Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2009/02/04 00:00

El regreso de los caudillos

Sin Chávez no puede haber chavismo, sin aquél otro caudillo no puede haber refundación de la república, sin el de acá no puede haber seguridad ni crecimiento económico.

Juan Fernando Jaramillo

En 1912, el peruano Francisco García Calderón publicó su libro “Las Democracias Latinas de América”, en el que analizaba la historia política de los países latinoamericanos durante el siglo XIX. El libro se constituyó en una referencia obligada para los estudios sobre la región.

En su libro, García planteaba que en el siglo XIX todos los países latinoamericanos se habían dado constituciones admirables, en las que se encontraban contemplados los principios de gobierno que regían las grandes democracias liberales de la época, tales como el equilibrio de poderes, la elección de asambleas representativas, la independencia judicial, la libertad de prensa, los derechos de las personas, etc.
 
Sin embargo, al mismo tiempo manifestaba que la realidad contradecía el idealismo contenido en esas constituciones, puesto que, en verdad, la vida política de nuestros países estaba al vaivén de la voluntad de los caudillos, cuya “autoridad es inviolable, superior a la Constitución y a las leyes.”

El siglo XX nos deparó también la presencia de múltiples caudillos en la región. El abanico se extiende desde aquellos completamente demoníacos, como Somoza y Trujillo, pasa por los grandes líderes populistas como Perón y Getulio Vargas, y llega hasta caudillos como Fidel Castro, que, a pesar de todo, han procurado desempeñar un papel de dignidad en una región que ha actuado tantas veces como colonia después de su independencia.

Con el proceso de democratización iniciado en los años 80 se esperaba dejar atrás la sombra caudillista, para poder construir instituciones democráticas y pluralistas en la región. Ese fue el ideal propuesto. Sin embargo, la tradición política se cuela por todas las rendijas y amenaza imponerse.

Así, empezaron a aparecer nuevamente los líderes irremplazables, los únicos capaces de garantizar el orden, la prosperidad o el cambio. Con ello comenzaron a oírse nuevamente voces que hablaban sobre la necesidad de reinstaurar la reelección presidencial inmediata. De esta manera, se ha convertido en moda constitucional permitir la reelección inmediata por una vez, con los argumentos plausibles de que los períodos de gobierno son muy cortos y de que es necesario garantizar una cierta continuidad en las políticas gubernamentales.

Pero una sola reelección inmediata no era suficiente y por eso pasó a proponerse una segunda, como lo hizo Fujimori, o una infinita, como lo propone Chávez con su sinceridad caribeña. Al fin y al cabo, como lo dicen todos, sin Chávez no puede haber chavismo, sin aquel no puede haber refundación de la república, sin el otro no puede haber seguridad ni crecimiento económico, etc.

Los abanderados de la reelección permanente mencionan siempre en su defensa que en los regímenes parlamentarios es frecuente ver que los primeros ministros permanecen en el cargo durante muchos años. Eso es cierto. A manera de ejemplo, en Alemania, Konrad Adenauer y Helmut Kohl gobernaron 14 y 16 años y, en Inglaterra, Margaret Thatcher y Tony Blair gobernaron durante 11 y 10 años, respectivamente.

Pero, por una parte, la tradición, la historia y los contextos políticos de estos países son muy diferentes a los nuestros. Y, por la otra, en esos países los primeros ministros están sujetos a los controles propios de un Estado constitucional, tales como el control judicial y la libertad de prensa, y en su calidad de líderes de partidos políticos estructurados también tienen que responder permanentemente ante ellos.

Por el contrario, en nuestra región la Constitución y las leyes se reforman en beneficio propio; los jueces son destituidos, cooptados o intimidados; la prensa es clausurada o censurada, o sus críticas respondidas con andanadas de denuestos o de demandas; los partidos políticos son estructuras vacías; el Congreso es dominado; cualquier manifestación contraria a los intereses del gobierno es tratada como enemiga de los intereses de la nación o el pueblo, etc. ¿Acaso no es lo mismo de lo que se lamentaba García Calderón al decir que la autoridad de los caudillos “es inviolable, superior a la Constitución y a las leyes”?

Ya han pasado casi doscientos años desde que los latinoamericanos obtuvimos la independencia política. Sin embargo, seguimos anclados en muchos problemas del pasado. Así lo demuestra el eterno resurgimiento del caudillismo que gobierna nuestras instituciones.


*Juan Fernando Jaramillo es profesor de la Universidad Nacional de Colombia y miembro fundador de DeJuSticia. El Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad -DeJuSticia-(www.dejusticia.org) fue creado en 2003 por un grupo de profesores universitarios, con el fin de contribuir a debates sobre el derecho, las instituciones y las políticas públicas, con base en estudios rigurosos que promuevan la formación de una ciudadanía sin exclusiones y la vigencia de la democracia, el Estado social de derecho y los derechos humanos."


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