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Opinión

  • | 2003/12/11 00:00

    El quejido preventivo

    Con cierta jactancia digo que he tenido razón todas las veces. Con los alcaldes, con los generales, con los presidentes

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Parece ser que cuando uno se queja, cuando dice ¡ay!, o ¡ayayayay!, o simplemente suelta una palabrota o un ruido inarticulado de dolor porque se ha machucado un dedo con un martillo o porque se le acaba de morir la mamá, el dolor disminuye bastante. Porque se liberan unas endorfinas, o entran en acción unas enzimas, o no sé bien por qué. Pero el caso es que -o al menos eso dicen- buena parte del peso del dolor se diluye y se agota en el quejido, y eso lo hace más fácilmente tolerable. Un amigo mío, respetado jurisconsulto y prudente hipocondríaco, cuya mujer por añadidura practica ciertas danzas esotéricas de comunicación directa con el sol para esquivar las adversidades, ha desarrollado esto más a fondo. No se limita a quejarse cuando un dolor lo atormenta, sino que se queja de manera precautelativa. Su consejo, como jurisconsulto, como hipocondríaco y como amigo, es el de que uno debe llorar antes de que la desgracia ocurra, antes de la muerte de la madre o el machucón del martillo; debe interponer la acción de tutela antes de que se cometa el abuso; debe tomarse las aspirinas antes del guayabo; debe ponerse el vendaje antes de que se produzca la herida. Para que así, cuando esas cosas lleguen, resulten menos desagradables. Ya las endorfinas salutíferas han tenido tiempo de esparcirse por todo el torrente sanguíneo, ya el cuerpo y el espíritu han generado unas enzimas frescas, ya está uno, en fin, preparado para lo que sea. Y el sufrimiento es menor. Es lo que él llama "quejido preventivo". He estado reflexionando al respecto a propósito del gobierno del doctor Alvaro Uribe, cuyos rigores apenas estamos empezando a padecer: los impuestos de guerra y paz, la inclemente reforma laboral, la red de delatores premiados, la paisificación, y ese anquilosamiento doloroso de las rótulas que acaba produciendo un arrodillamiento demasiado prolongado ante el capricho de los funcionarios norteamericanos. (¿Demasiado prolongado? Llevamos arrodillados cincuenta años, si no más. A ese respecto el quejido no es ya preventivo, sino, al revés, tardío. ¿Seremos capaces algún día de volvernos a erguir sobre esas articulaciones necrosadas por la humillación voluntaria, y también ella 'preventiva'? No lo sé). He estado reflexionando, digo, y creo que lo mejor que podemos hacer todos los colombianos es irnos quejando de una vez. Porque de lo contrario no nos van a permitir que lo hagamos más tarde. Cuando el multiministro Londoño, pongamos por caso, se haya convertido en un Goebbels de tiempo completo. Cuando el no-ministro Hommes, digamos, se haya expandido hasta las dimensiones gargantuescas de un Göering. Cuando estemos siendo masticados por las fauces de los ogros, mientras el presidente Uribe nos castiga las ancas con su zurriago de arriero. Sí. Quejémonos ya, antes de que sea tarde. Tal vez con ello no consigamos evitar el dolor, pero habremos tenido al menos el placer del quejido. A los otros, en cambio, a los que ahora aplauden, sólo les quedará el ardor de las palmas de las manos. Aun antes del consejo de mi amigo yo me quejaba de todo, porque lo veía venir. Me quejé de Pastrana antes de que lo eligieran: y al cabo de sus cuatro años los que lo eligieron estaban de acuerdo con mis quejidos. Me quejé de Samper desde antes de su espaldarazo. Y de Gaviria desde el entierro de Galán, aun antes de que nos diera su 'bienvenida al futuro' (este presente en que vivimos). Y de Barco desde que era un ministro inepto de Lleras, siendo yo casi un niño. Y de Belisario, cuya cursilería lírica no auguraba nada bueno. Y de Turbay: no digamos. Y de López hay que ver lo que me quejé, precautelativamente. Porque, repito, no me quejé sólo a posteriori, como todo el mundo: sino cuando empezaban o no habían empezado todavía, pero ya se los veía venir. Hablo de los presidentes, porque son ellos los que en este país definen las etapas crecientemente trágicas y sórdidas de la realidad. Pero también me he quejado (sin más resultado práctico que el de la liberación de mis propias endorfinas) de los ministros, de los jefes del DAS, de los directores de Aerocivil. Cuando nombraron a Samper embajador en España dije ¡ay! Cuando Valencia Cossio fue elegido presidente del Senado dije ¡uy! Cuando el general Rito Alejo del Río fue elevado a la condición de jefe civil y militar de la región de Urabá dije ¡ay, uy, ayayay! Cuando Santos llegó al Ministerio de Hacienda dejé escapar un ruido como agónico. Cuando se fusionaron Avianca y Aces me quejé, no como un enfermo, sino como un pasajero. Cuando Mockus? No recuerdo haberme quejado cuando Mockus llegó a la rectoría de la Universidad Nacional, porque no lo conocía. Pero sí cuando lo eligieron alcalde por haber mostrado el culo -¡ay!-, y cuando lanzó su candidatura presidencial casándose en un circo -¡uy!-, y cuando volvió a ser alcalde tras hacerse bautizar por otro payaso en La Rebeca -¡aaaaghh!-. Y, con cierta jactancia de superviviente, me permito decir aquí que he tenido razón todas las veces. Con los alcaldes, con los generales, con los presidentes. Y añado: creo que a estos múltiples y constantes quejidos preventivos les debo, si no la salud de la patria, sí la mía propia. No les digo a mis lectores que se quejen ahora. Había que quejarse antes. Aquí la gente sólo se queja cuando el dolor se ha vuelto ya insoportable, y entonces sale a echar tiros. Y eso, en vez de aliviarlo, agrava el dolor.
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