Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2003/02/23 00:00

El protectorado

La condición de protectorado no resuelve los problemas del Estado protegido, como por lo visto cree Uribe, sino los del protector

El protectorado

El término de "protectorado", en derecho internacional, se usa para describir la relación entre dos Estados, uno de los cuales ejerce control sobre el otro. En teoría -y mucho han discutido los tratadistas al respecto- el Estado protegido no pierde su soberanía, sino simplemente su autonomía en política exterior. Pero la práctica es otra cosa. Aunque en las últimas décadas -desde el final de la Segunda

Guerra Mundial- el término ha caído en desuso, el hecho que designa ha recuperado toda su actualidad en los años recientes. Protectorado, por ejemplo (de la ONU) es hoy Kosovo. La fórmula que el gobierno de George W. Bush tiene pensada para gobernar el Irak de la posguerra, instalando en Bagdag un general norteamericano con poderes virreinales, es la del protectorado. Afganistán, en la práctica, ya es uno. Así gobernaban los antiguos romanos a Macedonia o Numidia, y los británicos a Egipto o al Sudán. Para allá vamos en Colombia.

La cosa empezó hace ya tiempo: desde que los gobiernos de Colombia le entregaron al de los Estados Unidos el manejo de su política antidrogas, lo cual los llevó a ir cediendo paulatinamente más y más terreno. Incluso terreno físico: las bases de radares, la vigilancia y el control del mar y de los cielos. De las drogas se pasó a la política económica en su conjunto, que hoy se ordena de acuerdo con las instrucciones precisas del Fondo Monetario Internacional, el cual -bajo la orientación de los Estados Unidos- la revisa cada tres meses. Nuestra propia guerra interna es ya cosa ajena, por causa del Plan Colombia aceptado sin rechistar por Andrés Pastrana y reforzado luego en estos meses de gobierno (?) de Alvaro Uribe. En estos días informaba el periódico que los mismísimos guardaespaldas del presidente "serán reentrenados en los Estados Unidos" (como lo han sido ya, por ejemplo, sus ministros). Ya hay muchos cientos de soldados norteamericanos desplegados en nuestro territorio (las autoridades locales reconocen la cifra de 510, sin contar los mercenarios de las empresas norteamericanas subcontratantes de la guerra), y no sólo no han sido consultados para autorizar esta invasión ni el Congreso ni el Consejo de Estado, sino que ni siquiera se ha armado el revuelo que suscitó, por ejemplo, la llegada de un pelotón de marines al pueblo de Juanchaco en tiempos de César Gaviria, dizque para construir una escuelita. Tres de ellos cayeron esta semana en manos de las Farc, en el Caguán, despertando una pesadilla semejante a la de los rehenes norteamericanos del Líbano que amargó la presidencia de Ronald Reagan o la de los de Teherán que acabó con la de Jimmy Carter.

Pero el presidente Uribe va más lejos. Ha propuesto públicamente que las tropas norteamericanas que se preparan a atacar a Irak en el Golfo -cientos de miles de soldados, cientos de aviones, docenas de buques de guerra- vengan más bien a Colombia a combatir contra la guerrilla. ¿Hay más? Sí, la justicia. No sólo la Corte Penal Internacional, que despierta en los ingenuos la esperanza de que un poder externo juzgue y condene a los delincuentes que el brazo de la justicia colombiana es incapaz de capturar, sino la extradición a los Estados Unidos, que en los últimos meses se ha vuelto rutinaria. Este gobierno de Alvaro Uribe, tan envuelto en la bandera de la patria, considera a los colombianos incapaces de gobernarse a sí mismos. De manejar su propia guerra, su propia economía, su propia justicia. Para lo que está pasando, más hubiera valido elegir directamente y sin intermediarios "de todo el maíz" a la señora Anne Patterson.

Todo eso revela, o subraya, nuestro viejo complejo de inferioridad de pueblo colonizado. Lo de afuera es siempre mejor: es importado. (Por el complementario complejo de superioridad del colonizador, el propio Karl Marx escribió que de la guerra de Independencia de las colonias españolas lo único notable había sido la participación de la Legión Británica). Por ese complejo nuestros niños se llaman Franklin o Jefferson o Ladydí. Y por ese complejo nuestro locuaz ministro Fernando Londoño no dudó en declarar que la bomba del Club El Nogal (curiosa excepción vernácula entre los Jockeys y los Countrys y los Guns) era "demasiado sofisticada" para haber sido pensada en las selvas de Colombia y eso probaba su procedencia de importación: del IRA irlandés, o de la ETA vasca.

Lo que pasa, y pido perdón por decirlo (pues temo las sanciones que prevé el nuevo Código Antiterrorista contra los periodistas que minen la moral pública), lo que pasa es que la condición de protectorado no resuelve los problemas del Estado protegido, como por lo visto cree el presidente Uribe. Sino que los agrava. Porque no está pensada para proteger los intereses del protegido, sino los del protector, como lo supieron en su tiempo los pobres reyezuelos númidas o macedonios o los jerifes del Egipto británico. Del protegido sólo se espera que se incline y dé las gracias.

Y que se calle. Pues la condición de protectorado, de acuerdo con el Derecho Internacional, excluye la representación del país protegido ante las Naciones Unidas.

(Y supongo que también ante la OEA. El pobre doctor Horacio Serpa se va a quedar en fin de cuentas sin siquiera su plato de lentejas).

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