Domingo, 26 de octubre de 2014

| 2012/12/22 00:00

El raído telón de fondo de los diálogos

En La Habana se debate entre un supuesto “espíritu revolucionario” y una galopante degradación social. El socialismo está sucumbiendo en Cuba.

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Viajé en días pasados a La Habana, Cuba, con el fin de realizar una entrevista periodística a los voceros de las Farc-Ep en la mesa de diálogo instalada allí desde hace un mes. Aproveché la oportunidad para conocer la famosa isla de Fidel, el ‘Che’ Guevara, Silvio Rodríguez y de Buenavista Social Club. Lo que vi está muy lejos del socialismo y muy cerca del capitalismo salvaje.

Llegué a la capital cubana una fresca tarde de viernes y tras instalarme en la casa donde iba a permanecer por varios días, decidí salir a recorrer sus calles y tratar de descifrar ese telón de fondo de los diálogos del Gobierno nacional con la guerrilla. ¿Será que este país, el actual, le puede aportar elementos sustanciales a esas conversaciones que buscan ponerle fin a 48 años de guerra? Me pregunté inicialmente.

No llevaba diez minutos transitando por una de las grandes avenidas de la ciudad cuando comencé a ver ancianos con el periódico Granma en sus manos que se lo ofrecían a los turistas, en sus versiones en español e inglés. Había que pagar 20 pesos cubanos por cada ejemplar, lo que equivalía a poco menos de 95 centavos de dólar.

Luego, como en una cinta de cine que pasa velozmente por la pantalla, comenzaron a surgir indigentes, niños y viejos, prostitutas y prostitutos, vendedores clandestinos de tabacos, tramposos de todas las calañas, acosando en todas las esquinas. Todos buscando ingresos, todos intentando mejorar su canasta familiar. “Aquí la vaina está muy dura”, se repite en todo lado.

Y no es mentira lo que dicen. Hablé largo rato con un tipo que tenía dos carreras universitarias y una amplia experiencia en ellas en todo el país, pues ha dedicado parte de su vida a trabajar para el Estado. “Mis padres defienden la revolución, pero yo tengo muchas dudas. Buena parte de mis compañeros se han ido del país”. Cuando le indago por qué las dudas, me habla de su salario. “Me gano 750 pesos cubanos mensuales, eso no es nada, pero es un salario alto”. Al hacer la conversión son cerca de 37 dólares. Para ajustar su ingreso, transporta turistas de manera ilegal y en las noches al aeropuerto, con lo que se gana, en cada viaje, 25 dólares.

A medida que interactúo con el ciudadano común y corriente, se siente su inconformidad con el régimen. “Aquí aún tenemos la libreta de suministros que nos da el Estado, pero lo que nos dan es de muy mala calidad, y escasean los productos”, me dice una mujer que me aborda en la calle para ofrecerme artesanías.

Lo paradójico es la cantidad de gente que se observa en los centros comerciales de la ciudad. Conocí varios, entre ellos uno que, en su parte interna y colgado en uno de los pasillos, tenía un gran pendón que dice: “Plaza Carlos III celebrando el 54 aniversario del triunfo de nuestra revolución”. Lo paradójico es que en sus almacenes los habaneros se gastan el dinero de las remesas que les envían sus familiares desde Estados Unidos. Y ese monto no es despreciable: en el 2011 llegaron a la isla 2.294 millones de dólares, la mayor cifra en los últimos diez años.

¿Qué son artículos de mala calidad? Pues no, no es cierto. Se encuentra calzado deportivo, incluso de fabricación americana, así como ropa de marca, electrodomésticos y muebles, todo al mejor estilo de cualquier centro comercial del mundo. En estos espacios, el embargo norteamericano deja de existir.

Se está generando una diferencia social, muy marcada por cierto, entre aquellos que solo viven de su salario y los que, mes a mes, reciben una importante suma de dinero del extranjero, quienes gracias a la liberación de las restricciones pueden invertir en la compra de casas y vehículos modernos de fabricación europea. Hay una clase emergente en ebullición.

Tales circunstancias ha llevado a muchos habaneros que no reciben dinero del exterior a inventar maneras de conseguir plata. Una de las más conocidas es el mercado negro de los cigarros y los tabacos,  que son robados en las compañías tabacaleras por sus trabajadores y vendidos en la calle de manera clandestina y a un menor precio del valor comercial.

Otro de los negocios es el robo de señal de televisión internacional con decodificadores introducidos al país de manera clandestina. Los habaneros hablan con propiedad de las series colombianas dedicadas al narcotráfico. Se las han visto todas. Y lo hacen pagándole a un vecino unos cuantos pesos mensuales para obtener ese servicio ilegal.

Y negocio más reconocido y poco controlado es el de la prostitución, femenina y masculina, incluidos menores de edad. La oferta, si se quiere, es bastante amplia, y de ella viven profesionales, estudiantes universitarios y colegiales. ¿Lo hacen porque tienen hambre, como lo explican algunos y algunas cuando abordan a los turistas, o porque existe la presión del consumo y necesitan plata para ponerse al nivel de aquellos que  sí tienen? Hay de lo uno y lo otro.

El temor que tienen ahora los cubanos es la enfermedad del presidente Hugo Chávez Frías. Si bien hay una empatía con el mandatario de los venezolanos, lo cierto es que les preocupa que su muerte, de la que se habla con insistencia en las calles de La Habana, cambie la correlación de fuerzas políticas en su país  y vire a la derecha, con lo que podrían llegar a su fin las ayudas petroleras, vitales para esta isla. Si ello ocurre, se paralizaría en muy pocas semana la atrasada industria cubana, lo que tendría unos efectos funestos para sus habitantes y para la economía del país.

Ese es pues parte del telón de fondo, raído y polvoriento, de los diálogos entre el Gobierno nacional y la guerrilla de  las Farc. Aún sigo pensando qué tanto puede aportar esa revolución socialista a nuestro país. Yo creo que nada, pero los guerrilleros tienen otra percepción.

* Periodista e investigador social                                                               

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