. En el adjunto había varias fotografías de bebés que no alcanzaban aún los 10 años, vestidos de camuflados y sujetando unos fusiles más grandes que ellos. Ninguno sonreía. Sus rostros eran adustos, tan serios que daban lástima. Algunos tenían los ojos húmedos, como si hubieran llorado poco antes de posar para la cámara. En sus pechos se alcanzaban a ver los estuches de los cargadores de los fusiles que seguramente no podían sostener todavía en sus delgadas cinturas.

El problema de las FARC, replicando a De la calle, no va a ser sólo con esa ‘oligarquía’ colombiana a la que tanto odian. No va a ser sólo con ese Estado que han venido combatiendo desde hace casi 60 años. No va ser sólo con los políticos corruptos con los que van a tener que enfrentarse, necesariamente, en las urnas. Va a ser con ese grupo de personas al que le produjo tanto dolor que es probable que no estén dispuesto por un segundo a perdonarlos. ¿Qué respuesta le tendría Iván Márquez a esa maestra del sur de Antioquia que ha visto durante más de un año cómo los miembros de esa guerrilla que están a sus órdenes sacan a los niños de las aulas y se los llevan al monte? ¿Qué excusa les tendrá a las madres de esos niños el día en que las tropiece en una eventual campaña política? ¿Estarán dispuestas esas señoras a darles su voto?

Textualmente le escribí a Iván Márquez: “Un gesto de paz que les permita a las FARC ganar en lo político, sería sacar a todos esos niños que tienen en las filas”. Aún estoy a la espera de su respuesta, comandante Márquez. Un gesto como este podría ser el inicio de una reconciliación verdadera entre las FARC y los que han sufrido el conflicto en carne propia, un grano de arena que cimente el perdón duradero entre los colombianos. Negar los hechos es como echarle más gasolina al fuego. Y este país, le aseguró, no aguanta tanto.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario. 
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