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Opinión

  • | 1991/10/21 00:00

    EL QUE DEBE MORIR

    Ante la historia la obra de Fidel serán sus 30 años de enfrentamiento empecinado con el imperio.

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FIDEL CASTRO NO ES EL ULTIMO DICTAdor comunista, como dicen por ahí. Es el último adversario histórico de los Estados Unidos. Comprada con ayuda humanitaria la desaparecida Unión Soviética, domesticados todos los europeos desde la desaparición del general De Gaulle, amedrentados los nacionalistas árabes por los horrores de la guerra del golfo, acurrucados en su rincón los japoneses desde las bombas atómicas de la Guerra Mundial, neutralizados los chinos en su capitalismo autoritario, y aplastados por la guerra sucia los nicaraguenses tras su fallida tentativa de recuperar la dignidad nacional, no queda en todo el universo sino una sola figura enfrentada con la hegemonía imperial norteamericana. Es Fidel, y ese es su crimen.

Un déspota, sin duda. Aunque tampoco hay que exagerar. No es el rumano Ceausescu, que dejó tras su paso un país demolido lleno de niños con sida. Ni es el camboyano Pol Pot, que hizo ejecutar a un millón de personas. O -si vamos a buscar ejemplos en el otro extremo del espectro ideológico- no es el chileno Pinochet, cuyas víctimas siguen aflorando en fosas comunes entre sus chistes macabros de general con mando en plaza, ni es un general argentino con 20 mil desaparecidos. La represión de la dictadura de Fidel no es ni siquiera comparable con la sufrida por países técnicamente democráticos en el mismo período: la de Colombia, para no ir más lejos, con sus torturados y ejecutados sin fórmula de juicios Fidel Castro ha sido un déspota ilustrado, si esa expresión conserva algún sentido. Gobierna un país sin libertades, sometido a una mezquina tiranía burocrática, y empobrecido por un sistema económico cuya ineficiencia estructural se ha visto agravada por el bloqueo continental. Pero su población es infinitamente más sana, y está mejor alimentada y educada que la de cualquiera de los países vecinos. Los fracasos de la revolución cubana en estos 30 años no hay que compararlos con el progreso de España, del Canadá o de Suecia: sino con el atraso del Caribe. Con los triunfos logrados por el capitalismo en las democracias o dictaduras de los demás países de América Latina. A Cuba hay que juzgarla frente al desventurado Haití, o a la saqueada República Dominicana, o a la ensangrentada Guatemala, o a la Argentina destruida. Y que no se traiga a cuento la famosa
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