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Opinión

  • | 2004/01/26 00:00

    El puño, el corazón, el dedo

    Si a usted un malhechor le viola a su hija de 13 años, no le deben pedir a usted mismo que dicte la pena. Para eso existen los jueces

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Los seres humanos necesitamos las metáforas. Sin usarlas nos queda casi imposible expresar lo que pensamos. Por ejemplo, ''mano firme'' (versión levemente edulcorada de ''puño de hierro''), ''corazón grande'' y nombramientos ''a dedo'' son expresiones que usan partes del cuerpo para describir algunas actuaciones de los gobernantes. No es que esas actuaciones se lleven a cabo lite-

ralmente con trozos de la víscera o partes de la mano, pero todo el mundo las entiende. En Colombia, la mano firme y el corazón grande están muy presentes porque eran una de las consignas de Uribe cuando fue candidato a la presidencia. Más aún, sus críticos sostienen que la mano dura de Uribe contra la guerrilla es evidente, y que el corazón grande lo tiene reservado para la extrema derecha.

A mí me parece natural (humano, demasiado humano) que el presidente Uribe tenga sobre todo mano dura para la guerrilla de las Farc, y muy poco interés en asuntos de corazón como el intercambio humanitario. Es natural porque fueron miembros de esta guerrilla los que intentaron secuestrar y asesinaron a su padre. Ante cosas así, no sólo la mano, también el corazón se vuelve de piedra. Les pongo un caso contrario para que se entienda: si en las audiencias públicas que ahora están haciendo en el Senado para debatir la alternatividad penal, que en un principio favorecería a las autodefensas, a mí me preguntaran lo que pienso, yo (que soy hijo de alguien asesinado por los paramilitares) también hablaría con el corazón duro y el puño de hierro: la cadena perpetua me parece poca cosa para los autores de las masacres y los desplazamientos.

Pero precisamente para eso existen los jueces, que no son otra cosa que los filtros establecidos por la justicia en una sociedad civilizada, para que uno no decida lo que es justo según su corazón. Si a usted un malhechor le viola y le asesina a su hija de 13 años, no le deben pedir que dicte usted mismo la pena, porque probablemente dirá que lo piquen con un cortauñas, bien despacio. Son los jueces los que deben determinar el castigo, considerando (o no) que para las víctimas de los paramilitares sería un insulto que a sus cabecillas se les concedan derechos políticos (que sean senadores y alcaldes, en otras palabras). Si existen leyes hasta para decretar la muerte política de los corruptos, uno no entiende que de repente se decida la vida política de gente que ha matado y traficado con drogas.

Trato de no ser sectario. El mismo sentimiento lo tendrían los hijos o los padres de víctimas de secuestros y asesinatos por parte de la guerrilla. Si a ellos les preguntaran si se les deben conceder privilegios políticos a los secuestradores y asesinos de sus familiares, creo que todos podemos intuir la respuesta: el dedo del corazón enhiesto entre el anular y el índice doblados. Pero para eso, repito, están los filtros de la justicia, e incluso el buen sentido de los legisladores. Las víctimas directas tenemos impedimentos (por motivos de corazón) para opinar de manera objetiva sobre estas materias. Eso lo deciden otros, los que se supone que son representantes ecuánimes de un Estado civil, y uno tendrá que tragarse sapos de mayor o menor tamaño según lo que ellos resuelvan. Claro que el perdón y el olvido completos serían un sapo que no cabría por la boca de ninguna víctima. Una voz experta y equilibrada como la de Natalia Springer propone alternativas distintas.

Siempre he soñado con una justicia fría, distante, imparcial, en cierto sentido sin corazón (y sin puño). Lo ideal sería una especie de gran cerebro informático, o justicia computarizada. Que los veredictos los dicten las máquinas. Por una rendija entran los datos de un delito: tipo de crimen, pruebas, posibles atenuantes. Y por la otra sale una fría tabla de penas. Secuestro: tantos años. Homicidio agravado: tal cosa. Lesiones culposas: tantos meses. Algo así. Porque los jueces de carne y hueso tienen irremediablemente corazón. Y se les ablanda o se les endurece según los casos.

Esto tiene que ver con mi última de las metáforas: el dedo. Las dos administraciones anteriores de Bogotá habían establecido un método frío para asignar los cupos en los colegios públicos de la capital. La cosa estaba sistematizada de modo que no se prestara para decisiones amañadas que favorecieran a las propias clientelas o a quienes tuvieran alguna palanca. Los niños entraban en una lista de turnos, y el sistema les asignaba el cupo y la escuela, según criterios del programa.

El nuevo secretario de Educación del Distrito, Abel Rodríguez, ha declarado que ''ese 'software' no tiene corazón''. No tener corazón, por doloroso que sea, es mejor en estos casos. Es preferible un sistema frío, que no hace discriminaciones de ningún tipo (a favor de blancos, negros, cristianos, hijos de militantes, etc.), a la asignación de los puestos a dedo. A veces la izquierda, por un exceso de corazón, empieza a usar el dedo. Y restaura sistemas que al final resultan mucho más injustos que los métodos fríos y descorazonados.
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