Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1997/09/08 00:00

EL PROBLEMA GRANDE

EL PROBLEMA GRANDE

La guerrilla colombiana ha dejado de ser una incomodidad para la clase dirigente y se ha convertido ya en un factor serio de perturbación. Es posible que no todo el mundo lo vea así de claro, pero los sucesos de la última semana tienen que servir de ejemplo para que el asunto se aborde en su verdadera dimensión. La estrategia guerrillera se ha manejado en buena medida como uno de esos chismes que circulan entre gentes que se dicen enteradas, pero los acontecimientos le están dando validez al rumor: las Farc y el ELN se están jugando una carta definitiva para las próximas elecciones. Todo indica que los guerrilleros van a marcar su territorio en el próximo proceso electoral. Los mapas llenos de puntos rojos que suelen publicar los periódicos, y que siempre dejan la duda de si hacen parte de la imaginación de la fuente o de los periodistas, van a ser confrontados a Través del sabotaje electoral en que están empeñados los insurgentes. Pero no cualquier sabotaje. Si la guerrilla decidiera que en los territorios donde ejerce influencia no permitirá el acceso de los votantes a las urnas, el asunto puede ser traumático pero no tiene implicaciones institucionales distintas a la de anular las elecciones en los pequeños municipios donde hubo la turbación del orden publico. Pero si lo que ocurre es que mediante la coerción y la presencia militar logran aislar sus zonas y manejar las elecciones en cuanto a que no participan sino los candidatos de sus afectos y no alteran el funcionamiento operativo del sistema electoral, habrá un problema del demonio. Eso significaría que hay una elección imperfecta en su contenido pero válida en su forma. Pero no hay que esperar al día de las elecciones para calibrar la dimensión del problema. La semana pasada vimos el prólogo de esa campaña, con el secuestro de varios alcaldes, como ocurrió en Nariño.A la hora de escribir esto había cinco alcaldes en poder de la guerrilla, dos más estaban despachando desde lugares distintos de la cabecera municipal y el gobernador no respondía por la suerte de 17 localidades más, donde reclamó por la ausencia total de agentes de Policía. ¿Qué le estará diciendo la guerrilla a esos alcaldes? No es difícil imaginarlo. La consecuencia es que las autoridades regionales están empezando a buscar acuerdos con la guerrilla, por miedo o por convicción, para garantizar la paz a cualquier precio. Estos diálogos regionales no tendrían problema, en sí mismos, si la tónica fuera la de descubrir las manifestaciones particulares de perturbación (que son distintas en cada sitio) para buscarles una salida específica por la vía del diálogo. Pero si esos diálogos se presentan porque las autoridades de los departamentos no encuentran una forma distinta de garantizar la paz electoral, su capacidad de maniobra en estos procesos será casi nula. Además se perdería _como parece estar sucediendo_ el control del gobierno central sobre el manejo estratégico de esas negociaciones de paz. Es decir, no estaríamos ante un gobierno que acepta las modalidades particulares del conflicto en cada región, y permite las conversaciones en el marco de una política global de paz, sino ante el desmembramiento de la política central, mientras la contraparte, la guerrilla, maneja el asunto en las regiones pero con una directriz centralizada.Los dirigentes nacionales, a todos los niveles, deberían pensar un poco más en eso que en la solución de los problemas mecánicos de las candidaturas a las distintas posiciones que van a estar en pelea, y sentarse un minuto a mirar el problema grande, que a mi juicio está demasiado grande.

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