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Opinión

  • | 2000/05/08 00:00

    El Referéndum para el cambio

    Manuel José Cepeda, decano de la Facultad de derecho de la Universidad de los Andés, escribe en exclusiva para SEMANA.COM, sobre el referendo propuesto por el gobierno.

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Así se llama: Referéndum para el cambio. Es el nombre que le han colocado los estudiantes, las organizaciones sociales y los activistas políticos que decidieron ponerse a la tarea de recoger las firmas para apoyar la iniciativa del presidente Pastrana de convocar un referendo para reformar la Constitución en 17 puntos que tienen que ver con la manera de hacer política en Colombia y con la lucha contra la corrupción. Si los apoyos alcanzan el 10 por ciento del censo electoral, los ciudadanos promotores de esta iniciativa podrán “solicitar ante el Registrador del Estado Civil correspondiente la convocatoria” del referendo, según lo establecido en el articulo 32 de la ley 134 de 1994 conocida con el nombre de Ley Estatutaria de Mecanismos de participación.

¿Qué cambiaría de aprobarse este ‘Referendo para el cambio’? Las reformas serían muchas y muy grandes. Miremos tan solo una, aquella que ni siquiera ha sido registrada en los medios de comunicación, salvo contadas excepciones. Se trata de la reforma al sistema electoral, es decir, a las reglas de juego mediante las cuales se distribuye el poder político.



La esencia del cambio consiste en adoptar el sistema electoral inventado por un belga en el siglo XIX y aplicado por primera vez en su país de origen (Método D’Hondt). Es el más común en las democracias europeas porque es el más sencillo y el más equitativo. Está resumido en los incisos terceros de los artículos 1 y 3 del referendo: “La asignación de curules ... se hará por aquella cifra única que, obtenida utilizando la sucesión de números naturales, permita repartirlas todas por el mismo número de votos en la correspondiente circunscripción”. El método D’Hondt permite calcular esa cifra mágica.



Existe consenso entre los estudiosos del tema acerca de su impacto: no castiga a los candidatos que se organicen para conformar una lista única y no premia a los candidatos que jueguen a ser avispas encabezando una lista con poco apoyo. Por eso, además de ser justo para todos, el método propuesto es un antídoto eficaz contra el fraccionamiento de los partidos y la operación avispa utilizada estratégicamente tanto por liberales y conservadores como por candidatos independientes. Al reducirse el tamaño del Senado de 100 miembros elegidos por circunscripción nacional a 64, el efecto de cohesión será aun mayor porque el numero mínimo de votos para ser elegido aumentará.

Con esto se busca poner freno a la explosión de listas que afectó por igual al Senado y a la Cámara. Para Senado en 1991 hubo 143 listas, en 1994 se inscribieron 251 y en 1998 se presentaron 318. Para la Cámara de Representantes las cifras pasaron de 486 en 1991 a 693 en 1998. Por eso se equivocan quienes sostienen que la circunscripción nacional generó un fraccionamiento de los partidos. En la Cámara de Representantes, donde la circunscripción es departamental, la proliferación de avispas fue igualmente grande.



¿Quién se beneficiará de este cambio en el sistema electoral? El que se organice, se aglutine y tome en serio su función de representación de la población. Este bien puede ser alguno de los partidos tradicionales o los que le han apostado a candidaturas independientes. Ojalá sean todos. En ese sentido la reforma electoral es neutral: castiga a cualquier avispa sea liberal, conservadora o independiente.



El método electoral propuesto tiene otra ventaja: unifica el criterio para la asignación de curules. El sistema actual, que veníamos aplicando desde los inicios del siglo XX y que la Asamblea Constituyente dejó incólume, había derivado en una aberración. Unos candidatos eran elegidos por cuociente y otros lo eran por residuo. Generalmente el cuociente era tres veces superior al menor residuo lo cual generó una enorme desigualdad en la representación y, en la práctica, produjo la existencia indeseable de dos métodos de distribución de curules paralelos. Como el de asignación por residuo exige menos votos, terminó por prevalecer. Esto no ocurrió solamente en las elecciones de Senado por circunscripción nacional sino que incidió en todas las elecciones incluidas las de Cámara de Representantes. Los datos hablan por sí solos. En 1991 fueron elegidos 42 senadores por cuociente. En 1994 esta cifra se redujo a la tercera parte. Y en 1998 tan solo siete senadores fueron elegidos por cuociente. En la Cámara el problema fue aun más grave. Inclusive en 1991, del total de 161 representantes, 141 fueron elegidos por residuo. En 1998 esa cifra se elevó a 157. Por eso carecen de fundamento las críticas formuladas contra la circunscripción nacional en el sentido de que atomizó los partidos. Estaban atomizados hace tiempo y su dispersión es aún mayor en las circunscripciones departamentales de la Cámara de Representantes debido al efecto perverso del juego de los residuos. Con el método D’Hondt no habrá dos modos de obtener una curul sino solo uno igual para todos. La cifra para repartir las sillas probablemente se acercará no al residuo más pequeño sino al cuociente, aunque será inferior a éste. Pero como en las primeras elecciones de Congreso el voto, de aprobarse el referendo, será obligatorio, esta cifra seguramente superará los 200.000 sufragios, es decir, será mayor al apoyo que pueda recoger cualquier avispa.



Es natural entonces que la propuesta de referendo haya revuelto el avispero. Cuando empiece el debate sobre el contenido del referendo saltarán a la vista otras reformas audaces pero necesarias y que merecen cuidadoso análisis. Los afectados le apostaran soterradamente al ‘no’. Por eso los ciudadanos y activistas de la sociedad civil que no queremos perder esta preciosa e irrepetible oportunidad de impulsar una reforma política a fondo debemos apostarle al ‘sÍ’.
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