Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/01/13 00:00

El regalo de María

Se conocieron cuando estaban en la guardería. Sólo sabían cuatro o cinco palabras. Pero la quinta o sexta que aprendieron fue el nombre de la otra.

El regalo de María

Por Daniel Coronell?

e conocieron cuando estaban en la guardería. Sólo sabían cuatro o cinco palabras. Pero la quinta o sexta que aprendieron fue el nombre de la otra. Habían nacido con unas semanas de diferencia pero se veían del mismo tamaño. Una rubia y otra de crespos soñadores.

Poco después, hablaban a media lengua y tenían un código de miradas y señas. Ningún adulto pudo descifrarlo. Compañeras inseparables, se otorgaron mutuamente licencia para pelear sin consecuencias.

-Tú eres mi peor amiga- le reclamó María a Raquel, un día que no le prestó un juguete.

Pasaron al jardín infantil y cada una se encargó de cuidar a la otra. En sus obras jugaban a ser princesas. Algunas tardes se proclamaron hadas, dueñas de sortilegios infalibles. Otras oyeron historias, imaginaron continentes hundidos, intercambiaron adivinanzas, vieron películas y trasquilaron muñecas. Casi siempre compartieron todo, pero a la hora de ir al colegio tomaron rumbos distintos.

Decisiones de adultos, cosas que no tenían que ver con ellas. Desafiaron distancias, horarios y caminos para encontrarse cada tercer día y para hablar casi todas las tardes. Nada podía apartarlas.

Pero un buen día los papás le dijeron a Raquel que por el bien de todos tenían que irse muy lejos. No era de vacaciones, como pensó al comienzo. Le explicaron que era por un tiempo más largo. No para siempre, no.

-¿Y María? -preguntó con un nudo en la garganta- ¿Qué va a pasar con María?

Las noches previas de insomnio, la minuciosa preparación del anuncio, el disimulo sobre los peligros, las promesas sobre las nuevas oportunidades, no alcanzaron para responderle.

Al día siguiente, Raquel le encomendó a María el cuidado de su perro Mario. Le dio un beso a su abuela, dulce pedazo del alma, le prometió que volvería pronto y que se portaría bien. Llamó a sus otros abuelos, cómplices amorosos de juegos y de viajes, para consolarlos por su partida. Le dijo adiós a Peta, la nana que con tanto desvelo la cuidó en sus primeros años. Se despidió de Luz, su perenne guardiana de rondas y de sueños. Y en una maleta de rueditas empacó lo que pudo llevarse de su mundo feliz: cuatro vestidos, el disfraz de sevillana igual al de María, algunos de sus libros, y a Félix, su conejo de felpa.

Separadas por ocho horas de avión, no parecía fácil que cumplieran la promesa de encontrarse pronto, pero podían hablar de vez en cuando.

Raquel sumergida en un mundo, amable pero extraño, luchaba por hacerse entender en un idioma nuevo. María, a larga distancia, examinaba sus progresos y la animaba.

Hace siete semanas, en medio de un interminable aguacero de otoño, sonó el teléfono.

-Es María -saltó Raquel, sin saber aún la gran noticia-.

Un empecinamiento singular y la fuerza imparable de sus 7 años, fueron los instrumentos de María. Su hermano fue su aliado. Sus papás -buenos como el pan pero personas importantes y ocupadas- agotaron sin éxito los argumentos. Ella ganó. Los convenció de viajar en Navidad -hasta un lugar que no sale en los mapas- para ver a Raquel.

Cuando contaban las horas para el encuentro, la bisabuela de María se fue al cielo. Raquel lloró por la tristeza de su amiga y por la terrible posibilidad de que no viniera.

María no llegará el 24 de diciembre, como Raquel soñaba. Tendrá que estrenar sola, los patines que le pidió a Papá Noel.

Sin embargo, tres noches después -cuando encienda la tercera velita de Janucá- su papá tiene una misión asignada. Irá hasta el aeropuerto para recoger a María, a su hermano, a sus papás y a la hermanita que está en camino.

Cuando María entre por esta puerta, el pequeño apartamento será el castillo maravilloso de los cuentos. No habrá árbol de Navidad más luminoso que el minúsculo pino que armó en un rincón para esperarla. Ni monedas de chocolate más dulces que las que le ha guardado. Ni mejor bosque encantado que el roble que verán por la ventana.

Su abrazo será el mejor regalo de todos. Recordarán, entre risas, que parte de lo que el mundo celebra en esta época empezó con el viaje de otra María.

Felices fiestas. n?

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